Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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La utilidad de una hija
Arianna Falcone
La casa está demasiado silenciosa.
Lo noto desde que abro los ojos.
Durante las últimas semanas siempre había algún ruido.
Un llanto.
Pasos apresurados por el pasillo.
La voz de Cloe intentando convencer a Siena de que dormir era una excelente idea.
Mattheo respondiendo que evidentemente la niña había heredado su carácter.
Una puerta abriéndose.
Otra cerrándose.
Alguien riendo.
Vida.
Ahora no hay nada.
Me quedo mirando el techo durante unos segundos y siento ese peso conocido instalándose en mi pecho.
Cloe se fue esta mañana.
Mattheo vino por ella y por Siena para llevárselas a Nueva York.
Me alegro por ellas.
Lo hago.
Cloe merece estar con su propia familia. Siena merece crecer rodeada de personas que la adoren y Mattheo lleva semanas comportándose como si el resto del mundo pudiera contagiarle alguna enfermedad a su hija con solo respirar demasiado cerca.
Sonrío un poco al recordarlo.
La sonrisa desaparece rápido.
Me incorporo despacio.
Todavía hay días en que mi cuerpo protesta por movimientos demasiado bruscos, aunque los médicos dicen que estoy mejor.
Mucho mejor.
Al parecer, estar viva cuenta como estar mucho mejor.
Bajo los pies de la cama y los apoyo sobre la alfombra.
Hay una manta pequeña sobre el sillón junto a la ventana.
Rosa pálido.
La reconozco inmediatamente.
Cloe debe haberla olvidado.
Me levanto y camino hacia ella.
La tomo.
Todavía huele a Siena.
Cierro los ojos.
Error.
Durante varias semanas cargar a esa bebé se convirtió en mi forma favorita de torturarme.
Era una estupidez.
Lo sabía cada vez que Cloe me preguntaba si quería sostenerla y yo respondía que sí antes de que terminara la frase.
Siempre decía que sí.
Me sentaba con ella pegada a mi pecho, observaba sus pestañas diminutas, sus mejillas redondas, la forma en que cerraba una mano alrededor de mi dedo como si hubiera decidido que me pertenecía.
Y durante algunos minutos podía fingir.
No que fuera mía.
Nunca eso.
Simplemente podía imaginar cómo se sentiría.
Tener un bebé.
Mi bebé.
Siempre quise ser madre.
Mucho antes de entender realmente qué significaba.
Cuando era pequeña imaginaba una casa llena de niños. A veces dos. A veces cuatro. Dependía del libro que estuviera leyendo esa semana.
Imaginaba desayunos ruidosos.
Juguetes tirados por todas partes.
Pequeños brazos alrededor de mi cuello.
Imaginaba hacer las cosas diferente.
Sobre todo eso.
Diferente.
Nunca levantar una mano.
Nunca hacer que un niño tuviera que reconocer por el sonido de unos pasos si debía esconderse.
Nunca hacer que alguien que me amara sintiera miedo de mí.
Aprieto la manta contra mi pecho.
Lucio sabía que quería hijos. Por supuesto que lo sabía.
Los hombres como Lucio siempre descubrían qué era lo que más querías. Así podían encontrar la forma correcta de utilizarlo contra ti.
Suelto lentamente el aire.
Lucio está muerto.
Tengo que recordármelo algunas veces.
Está muerto.
No puede entrar por esa puerta.
No puede tocarme.
No puede decidir qué ropa llevo, dónde duermo, con quién hablo.
No puede volver a encerrarme.
Y, aun así, hay mañanas en las que despierto esperando escuchar su voz.
Supongo que el cuerpo tarda más en entender algunas cosas que la cabeza.
Doblo la manta con cuidado y la dejo sobre la cama.
Quizás Cloe vuelva por ella. O quizás pueda guardarla hasta que la vea.
Salgo de la habitación.
La casa de Fabiano Conti sigue siendo extraña para mí.
No porque me hayan hecho sentir que no pertenezco aquí.
Todo lo contrario.
Eso es precisamente lo extraño.
Nadie pregunta adónde voy.
Nadie revisa cuánto tiempo llevo fuera de una habitación.
Nadie me dice cuándo puedo comer.
Puedo abrir una puerta sin pedir permiso.
Puedo cerrarla.
Puedo incluso ponerle seguro.
La primera vez que descubrí eso pasé diez minutos girando el pestillo.
Abrir.
Cerrar.
Abrir.
Cerrar.
Como una idiota.
Libertad puede ser una palabra ridículamente pequeña para algunas cosas.
Bajo las escaleras.
Quiero ir a la cocina.
No tengo hambre, pero Viola se enfadará si descubre que volví a saltarme el desayuno.
Estoy a mitad del corredor cuando escucho una voz.
—No pienso irme sin verla.
Todo dentro de mí se detiene.
No.
No puede ser.
Mis dedos se quedan suspendidos sobre la pared.
Durante un segundo pienso que lo imaginé.
Que mi cabeza escogió una voz entre cientos de recuerdos y decidió torturarme con ella.
Entonces vuelve a hablar.
—Es mi hija.
Mi padre.
El aire desaparece.
No metafóricamente.
Simplemente dejo de poder respirarlo.
La pared bajo mi mano parece moverse.
Doy un paso atrás.
Después otro.
No.
No.
No.
No sé qué está haciendo aquí.
No sé cómo sabe dónde estoy.
No sé cuánto tiempo lleva abajo.
Solo sé que está aquí.
Mi cuerpo decide antes que yo.
Veo un estante grande junto al pasillo y un sillón colocado demasiado cerca de la pared.
Hay un espacio estrecho detrás.
Voy hacia allí.
Ni siquiera recuerdo moverme.
Un instante después estoy sentada en el suelo, las rodillas pegadas al pecho y los brazos sobre la cabeza.
Diecinueve años.
Tengo diecinueve años.
Lucio Castelli está muerto.
Sobreviví a cosas que todavía no consigo nombrar sin sentir náuseas.
Y la voz de mi padre acaba de convertirme otra vez en una niña escondida detrás de una puerta.
—Arianna está exactamente donde ella quiere estar —dice Fabiano.
Su voz es baja.
Eso me obliga a concentrarme.
—Eso no te corresponde decidirlo.
—A usted tampoco.
Luego silencio. Un silencio espeso.
Sé lo que significa el silencio de mi padre.
Lo conocí antes de aprender a leer.
Es la respiración que toma antes de perder la paciencia.
Los dedos me tiemblan.
Me cubro mejor la cabeza.
Ridículo.
Él ni siquiera está cerca.
Pero recuerdo cinturones.
Recuerdo una mano cerrándose alrededor de mi brazo.
Recuerdo el sonido de mi hermana llorando alguna vez desde el otro lado de una puerta y a mi madre diciendo que dejara de provocarlo.
Mi hermana aprendió a no provocarlo.
Yo, aparentemente, nunca fui demasiado buena en eso.
—Lucio está muerto —dice mi padre.
Mi estómago se contrae.
—Lo sabemos.
—Entonces mi hija ya no tiene ningún motivo para permanecer bajo tu techo.
—Arianna no necesita un motivo.
—Es una Falcone.
Cierro los ojos.
Ahí está.
Mi apellido.
Siempre pronunciado como una cadena.
—Tiene diecinueve años —responde Fabiano—. Puede decidir dónde vivir.
Mi padre se ríe.
Es una risa corta, sin humor.
—No seas ingenuo, Conti.
Algo cambia en la habitación.
No puedo verlo.
Solo escucharlo.
—Tenga mucho cuidado con la manera en que me habla dentro de mi casa.
No reconozco la voz de Fabiano por un instante.
La he escuchado bromear con Cloe.
Discutir con Mattheo.
Hablar suavemente con Alessia.
Esto es diferente.
Esta es la voz del capo.
Mi padre también lo sabe porque tarda antes de responder.
—La Sagrada Familia está deshaciéndose. —Abro los ojos—. Los capitanes están comportándose como animales —continúa—. Cada uno cree tener derecho al lugar de Lucio. Hay hombres que todavía son leales a los Castelli y otros que están esperando el momento correcto para eliminarlos. Si nadie toma el control pronto, no quedará nada.
—No veo qué tiene que ver Arianna con eso.
Mi padre vuelve a reír.
—Todo.
Siento frío.
No sé por qué.
Todavía no ha dicho nada.
Pero sé.
Lo sé antes de escucharlo.
Quizás porque llevo toda mi vida aprendiendo cuál es la utilidad de una hija para hombres como él.
—Arianna fue la esposa del capo.
Me llevo una mano a la boca.
—Era la esposa de Lucio —dice Fabiano.
—Exactamente.
—No entiendo a dónde quiere llegar.
Claro que lo entiende.
Yo también.
Fabiano simplemente quiere escuchar a mi padre decirlo.
—Cuando sepamos quién de los capitanes tiene la fuerza suficiente para tomar el mando, Arianna se casará con él.
Nino pero si en su momento se pondrá más difícil muchos quieren la Sagrada Familia a si que esperemos no seas tan orgulloso y tomes la palabra de tu padre con la ayuda de todos