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El Chico Del Libro De Cuero

El Chico Del Libro De Cuero

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Celebridades / Completas
Popularitas:325
Nilai: 5
nombre de autor: Sol Romanov

Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.

Hasta que choca con él.

Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.

NovelToon tiene autorización de Sol Romanov para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La promesa de las vidas pasadas

La pequeña habitación subterránea estaba en silencio, roto solo por la respiración agitada de ambos y el parpadeo suave de la lámpara de aceite que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Lucy se dejó caer en un banco de madera gastada por el tiempo, sintiendo cómo el poder dorado que había sentido momentos antes se apagaba poco a poco, dejándola agotada pero extrañamente viva, como si cada célula de su cuerpo hubiera despertado de un sueño de siglos.

Wonho se apoyó en la pared frente a ella, cerrando los ojos un instante, y Lucy notó con preocupación cómo la sangre seguía corriéndole por la mejilla desde el corte en la frente, manchando el cuello de su camisa blanca. Se levantó de un salto, olvidando su propio cansancio, y se acercó a él con manos temblorosas.

—Estás herido —dijo, con la voz cargada de una angustia que no sabía que podía sentir por alguien—. Déjame ver.

Wonho abrió los ojos y la miró, y Lucy se sorprendió al ver que no había dolor en su expresión, sino una ternura infinita que le partió el corazón. Él asintió despacio, permitiéndole acercarse. Lucy le apartó el mechón de pelo negro que le cubría la herida, sintiendo cómo sus dedos rozaban su piel fría. El corte no era profundo, pero sí largo, y seguía sangrando.

Sin pensarlo, Lucy levantó una mano y la colocó suavemente sobre la frente de Wonho, justo encima de la herida. Cerró los ojos y buscó dentro de sí ese poder dorado que había sentido antes, esa calidez que había expandido por toda la habitación. Lo encontró, más tenue ahora, pero aún allí, latiendo como un segundo corazón en el centro de su pecho. Lo guió hacia su mano, hacia la piel de él.

Una sensación de calor suave se extendió entre ellos. Wonho soltó un suspiro bajo, y Lucy abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo la herida se cerraba despacio, la sangre se secaba y la piel volvía a estar intacta, sin dejar ni siquiera una cicatriz.

Retiró la mano despacio, mirando sus propios dedos con asombro. No sabía que podía hacer eso. No sabía que su poder servía también para sanar.

—Cada día me sorprendes más —dijo Wonho en un susurro, y su voz sonó más baja, más profunda, cargada de una emoción que Lucy no se atrevía a nombrar todavía.

Él levantó una mano y le acarició la mejilla con la yema de los dedos, y Lucy se inclinó hacia su tacto, sintiendo cómo el cansancio se desvanecía un poco con solo su cercanía. Se quedaron así un instante, mirándose a los ojos, sin necesidad de palabras, mientras el silencio de la habitación subterránea los envolvía como una manta cálida.

—Necesito que me cuentes —dijo Lucy finalmente, rompiendo el silencio con una voz suave pero firme—. Necesito que me cuentes todo. Cómo nos conocimos. Qué pasó la última vez. Por qué los Recolectores nos odian tanto.

Wonho suspiró, y la mirada se le volvió triste, cargada con el peso de siglos de recuerdos. Tomó la mano de Lucy entre las suyas y la apretó con fuerza, como si temiera que se desvaneciera si la soltaba.

—Todo empezó hace quinientos años —empezó a decir, y su voz sonó más antigua, como si estuviera trayendo recuerdos de muy lejos—. Tú eras la hija del guardián principal de la orden. La más poderosa de todos nosotros, la única que podía comunicarse con los libros de una manera que nadie más podía. Yo era el aprendiz de tu padre, destinado a protegerte a ti y al libro principal que guardaba nuestra promesa.

Lucy sintió un cosquilleo en la espalda. Las imágenes que había visto al tocar el libro de la librería volvieron a su mente: la mujer de cabello oscuro, la biblioteca idéntica a la del refugio, la valentía en sus ojos. Era ella. O una versión de ella que había vivido hacía siglos.

—Nos conocimos cuando llegué a tu casa para empezar mi entrenamiento —continuó Wonho, y una sonrisa nostálgica se dibujó en sus labios—. Te odiaba al principio. Eres terca, sabes? Lo has sido en todas las vidas. No querías que nadie te protegiera. Creías que podías con todo sola. Pero poco a poco… poco a poco nos fuimos acercando. Descubrimos que éramos más fuertes juntos que separados. Y luego… luego nos enamoramos.

Lucy sintió cómo las lágrimas se le llenaban los ojos. No era solo una historia que él le contaba. Era su historia. Podía sentirlo en lo más profundo de su alma, como si sus propios recuerdos estuvieran empezando a despertar.

—¿Y qué pasó? —preguntó, aunque una parte de ella ya temía la respuesta.

Wonho bajó la mirada un instante, y Lucy vio cómo una sombra de dolor cruzaba su rostro, un dolor que no había sanado en quinientos años.

—Los Recolectores descubrieron que habías encontrado la manera de destruir su poder para siempre —dijo, y su voz se quebró un poco—. Atacaron la casa de tu padre una noche. Nos tomaron por sorpresa. Tu padre murió protegiendo el libro. Y tú… tú te interpusiste entre ellos y yo. Tomaste el golpe que era para mí.

Lucy soltó un pequeño gemido de dolor, como si ella misma sintiera esa herida antigua en su propio cuerpo.

—Moriste en mis brazos —continuó Wonho, y una lágrima rodó por su mejilla, la primera que Lucy veía caer de sus ojos—. Antes de irte, me hiciste prometer que te encontraría en cada vida. Que nunca dejaría que los Recolectores ganaran. Que terminaríamos lo que empezamos. Y yo… yo te lo prometí. He mantenido esa promesa durante quinientos años. Buscándote en cada generación, cuidándote desde las sombras cuando no me reconocías, esperando el momento en que despertaras y pudiéramos estar juntos de nuevo.

Lucy no pudo contenerse más. Lo atrajo hacia sí y lo abrazó con todas sus fuerzas, aferrándose a él como si pudiera borrar quinientos años de soledad y dolor con solo su contacto. Wonho la rodeó con los brazos, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, y ella sintió cómo su cuerpo se sacudía con sollozos contenidos, lágrimas que había guardado durante siglos finalmente saliendo a la luz.

—Esta vez será diferente —le dijo Lucy al oído, acariciando su cabello con ternura—. Esta vez no me interpondré. Esta vez lucharemos juntos. No perderás a nadie más. Lo prometo.

Wonho se separó un poco para mirarla a los ojos, sus manos sosteniendo su rostro con una delicadeza infinita. Sus ojos oscuros, generalmente tan serios y distantes, estaban ahora inundados de una emoción tan intensa que Lucy sintió cómo el corazón se le desbordaba de amor. Un amor que no había empezado en esta vida, sino mucho antes, que había sobrevivido al tiempo, a la muerte, a la separación.

—Te amo —dijo Wonho, y las palabras flotaron en el aire entre ellos, pesadas y verdaderas, cargadas con el amor de quinientos años de espera—. Te he amado en cada vida, en cada tiempo, en cada lugar en el que nos hemos encontrado. Y te amaré en todas las que estén por venir.

Lucy sintió cómo sus propias lágrimas caían por las mejillas, pero no eran lágrimas de dolor. Eran lágrimas de alegría, de alivio, de encontrar finalmente a la persona que su alma había estado buscando durante siglos.

—Yo también te amo —respondió ella, y las palabras le salieron del alma con una certeza absoluta—. Te amo, Wonho. Ahora y siempre.

Él se inclinó despacio, dándole tiempo a retroceder si quería, pero Lucy no se movió. Cerró los ojos cuando sintió sus labios rozar los suyos por primera vez, y el mundo se detuvo.

No fue un beso apasionado ni desesperado. Fue un beso suave, lento, cargado de quinientos años de anhelo, de promesas, de reencuentros que nunca llegaron a completarse. Fue el beso de dos almas que finalmente se habían encontrado, que ya no tenían que esperar más. Lucy sintió cómo el poder dorado dentro de ella se agitaba de nuevo, pero esta vez no con fuerza de batalla, sino con calidez, con luz, con la certeza de que estaban destinados a estar juntos.

Cuando se separaron, ambos estaban sonriendo a través de las lágrimas. El peligro seguía ahí afuera, los Recolectores seguían buscándolos, la guerra apenas comenzaba. Pero en ese momento, abrazados en la penumbra de la habitación subterránea, nada más importaba. Estaban juntos. Y eso era suficiente.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Lucy, acariciando la mejilla de Wonho con el pulgar.

Él le devolvió la sonrisa, y por primera vez desde que lo conocía, Lucy vio que no había rastro de tristeza en sus ojos. Solo había determinación, esperanza y amor.

—Ahora buscamos aliados —respondió—. No todos los guardianes se perdieron cuando atacaron tu casa. Quedan algunos, esparcidos por diferentes ciudades. Si logramos reunirlos, tendremos la fuerza suficiente para enfrentar a los Recolectores de una vez por todas. Y para destruir su poder para siempre.

—¿Y dónde empezamos? —preguntó Lucy, sintiendo cómo una nueva determinación crecía en su pecho. Ya no era la chica asustada que había entrado en aquel refugio unas horas antes. Era una guardiana. Y estaba lista para luchar.

Wonho apretó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella.

—Empezamos por el norte —dijo—. Allí vive el más antiguo de todos nosotros. El único que recuerda todo lo que pasó. El único que puede enseñarnos cómo destruir a los Recolectores para siempre.

Lucy asintió con firmeza. Se pusieron de pie, hombro con hombro, listos para enfrentar lo que viniera. La puerta del escondite se abrió ante ellos, revelando un pasillo oscuro que llevaba hacia el mundo exterior, hacia el peligro, hacia su destino.

Pero esta vez, no caminarían solos.

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