Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 23
Fernanda caminó a zancadas furiosas hacia la cocina auxiliar de la oficina. Dentro de aquel pequeño espacio impecable, tomó una taza de cerámica blanca y comenzó a preparar café negro puro sin añadirle ni la punta de una cucharada de azúcar.
"Este café americano seguramente hará que tu garganta sienta una amargura insoportable. Siente esta pequeña venganza de mi parte, siente la amargura de la vida que yo he sentido durante todo este tiempo por tu culpa", pensó Fernanda con una sonrisa de triunfo contenida, mientras sus dedos revolvían el café con marcada intensidad.
Poco después, Fernanda regresó a la oficina de Tristán con una charola en las manos. Colocó la taza de café negro, que aún despedía una fina columna de vapor, con sumo cuidado sobre el escritorio de Tristán.
—Aquí está su café, señor —dijo Fernanda con tono formal.
Tristán levantó la vista; sus ojos se iluminaron al percibir aquel pequeño gesto de atención de la mujer que adoraba en secreto. —Gracias, Nanda. Ah, por cierto, cancela toda mi agenda de hoy, ando con muy pocas ganas de reunirme con clientes fuera de la oficina. Y al mediodía, me acompañas a almorzar aquí en esta oficina.
—¿¡Qué!? —Fernanda se sobresaltó de tal manera que su voz se elevó sin querer.
Su expresión cambió de inmediato a una de completo disgusto. Su plan de un almuerzo tranquilo en la cafetería con Raquel quedaba totalmente arruinado. Sin embargo, considerando que Tristán era el jefe supremo que tenía el control absoluto sobre su empleo, Fernanda no tenía ningún poder para rechazar aquella orden. —E... está bien, señor.
Tristán entonces extendió la mano y tomó la taza de café negro intenso preparado por Fernanda. Frente a él, Fernanda contuvo la respiración a escondidas. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en los labios de Tristán, que comenzaron a tocar el borde de la taza. Fernanda no podía esperar para ver la expresión de shock, el atragantamiento o el rostro enrojecido de Tristán al intentar soportar la amargura descomunal de aquel café.
Tristán empezó a sorber lentamente el café caliente. En el primer trago, sus ojos se clavaron directamente en los de Fernanda, que lo observaba con absoluta atención.
—Hmmm... el dulzor está perfecto —dijo Tristán con total desenfado, e incluso esbozó una sonrisa dulce después de tragar el café—. También eres buena preparando café, Nanda. De ahora en adelante, prepárame el café con esta misma medida siempre, ¿sí?
Fernanda se quedó de piedra al instante; su cuerpo se paralizó, incapaz de creer la evaluación absurda de su jefe.
"Un café tan amargo y tan agrio como ese... ¿cómo es posible que diga que el dulzor está perfecto? ¡Si estoy segura de que no le puse ni una pizca de azúcar a esa taza!", gritó Fernanda por dentro, entre la confusión y el escalofrío.
Un estremecimiento volvió a recorrerle la mente a Fernanda. Convencida de que su jefe había perdido definitivamente la cordura a causa del estrés laboral, Fernanda se apresuró a hacer una reverencia presa del pánico. —C... con su permiso, regreso a mi escritorio, señor —balbuceó mientras prácticamente salía corriendo de aquella lujosa oficina.
En cuanto la puerta se cerró por completo y la silueta de Fernanda desapareció de su vista, Tristán, que estaba a punto de disfrutar el segundo trago, se bebió el café negro de un solo golpe, sin necesidad de seguir manteniendo la imagen frente a aquella mujer.
¡Cof!
¡Pfff!
—¡Cof, cof! ¡Uhhh... esto es una locura! ¿¡Por qué de pronto este café está tan amargo!? —exclamó Tristán entre toses violentas, con el rostro contraído en una mueca agria al soportar aquella amargura insufrible en la lengua. De inmediato tomó un pañuelo desechable del escritorio para secarse los restos de café que le habían salpicado la barbilla.
Tristán contempló la taza de café negro con el ceño profundamente fruncido. Hacía un momento, mientras miraba el hermoso rostro de Fernanda, aquella amargura se había transformado inexplicablemente en algo muy dulce en su paladar, opacada por la felicidad desbordante que sentía. Pero en cuanto la mujer se fue, la cruda realidad de aquella amargura azotó su lengua sin piedad.
Tristán sacudió la cabeza varias veces mientras soltaba una risita queda, comprendiendo que acababa de ser víctima de una travesura de su secretaria. Lejos de enfadarse, Tristán más bien sintió una ternura irresistible por la pequeña venganza de la patita. Apartó la taza de café amargo, y luego volvió a concentrarse en su trabajo frente a la laptop con una sonrisa que no se le borraba del rostro.
*
*
El gran reloj de pared del vestíbulo del décimo piso finalmente dio la hora, anunciando que el horario del almuerzo había comenzado. El habitual murmullo de los empleados que se preparaban para ir a buscar comida fuera de la oficina se transformó de pronto en un verdadero revuelo. Varios repartidores de un restaurante de cinco estrellas de la capital entraron con grandes carritos, distribuyendo cientos de porciones de comida gourmet a domicilio con moño dorado a cada empleado.
—¿En serio nos dan un almuerzo tan lujoso? ¿Qué celebramos? ¿Acaso la empresa acaba de ganar una licitación multimillonaria? —susurró una empleada con los ojos resplandecientes.
—Ni idea, pero dicen que fue una orden directa del Gran Jefe. Qué raro que el Monstruo ande con corazón de ángel —respondió otra empleada a media voz, temerosa de ser escuchada.
Fernanda, que acababa de regresar de la cocina auxiliar, se detuvo sorprendida al encontrar una elegante caja de almuerzo con el logotipo de un restaurante francés esperándola sobre su escritorio. Poco después, Kevin apareció por la puerta del elevador con la respiración algo agitada.
—Nanda, el señor Tristán te está esperando adentro. Lleva tu caja de almuerzo —le indicó Kevin en un medio susurro, con expresión apresurada—. Tengo un asunto urgente en la división de finanzas. Anda, entra rápido, ¡no te tardes! Ya sabes que si ese león vuelve a rugir porque le demoran la comida, se arma un caos en toda la oficina.
Fernanda exhaló un largo suspiro y asintió con resignación. —Está bien, señor Kevin.
Con pasos pesados y un sentimiento de profunda obligación, Fernanda entró en aquella amplia oficina abrazando su caja de almuerzo. Detestaba con toda su alma el destino de ese día, que la obligaba a almorzar a solas con el hombre al que más despreciaba y odiaba en este mundo.
En cuanto la puerta se cerró, la mirada de Fernanda se dirigió de inmediato al sofá de piel de lujo que ocupaba un rincón de la oficina. Ahí, Tristán ya estaba cómodamente sentado. Sobre la mesa de cristal frente a él, había dispuesta una variedad de platillos exquisitos cuyo aroma resultaba sumamente apetitoso.
—Siéntate aquí —ordenó Tristán con un tono de voz que se había suavizado, mientras daba unas palmaditas en el espacio vacío del sofá justo a su lado.
Fernanda tragó saliva con dificultad. En su interior, deseaba con todas sus fuerzas negarse y elegir el sillón individual que estaba bien alejado. Sin embargo, recordando que aún no era el momento de provocar la furia de aquel hombre antes de que su plan estuviera maduro, Fernanda usó toda su astucia para mantenerse alerta. Finalmente, con lentitud, tomó asiento junto a Tristán, que la observaba con una sonrisa amable.
"Está bien, Tristán. Esta vez cedo porque te estás portando bastante bien conmigo. Pero a partir de mañana, ¡ni sueñes que volveré a ser tan generosa contigo!", pensó Fernanda exasperada hasta la médula.
La sesión del almuerzo comenzó envuelta en un silencio denso. Tristán ralentizó deliberadamente su masticación. De vez en cuando, sus ojos se desviaban con intensidad hacia un costado, disfrutando de aquella cercanía que durante seis años solo había existido en sus sueños.
Por el contrario, Fernanda se comportó fría como un témpano de hielo. No volteó a verlo ni una sola vez y se concentró exclusivamente en la comida de su caja. Su actitud era la de un militar comiendo en el cuartel: rápida, eficiente y sin la menor pausa. Solo quería que aquella comida se acabara cuanto antes para poder alejarse de Tristán de inmediato.
—¡Listo...! —murmuró Fernanda con una sonrisa radiante que le brotó espontáneamente en el rostro. En apenas unos minutos, logró vaciar su caja de comida por completo. De tan rápido que había comido, ni siquiera se percató de que le había quedado una mancha de salsa en la comisura de los labios.
Tristán, al ver la caja de Fernanda impecablemente vacía en un abrir y cerrar de ojos, arqueó una ceja y sonrió divertido. —Parece que tenías mucha hambre, Nanda... Puedes terminarte mi porción también, si todavía quieres más.
—No es necesario, señor. Gracias —rechazó Fernanda de inmediato, con la voz nuevamente formal y rígida—. Resulta que tengo mucho trabajo acumulado afuera, así que no puedo perder el tiempo almorzando demasiado.
Tristán giró completamente hacia Fernanda y dejó escapar un breve suspiro. Por supuesto que sabía perfectamente que la mujer a su lado solo estaba buscando excusas para no permanecer cerca de él un segundo más de lo necesario. Sin embargo, cuando la mirada de Tristán descendió, su atención se desvió de pronto hacia la mancha de salsa rojiza en la comisura de los carnosos labios de Fernanda.
Sin previo aviso, Tristán inclinó el torso hacia ella. Su mano fornida se alzó, y su pulgar rozó con delicadeza la comisura de los labios de Fernanda para limpiar aquella mancha.
Tum.
Fernanda se quedó petrificada al instante; la respiración se le atoró en la garganta. Sus ojos se abrieron como dos lunas llenas, mirando directamente el rostro de Tristán, que comenzaba a teñirse lentamente de un tono rojizo. La mirada de aquel hombre, habitualmente afilada y gélida, esa tarde se sentía inexplicablemente cálida, serena y cargada de una profunda añoranza.
Una vez que la mancha desapareció, el pulgar de Tristán no se apartó de inmediato. Aquel dedo se movió con lentitud, acariciando con infinita suavidad la superficie del labio inferior de Fernanda, que había quedado ligeramente entreabierto por la sorpresa. Tristán fue acortando la distancia entre ambos, acercando su rostro hasta que el aliento cálido con aroma a menta se hizo palpable sobre la piel del rostro de Fernanda.
Fernanda parecía hechizada. La presencia masculina y la mirada intensa del hombre frente a ella habían bloqueado por completo toda su conciencia. El cuerpo de Fernanda se quedó rígido, congelado, absolutamente incapaz de moverse, como si cada uno de sus nervios hubiera quedado paralizado.
La distancia entre sus labios se había reducido a apenas unos milímetros. Tristán cerró los ojos lentamente, preparándose para depositar el beso que había anhelado durante tanto tiempo. Pero justo antes de que sus labios llegaran a tocarse, la puerta de aquella lujosa oficina se abrió de golpe con un estruendo brutal.
¡BRAM!
—¿¡Qué estás haciendo, Tristán!?
Un grito agudo, cargado de incredulidad y furia, quebró de tajo el silencio de la oficina. La voz provenía de una mujer joven de apariencia sumamente provocativa, enfundada en un vestido de marca ceñido al cuerpo, seguida por una mujer de mediana edad, de porte elegante pero expresión severa, que venía detrás. Eran Bella y doña Marcia.
Al instante, el hechizo se rompió. Fernanda recuperó la conciencia de golpe y con un movimiento rápido empujó el ancho pecho de Tristán hasta alejarlo, mientras su propio rostro palidecía por el impacto.
Tristán, cuya jugada había sido frustrada en el último segundo, se puso de pie de un salto desde el sofá con la mandíbula apretada y los puños fuertemente cerrados. Sus ojos centelleaban de rabia porque habían invadido su privacidad.
—Mamá... ¿¡Bella!? ¿¡Qué hacen las dos aquí!? —bramó Tristán con la voz retumbando de indignación, fulminando con la mirada a las dos mujeres que acababan de arruinar su momento más preciado.
Continuará...