Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 10
El cansancio acumulado de días de guardias agotadoras, el colapso en su casa y la enorme carga emocional de las últimas horas terminaron por pasarle factura a Camila. Mientras contemplaba las brasas de la chimenea, el calor envolvente del salón y la pacífica sensación de alivio en su pecho hicieron que sus párpados se sintieran cada vez más pesados.
Poco a poco, su cabeza se reclinó suavemente contra el respaldo de felpa del sillón. Su respiración se volvió pausada, profunda y tranquila, sumida en un sueño reparador que no experimentaba desde hacía años.
La abuela Eva contempló a la joven cirujana durante unos instantes con una sonrisa llena de afecto maternal. Se puso de pie con cuidado, apoyándose en su bastón para no hacer ruido, y le acomodó una manta de lana sobre los hombros para protegerla del frío nocturno.
Luego, la anciana caminó a paso lento hacia el corredor de la zona de seguridad. Al fondo del pasillo, la puerta del despacho de Kael estaba entreabierta. En el interior, el Alfa revisaba atentamente unos planos e informes junto a Bruno.
Eva tocó la madera con la punta de su bastón, llamando su atención.
—Kael —dijo la anciana en un murmullo suave.
Kael levantó la vista de inmediato. Al ver a su abuela a solas, la tensión en su rostro se agudizó.
—¿Sucedió algo, abuela? ¿Camila se siente mal? —preguntó incorporándose bruscamente de la silla, listo para actuar.
—Tranquilízate, hijo —respondió la señora Eva con una leve risa, haciendo un gesto con la mano para calmarlo—. Tu Luna está perfectamente. El cansancio la venció y se ha quedado profundamente dormida en el salón, junto a la chimenea.
Kael exhaló un suspiro contenido, y la rigidez de sus hombros disminuyó visiblemente.
—Dile a Bruno que continúe con el operativo para mañana —dijo la abuela, mirando a su nieto con ojos sabios—. Tú deberías ir a cuidarla. Es la primera vez en mucho tiempo que ese corazón suyo descansa en paz.
Kael hizo una breve señal con la cabeza a Bruno para que concluyera la revisión de los informes. Cruzó el pasillo en absoluto silencio, con pasos sigilosos que solo un depredador podía ejecutar, hasta regresar al amplio salón iluminado por las últimas brasas del fuego.
Al llegar junto al sillón, se detuvo.
Camila descansaba profundamente, envuelta en la manta que la abuela Eva le había colocado. Su rostro, habitualmente tenso por la responsabilidad médica y las presiones de su familia, lucía una serenidad casi celestial. La respiración de la joven era tranquila, constante, y el suave subir y bajar de su pecho confirmaba que la arritmia se había disipado por completo.
Kael se inclinó despacio, cuidando que su peso no reabriera la sutura abdominal de su propia cirugía. Con delicadeza infinita, pasó un brazo por debajo de las rodillas de Camila y el otro alrededor de su espalda, levantándola en brazos.
Sorprendida levemente por el movimiento, Camila dejó escapar un débil murmullo entre sueños, acomodando instintivamente la frente contra el cuello del Alfa. Al sentir el calor directo de la piel de Kael y su aroma a sándalo y tormenta, la joven dejó escapar un suspiro de alivio y volvió a sumergirse en un sueño profundo.
El Alfa sostuvo la respiración un segundo. Sentir la fragilidad y al mismo tiempo la confianza ciega con la que su compañera se entregaba al descanso en sus brazos hizo que el instinto de protección en su pecho rugiera con una fuerza arrolladora.
Subió las escaleras con pasos firmes y la llevó directamente a la habitación principal. La acomodó con extremo cuidado sobre las sábanas oscuras de la imponente cama, retirándole el abrigo ligero y cubriéndola con el edredón para protegerla del frío de la noche.
En lugar de retirarse a otra estancia, Kael acercó un amplio sillón de cuero junto al costado de la cama. Se acomodó en él, manteniendo una mano apoyada sobre el colchón, a solo centímetros de la mano de Camila, asegurándose de que la presencia de su aura permaneciera constante a su lado durante toda la noche.
Observó la silueta de la cirujana bajo la luz de la luna que se filtraba por el ventanal.
—Descansa, mi Luna —susurró Kael en la penumbra, con una promesa implacable marcando su voz—. Mañana el mundo sabrá que ya no estás sola.