A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 14
Cap 14: La que se finge su novia
La boutique se llamaba Lirio Negro y quedaba a media cuadra de Presidente Masaryk. Camila entró sola el miércoles a las once y media.
Llevaba el adelanto en una cuenta nueva que Mariana le había abierto. Llevaba el vestido beige.
La vendedora se llamaba Sandra. Chongo bajo, labios pintados de rojo seco, una expresión amable de oficio y otra expresión, debajo, que tardó dos segundos en activarse al ver a Camila.
—Buenos días. ¿En qué le puedo ayudar?
—Busco un vestido. Para una cena formal. El viernes.
—¿Talla?
—Treinta y cuatro.
—¿Presupuesto?
Camila notó el segundo en que Sandra le miró los zapatos, la cartera, las manos sin anillo.
—El que se necesite —respondió.
Sandra entrecerró los ojos un milímetro. Le sonrió con la boca, no con los ojos.
—Por aquí.
* * *
Sandra le mostró tres vestidos —el más sencillo, el más sobrio, el menos arriesgado—. Le habló de cada uno con tono educativo, como si le explicara a alguien de afuera lo que la temporada exigía.
—Este es el favorito de las señoras que vienen por primera vez. Sobrio, discreto, no compite con el resto de la mesa.
Camila no respondió. Tocó la tela.
—Este otro lo recomendamos para las que tienen su silueta. Tiende a estilizar.
Camila tampoco respondió.
—¿Le gusta alguno?
—No. Ese, ¿qué es? —Camila señaló un cuarto colgado más al fondo, sobre el maniquí pequeño.
—Ese es de la colección nueva. No es para iniciadas.
—¿Iniciadas en qué?
—En el código de las cenas formales.
—Ah. ¿Y qué dice ese código?
—Que las debutantes deben elegir, en un primer evento, un corte conservador.
—Ya. Pues yo no soy debutante. Soy invitada.
Sandra parpadeó. Camila reconoció una mezcla mala de viscosa en el primero. Reconoció un acabado de prêt-à-porter en el segundo. El cuarto, sin embargo, tenía una línea limpia y un corte en el escote que la sorprendió por bueno.
—Este. ¿Lo tienen en talla?
—Sí, pero...
—Pero.
—Es de temporada nueva. Tiene un precio especial.
—¿Cuánto?
Sandra le dijo el precio. Camila no parpadeó. Era exactamente el adelanto que Mariana le había transferido la noche anterior. Ni un peso más, ni uno menos. Damián, calculó, había sabido exactamente lo que iba a costar este vestido sin preguntar.
—Está bien. Lo quiero probar.
—Permítame consultar.
Sandra desapareció detrás de la cortina.
La campana de la puerta sonó.
Una mujer entró. Alta, delgada, cabello castaño claro con dos peinetas pequeñas, saco de paño negro perfecto, perfume que llegó al fondo antes que ella. La mujer miró a Camila con esa mirada de tres segundos con la que las hijas de buena familia tasan a las desconocidas en su territorio.
—Sandra —llamó.
Sandra salió enseguida.
—Señorita Ximena. Pasamos en un minuto.
—Ayúdame primero a mí, ¿sí? —Lo dijo sin mirar a Camila—. Esta señorita puede esperar.
Sandra dudó dos segundos. Después se inclinó hacia Camila con la sonrisa pequeña de quien va a abandonarla.
—Discúlpeme un momento.
—Adelante.
* * *
Ximena Saldívar ocupó el centro de la boutique con la soltura de quien lleva años entrando ahí. Pidió ver la colección nueva. Habló con Sandra a un volumen que llegaba hasta el rincón del fondo.
—Para la cena del viernes, Sandra, necesito algo que combine con un brazalete de mi mamá.
—¿La cena de Grupo Tejada?
—Esa misma.
—Tendría el champaña.
—El champaña. Damián siempre comentaba que ese tono me favorecía.
Camila no se movió.
—Con tantos años de novios —siguió Ximena, dejando caer las palabras una a una, sabiendo que en algún lugar del fondo había unos oídos a los que les iba el cuento—, una aprende qué le gusta.
* * *
Mientras Sandra estaba detrás del cortinaje, Camila caminó tres pasos hacia el espejo. Se colocó por encima el vestido que había elegido y se miró.
Le quedaba muy bien.
Lo bajó. Lo colgó sobre el respaldo del banco. Esperó.
Cuando Sandra salió con el champaña en la mano:
—Acompáñeme a probador uno, señorita —le dijo a Ximena—. Ahora vengo, Camila.
Camila esperó tres segundos. Caminó hasta donde estaba el vestido elegido. Lo tomó. Caminó a la caja.
—¿Lo paga? —preguntó la cajera, una muchacha más joven.
—Sí.
—¿No quiere probárselo?
—Es mi talla. Y conozco la marca.
La cajera lo registró. Camila pagó con tarjeta. La muchacha le entregó la bolsa.
Antes de salir, Camila se detuvo en mitad de la boutique. Sandra venía caminando hacia el fondo.
—Sandra.
—¿Sí, señorita?
—El vestido es perfecto.
—Me da gusto.
—Gracias.
Camila se giró hacia la puerta. Y, antes de cruzarla, oyó la voz de Ximena salir del probador.
—¿Y tú quién eres, si puede saberse?
Camila se giró tres cuartos.
—Nadie que te importe hoy.
Y se fue.
* * *
En la banqueta, doblando la esquina, se encontró con Damián. Venía caminando a paso normal por Presidente Masaryk, con el cabestrillo, las llaves en la mano sana. Cipriano lo seguía dos metros atrás.
—¿Y eso? —preguntó él, levantando la barbilla hacia la bolsa.
—Vestido para el viernes.
—¿Te trataron bien?
—Más o menos.
—¿Qué pasó?
—Damián. ¿Conoces a Ximena Saldívar?
Una décima de segundo en su rostro.
—Sí. ¿Por qué?
—Porque acaba de decirme, sin haberme dirigido la palabra, que es tu novia desde hace tiempo. Frente a la vendedora. Para que yo la oyera.
Damián miró la boutique a media cuadra. La miró un segundo entero. Miró a Camila. Habló sin tono.
—No lo es.
—Bien.
—Y nunca lo fue. Eso de adentro se llama claim, en jerga de élite. Se hace cuando no existe.
—Te creo.
—El viernes me sigues, no te adelantas. Yo aviso primero a Mauricio si algo se complica. Pero tu respuesta a Ximena en la boutique fue mejor que cualquiera que yo te hubiera escrito.
—Gracias.
—¿Tienes algo planeado para esta tarde?
—Sí. Ir a la casa de mi abuela en San Andrés. Cipriano me preguntó si quería que él me llevara.
—Te dije que no quería favores.
—No es favor. Es coche disponible que iba a estar parado en el estacionamiento. Le dije que sí. Tres horas de carretera con un chofer que sabe el camino es mejor que tres horas con un señor que se aprovecha de que voy sola.
—Cipriano no se aprovecha.
—Por eso le dije que sí.
Damián sonrió un milímetro.
—Vamos.
Caminaron juntos hacia el coche. Cipriano les abrió. Damián la miró por encima de la puerta abierta antes de subir.
—Camila. Lo dijiste sin alzar la voz.
—Lo digo todo sin alzar la voz.
—Ya me di cuenta.
Subieron. Camila puso la bolsa a sus pies. Cerró los ojos un segundo. Respiró el olor a madera y cuero.
"No lo es", había dicho él.
Sin titubear.
Casi le bastaba.
Casi.
* * *
Esa noche, en el cuarto de Inés en San Andrés, Camila colgó el vestido en el ropero de la abuela. Inés salió de la cocina con dos tazas de chocolate caliente y un pan de muerto sobrante de hace una semana.
—Mija. ¿Es el de la cena?
—Es el de la cena.
—Es muy bonito.
—Lo escogí yo, abuela. No me lo escogieron.
—Eso es lo importante, mija. Más que el vestido. Que la mujer adentro del vestido sea la que decidió ponérselo.
Camila se rio. La risa le salió limpia.
—Sí, abuela.
—¿Y el muchacho?
—Va a estar. Me va a recoger.
—Cómo no.