Aranza Manrique, una brillante licenciada en economía y finanzas de 40 años, vive atrapada en una jaula de oro. Atada desde los veinte años a un matrimonio por conveniencia dictado por sus padres, soporta la tiranía, las humillaciones y el maltrato físico de su esposo, Fausto Carvajal. Aunque Fausto aparenta ser un empresario exitoso, su imperio se sostiene con dinero sucio y conexiones de baja categoría, dependiendo de la enorme influencia y el peso económico de la empresa de Aranza. Bajo un acuerdo legal draconiano, un divorcio mal manejado les costaría el treinta por ciento de las acciones, manteniendo a Aranza prisionera por el bienestar financiero y el control empresarial.
Tras una década de dormir en camas separadas, un encuentro fortuito en un bar exclusivo exclusivo de la élite cambia el destino de Aranza para siempre. Allí conoce a Luis Carlos Altamirano, un magnate de la tecnología de 27 años,
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EL ASEDIO INEVITABLE
El aire dentro del coche se sentía denso, pesado. Aranza apoyó la frente contra la ventanilla fría, intentando calmar el ritmo desenfrenado de su respiración. Las palabras de Luis Carlos, el calor de su cuerpo y, sobre todo, la sensación de su mano presionada contra la erección del joven seguían quemándole la piel como un hierro en ascua. Se sentía furiosa consigo misma por haber cedido, aunque fuera por unos segundos eternos, al magnetismo de ese hombre. Pero, por encima de todo, el terror la envolvía. Si Fausto llegaba a enterarse de lo que había pasado en ese reservado, no dudaría en usarlo como pretexto para destruirla o peor aún, desataría la violencia de sus socios de baja categoría contra cualquiera que se cruzara en su camino.
Al día siguiente, la tensión en la torre corporativa era casi palpable. Aranza intentaba concentrarse en los gráficos financieros del cierre mensual, pero cada notificación en su teléfono celular hacía que un destello de ansiedad le atravesara el pecho. Necesitaba respuestas y sobre todo, necesitaba saber cómo demonios Luis Carlos había conseguido manipular a Patricia para armar semejante trampa.
A media tarde, decidió convocar de urgencia a sus dos fieles confidentes. No podía hablar por teléfono con la seguridad de que las líneas estuvieran limpias, así que las citó en un rincón apartado de la cafetería de la misma torre financiera, un espacio neutral donde solían coincidir de vez en cuando.
Luz Marina y Ana Fernanda llegaron apenas veinte minutos después, luciendo tan impecables y elegantes como siempre, aunque sus rostros reflejaban una profunda preocupación al ver la expresión demacrada y seria de Aranza. Tomaron asiento sin hacer ruido y fue Ana Fernanda quien rompió el silencio de inmediato.
—Por Dios, Aranza, tienes la cara de quien acaba de ver a un fantasma. ¿Se puede saber qué mosca te picó para llamarnos con tanta urgencia hoy? —preguntó Ana Fernanda, bajando la voz y cruzando los brazos sobre la mesa.
Aranza miró a ambos lados antes de inclinarse hacia adelante, con los ojos marrones fijos en sus amigas.
—Ayer caí en una trampa. Una maldita trampa perfectamente armada —confesó Aranza con la voz temblorosa por la rabia contenida—. Fui al club privado creyendo que me reuniría con Patricia de Altamirano para discutir un proyecto filantrópico. Cuando entré al reservado, la puerta se cerró con seguro... y el que estaba ahí adentro esperando por mí era Luis Carlos.
Luz Marina abrió los ojos con desmesura, llevándose una mano al pecho en un gesto de genuina consternación.
—¡No me digas que el muchacho se atrevió a tanto! ¿Utilizó a su propia madre para embaucarte? ¡Eso es cruzar una línea muy peligrosa, Aranza!
—¡Sí, lo hizo! —respondió Aranza con tono cortante, apretando los nudillos contra la madera de la mesa—. Y lo peor no fue eso. Me acorraló contra la puerta, me besó de una manera que me dejó sin aire... y antes de que pudiera reaccionar, me obligó a tocarlo. Puso mi mano directamente sobre su miembro erecto, diciéndome con una seguridad que asusta que de verdad me desea como a nadie en su vida. Tuve que empujarlo con todas mis fuerzas y salir huyendo de allí como una cobarde.
Ana Fernanda negó con la cabeza lentamente, mordiéndose el labio inferior con evidente preocupación.
—Amiga, te lo advertimos desde el primer día. Ese chico no es un juego de adolescentes aburridos; es un depredador que va directo por su presa. Si Fausto llega a enterarse de esto, o si el investigador que seguro anda rondando descubre algo, nos vamos a quedar cortas con la masacre que se va a armar. ¿Qué piensas hacer ahora?
—Bloquearlo. Cortar cualquier vía de comunicación de raíz. No voy a permitir que este muchacho destruya lo poco que me queda de estabilidad —sentenció Aranza con firmeza, aunque un temblor imperceptible en su voz delataba lo mucho que le costaba mantener esa postura.
Sin embargo, el destino tenía planes muy diferentes para poner a prueba su férrea voluntad.
Esa misma noche ya entrada la madrugada, la mansión de los Carvajal Manrique estaba sumergida en un silencio sepulcral. Fausto no había regresado a casa —algo habitual cuando sus negocios turbios lo retenían hasta tarde—, y los muchachos dormían plácidamente en sus habitaciones. Aranza yacía despierta en su cama, con la mirada perdida en la oscuridad, intentando conciliar el sueño.
De repente, el zumbido vibrante de su teléfono celular sobre la mesa de noche rompió la quietud.
Aranza frunció el ceño, sobresaltada. Revisó la pantalla iluminada con el reloj marcando las dos y media de la mañana. Era un número desconocido, pero la notificación indicaba la llegada de un mensaje directo acompañado de un archivo adjunto. Con el corazón latiéndole a mil por hora, desbloqueó el teléfono y abrió la aplicación de mensajería.
Lo que vio la dejó completamente paralizada, sin aliento.
El mensaje era de Luis Carlos. Contenía una fotografía tomada desde un ángulo bajo, en alta definición, donde se le veía a ella misma saliendo del reservado del club la tarde anterior con el rostro encendido, el cabello ligeramente desordenado por el forcejeo y los ojos dilatados por la adrenalina. Pero lo que acompañaba a la imagen desató una furia ciega mezclada con un escalofrío helado que le recorrió toda la columna vertebral:
"Sé que intentas huir de lo inevitable, mi señora bonita. Cada segundo que pasa lejos de mí es un desperdicio. Tu cuerpo recuerda perfectamente lo que sentiste ayer, y yo no voy a descansar hasta tenerte completamente mía. Piensa en mí antes de dormir, porque yo no hago otra cosa que pensar en cómo hacerte mía sin reservas".
Un grito ahogado escapó de la garganta de Aranza. La rabia le quemaba las entrañas, haciéndola temblar de pies a cabeza, mientras una ola de calor y escalofríos recorría su piel ante la crudeza de las palabras y la certeza de que él la vigilaba de cerca.
—Maldito imbécil... ¡Maldito seas, Luis Carlos! —susurró Aranza con furia, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
Sin pensarlo dos veces, con los dedos temblando de ira, entró al perfil del contacto desconocido y pulsó inmediatamente la opción de Bloquear usuario.
La pantalla mostró el mensaje de confirmación: «Has bloqueado este contacto. Ya no recibirás sus llamadas ni mensajes».
Aranza exhaló un suspiro de alivio momentáneo, creyendo que con eso pondría fin al acoso. Pero la ilusión duró apenas unos segundos. Justo cuando iba a apagar el teléfono, la pantalla volvió a encenderse de golpe con una nueva notificación de un número alternativo, acompañada de un breve texto que la dejó helada hasta los huesos:
"¿De verdad creíste que un simple botón de bloqueo iba a detenerme, Aranza? Apenas estamos comenzando el juego".
Aranza dejó caer el teléfono sobre la cama como si quemara, sintiendo que el cerco a su alrededor se estrechaba peligrosamente y que su vida, hasta entonces controlada bajo una fachada de fría elegancia, estaba a punto de estallar en mil pedazos.