Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 18
La tarde teñía el cielo de un gris plomizo cuando el sonido de unos golpes pausados resonó en la puerta de la suite. Camil, aún debilitada y con los ojos hinchados por el llanto, se incorporó con lentitud sobre la cama. Al ver ingresar a Augusto Rothschild, apoyado firmemente en su bastón de madera oscura, una punzada de nerviosismo le recorrió el vientre.
El hombre avanzó con pasos pesados. Su rostro, habitualmente impenetrable y sereno, reflejaba un cansancio acumulado de años. Cerró la puerta tras de sí y se detuvo a pocos metros de la cama, observándola con una mirada penetrante pero exenta de la agresividad que solía caracterizar a los miembros de su clase.
—Camil —dijo Augusto con voz grave y pausada—. Necesito hablar contigo a solas. Hay cosas que ni Damián ni tú pueden seguir cargando a ciegas.
Camil asintió en silencio, acomodándose sobre las almohadas y manteniendo una mano protectora sobre su regazo. Augusto arrastró la silla junto al ventanal y se sentó frente a ella, cruzando ambas manos sobre el empuñadero del bastón.
—Damián será trasladado esta misma noche a un centro de salud mental de alta especialización —comenzó el hombre, mirando fijamente a Camil—. Fue una condición que yo le impuse a cambio de gestionar los trámites del divorcio. Su mente está al límite, destruida por una depresión severa y un cuadro de angustia que no ha dejado de crecer.
El corazón de Camil dio un vuelco violento. Se llevó una mano a la boca, ahogando un gemido mientras la culpa le oprimía las costillas.
—Sé lo que piensas de él en este momento —continuó Augusto con tono sereno—. Sé que lo ves como un hombre despiadado, impulsado únicamente por la venganza y la soberbia. Pero la historia de Damián no empezó el día que te trajo a esta mansión. Su oscuridad viene de mucho más atrás... del día en que lo encontré.
Augusto exhaló un suspiro pesado y dirigió la vista hacia el ventanal, como si los recuerdos lo transportaran a una noche helada del pasado.
—Hace años, yo perdí a mi esposa y a mi único hijo biológico —reveló Augusto, con una amargura añeja en cada palabra—. Ellos no murieron por una enfermedad común. Sucumbieron al acoso implacable, las humillaciones y el maltrato psicológico sistemático de la rama familiar de Victoria Rothschild, mi hermana, quienes buscaban despojarnos de nuestra posición en el consorcio. Tras su pérdida, mi vida se convirtió en un desierto absoluto. Una noche, incapaz de soportar la culpa y el vacío, subí a la azotea de la sede central de mi propia empresa. Mi única intención era saltar al vacío y terminar con todo de una vez por todas.
Camil contenía la respiración, con los ojos muy abiertos, escuchando el relato desgarrador.
—Pero justo cuando estaba a punto de dar el paso final —siguió el hombre, con la voz quebrada—, vi a un muchacho sobre la barandilla, a pocos metros de mí. Llevaba ropa vieja, tiritaba de frío y miraba hacia el abismo con unos ojos absolutamente muertos. Era Damián. En ese entonces trabajaba como un humilde pasante en el área de archivos de la compañía. Estaba ahí arriba por la misma razón que yo: destruido por la miseria, por el rechazo y por la traición desgarradora de la mujer que amaba con toda su alma.
Augusto volvió a fijar su mirada en Camil, cuyos párpados ya no podían contener las lágrimas.
—Nos miramos a los ojos en medio de esa azotea —musitó Augusto—. Dos hombres rotos, sin nada que perder. Al ver su juventud a punto de desperdiciarse, olvide mi propio dolor. Me acerqué, lo tomé del brazo y lo jalé hacia atrás. Y al salvarlo a él, ese muchacho también me salvó a mí. Nos aferramos el uno al otro como padre e hijo. Pero desde esa noche supe que la mente de Damián había quedado fracturada para siempre. Él nunca superó que tú lo hubieras desechado de esa manera tan cruel.
Las palabras de Augusto cayeron sobre Camil con el peso de una losa. Un sollozo sofocado escapó de su garganta y rompió a llorar de forma inconsolable, cubriéndose el rostro con las manos.
Le resultaba inconcebible. La imagen del Damián universitario invadió su memoria con una fuerza devastadora: aquel joven de sonrisa luminosa, el chico que le encontraba solución a cualquier contratiempo por difícil que fuera, el que trasnochaba a su lado explicándole materias complejas con una paciencia infinita, el hombre que la hacía sentir la mujer más amada y segura sobre la tierra. No podía asimilar que detrás de esa calidez se estuviera gestando una sombra tan oscura, que ese joven al que ella veneraba en secreto hubiera estado a un segundo de estrellarse contra el suelo por culpa del dolor que ella le causó.
—¡Dios mío! —gimió Camil entre lágrimas amargas—. No puede ser... Él estuvo a punto de morir... y yo no lo sabía. Me siento tan culpable... Tan miserable por no haber buscado la forma de decirle la verdad cuando nos reencontramos, por no haber sido sincera en el pasado en lugar de lastimarlo de esa forma tan ruin...
Augusto la observó con atención, captando el tono de desesperación genuina en su llanto. Frunció el entrecejo, notando algo extraño en sus palabras.
—¿La verdad? —preguntó Augusto con gravedad—. ¿De qué verdad estás hablando, Camil?
Camil levantó la vista, con el rostro empapado y la mirada fija en el anciano. El dolor de años acumulado en su pecho finalmente rompió el dique del silencio.
—Yo jamás quise dejarlo —confesó Camil, con la voz entrecortada y el pecho agitado—. Jamás dejé de amarlo ni un solo segundo de mi vida. Todo lo que pasó fue por culpa de mi padre.
Augusto se inclinó ligeramente hacia adelante, atento a cada palabra.
—Cuando Guillermo descubrió nuestro noviazgo en la universidad —prosiguió Camil, secándose las lágrimas torpemente con la manga—, enloqueció de furia. Damián no tenía apellido ni dinero en ese entonces. Mi padre envió matones a seguirlo, falsificó documentos corporativos para acusarlo de robo en la empresa donde trabajaba y me amenazó directamente. Me dijo que si no lo alejaba de mí de inmediato, usaría todos sus influencias para encarcelar a Damián por años y arruinar su vida para siempre.
La mirada de Camil se volvió distante, atormentada por los recuerdos.
—Yo era muy joven, estaba aterrorizada —continuó, con un hilo de voz—. Sabía de lo que mi padre era capaz. La única forma de proteger a Damián, de evitar que Guillermo lo destruyera, era hacer que me odiara. Tuve que citarlo y decirle las palabras más frías, despiadadas y falsas que pude inventar... Le dije que no lo amaba, que solo había sido un entretenimiento y que jamás estaría con alguien miserable como él. Preferí que me aborreciera con tal de saberlo a salvo y con un futuro por delante.
El silencio volvió a adueñarse de la estancia, pero esta vez era un silencio denso, cargado de una revelación trágica. Augusto cerró los ojos por unos segundos, asimilando la magnitud del engaño. La pieza que faltaba en el rompecabezas de la vida de Damián finalmente encajaba: dos jóvenes nobles, enamorados y llenos de ilusiones, manipulados y triturados por el egoísmo desmedido y la ambición de un padre sin escrupulos.
—Maldito sea Guillermo Fontán... —murmuró Augusto, apretando el puño sobre la cabeza de su bastón con una fuerza contenida—. Destruyó la vida de ambos por mero orgullo.
El hombre abrió los ojos y miró a Camil con una expresión renovada, en la que la frialdad inicial se había disuelto por completo para dar paso a un profundo respeto y compasión.
—Camil —dijo Augusto con voz firme—. Ahora que entiendo la raíz de este infierno, debes ser consciente de algo: Guillermo no se va a detener. En cuanto se entere de que estás divorciada y con la suma millonaria que Damián te ha asignado, vendrá a buscarte para arrebatarte cada centavo y seguir utilizándote como su títere personal. Tienes que pensar muy bien cómo vas a ponerle un alto definitivo a tu padre.
Camil apretó los labios, y por primera vez en mucho tiempo, una chispa de determinación absoluta brilló en sus ojos humedecidos. La frágil muchacha que se dejó chantajear en el pasado había quedado atrás.
—Acepto —respondió Camil con voz clara y serena—. Le pondré un límite a mi padre. No volverá a manipular mi vida ni a tocar un solo billete de la familia Rothschild. Me encargaré de que pague por todo el daño que nos causó.
Augusto asintió con aprobación. Luego, su mirada descendió suavemente hacia el regazo de la joven. El semblante de él se volvió inquisitivo pero cálido.
—Y dime, hija... —preguntó Augusto con delicadeza—. ¿Qué vas a hacer con tu embarazo?
La pregunta flotó en la habitación. Camil llevó ambas manos hacia su vientre, acariciándolo con una ternura infinita. La revelación de la depresión de Damián y el sacrificio que ambos habían hecho no la destruyó; al contrario, le devolvió la claridad que necesitaba.
—Voy a conservar a mi bebé —declaró Camil, mirando directamente a los ojos de Augusto—. Jamás pensé en interrumpir este embarazo. Cuando hablé con el médico en el hospital, estaba aterrada y desorientada por las palabras de Damián, pero este hijo es el fruto del único amor de mi vida. No voy a rendirme. Voy a cuidar mi salud, protegeré a mi hijo y lucharé con todas mis fuerzas para sacar a Damián de la oscuridad y sanar su corazón.
Una ligera pausa precedió a su última petición:
—Pero necesito que me ayude, señor Augusto. Damián debe creer que me he ido y que el embarazo no próspero. Si sabe la verdad ahora, en su estado mental actual, colapsará por completo. Déjeme cuidar de él desde las sombras mientras recibe su tratamiento. Por favor, guarde este secreto conmigo.
Al escuchar sus palabras, una sonrisa franca y llena de esperanza iluminó el rostro cansado de Augusto. Exhaló un largo suspiro, sintiendo que por primera vez en años, una luz real comenzaba a filtrarse en la vida de su hijo adoptivo.
—Tienes mi palabra, Camil —respondió Augusto, extendiendo su mano para sostener la de ella con afecto paterno—. Guardaré el secreto. Y te apoyaré en cada paso para que recuperes al hombre que amas.
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