Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 20 — EL CACHORRO Y LA COMANDANTE
El sol de la tarde entraba a rayos por las ventanas del despacho cuando Aster levantó la vista de sus documentos y se dio cuenta de que llevaba más de una hora sin ver a su comandante.
No era relevante. No era urgente. Elysia era una adulta perfectamente capaz de ocuparse de sus asuntos sin necesidad de supervisión constante. De hecho, durante los últimos seis años, Aster apenas había reparado en su paradero. Ella estaba donde debía estar. Hacía lo que debía hacer. Y punto.
Pero ahora no.
Ahora notaba su ausencia.
Cerró el pergamino con más fuerza de la necesaria y se levantó. Llevaba todo el día encerrado con informes y cartas. Necesitaba estirar las piernas. Eso era todo. No iba a buscarla. Solo iba a dar un paseo. Si en ese paseo se la encontraba, bien. Y si no, también.
Salió al pasillo. Bajó las escaleras. Recorrió el patio interior. Nada. Pasó por los barracones. Nada. Se asomó al comedor. Solo estaban los sirvientes preparando la cena.
Empezaba a irritarse. No porque le importara. Porque era ineficiente tener a su comandante en paradero desconocido.
Finalmente, se encontró con Lian en el pasillo que conducía a los establos. La mujer de la trenza castaña iba con sus dagas al cinto y un montón de vendas en la mano, probablemente de camino a la enfermería.
—Lian.
—Alteza.
—¿Has visto a la comandante?
Lian se detuvo. Lo miró. Y entonces, algo pasó en su rostro.
Fue un cambio sutil. Casi imperceptible. Sus ojos verdes brillaron con una chispa que Aster no supo identificar. La comisura de sus labios se curvó hacia arriba, apenas un milímetro, pero suficiente para que él lo notara. Era una expresión que no le había visto nunca. Una mezcla de diversión contenida y algo que, en cualquier otra persona, habría llamado picardía.
—Ah, la comandante —dijo Lian, con un tono demasiado inocente para ser real—. Creo que está en el patio de entrenamiento.
—¿Crees?
—Bueno, es que no quiero interrumpir.
Aster frunció el ceño.
—¿Interrumpir qué?
—Nada. Solo entrenan. Muy lindos.
La palabra «lindos» golpeó a Aster como un guante arrojado al suelo. Lian no usaba esa palabra. Lian no usaba palabras suaves. Lian hablaba de dagas, de guardias, de informes. No de cosas lindas.
—¿Lindos? —repitió, con un tono que habría hecho retroceder a cualquiera.
Lian no retrocedió. Al contrario. Su sonrisa se ensanchó una fracción más.
—Sí, alteza. La comandante y el cachorro. Digo, el caballero Kael. Están entrenando juntos. Otra vez. Como todos los días. —Hizo una pausa perfectamente calculada—. Es agradable verlos. Él la mira como si fuera un héroe. Y ella... bueno, ella le sonríe.
Silencio.
Aster no dijo nada. Su rostro era una máscara de piedra. Pero Lian, que llevaba años sirviéndolo, notó algo en la forma en que sus dedos se tensaron ligeramente sobre el antebrazo.
—Si me disculpa, alteza —continuó Lian, con una inocencia que no se creía ni ella—, tengo que llevar estas vendas a la enfermería. Si ve a la comandante, dígale que la busco más tarde.
—No la veré.
—Claro que no, alteza.
Lian se fue. Y Aster se quedó en el pasillo, con una sensación extraña en el pecho. No era celos. Él no sentía celos. Los celos eran irracionales, improductivos, humanos. Y él no era humano. Era un príncipe. Un estratega. Un villano, si querían llamarlo así.
Pero sus pies, de alguna forma, lo llevaron al patio de entrenamiento.
Se detuvo en el umbral, oculto tras una columna. No quería que lo vieran. No quería que supieran que había ido a buscarla. Solo quería... comprobar.
Y allí estaban.
Elysia sostenía la espada de práctica, con el cabello castaño suelto —suelto, cuándo había empezado a llevarlo suelto— y los rayos dorados brillando bajo el sol de la tarde. Estaba corrigiendo la postura de Kael. Le tocaba el brazo. Le ajustaba la muñeca. Le decía algo que Aster no alcanzaba a oír.
Y Kael la miraba con esos ojos verdes enormes, como si ella fuera lo mejor que le había pasado en su corta vida de caballero. Se reía. Ella también se reía. Era una risa distinta a la que Aster le había visto. Más suave. Más relajada. Como si con Kael no tuviera que ser la comandante. Como si pudiera ser simplemente Elysia.
—Levanta más el codo —decía Elysia—. Si lo dejas caído, tu oponente te va a atravesar antes de que puedas parpadear.
—Así, ¿comandante?
—Kael.
—Perdón. Así, ¿Elysia?
—Mejor. Pero no me mires a mí. Mira al enemigo.
—Es que mirarte a ti es más agradable.
Elysia soltó una carcajada.
—¿Eso le dices a todos tus superiores?
—No. Solo a ti. —Kael se puso rojo inmediatamente—. Espera. Eso ha sonado mal. Quiero decir, no mal, pero... ¿puedo dejar de hablar?
—Sí, por favor.
Aster observó la escena desde la columna. No sentía celos. No. Era otra cosa. Algo más frío. Algo que se parecía peligrosamente al disgusto. Kael era un buen soldado. Elysia era su comandante. Estaban entrenando. No había nada inapropiado. No había nada que justificara la opresión en el pecho que sentía en ese momento.
Y sin embargo...
Recordó lo que le había dicho Valdemar. «La curiosidad es el primer paso hacia el interés. Y el interés, hacia el afecto.»
No era afecto. Era responsabilidad. Era su comandante. Su mejor pieza. No podía permitir que nada —ni nadie— la distrajera.
Salió de detrás de la columna.
—Comandante.
Elysia se giró. Kael casi se cae al suelo de la impresión.
—Alteza —dijo Elysia, con una inclinación de cabeza—. ¿Necesita algo?
—Necesito revisar los turnos de guardia para el consejo. Ahora.
—Los revisamos ayer.
—Han cambiado.
—¿Han cambiado?
—Sí.
Elysia lo miró. Aster le sostuvo la mirada. Kael miraba a uno y a otro como quien presencia un duelo silencioso sin entender las reglas.
—Está bien —cedió Elysia—. Kael, sigue practicando. Luego te alcanzo.
—Sí, coman... Elysia. Digo, sí.
Aster ya se había dado la vuelta y caminaba hacia el castillo. Elysia lo siguió, con la espada de práctica aún en la mano.
—¿De verdad han cambiado los turnos? —preguntó ella en voz baja, cuando estuvieron lo bastante lejos.
—No.
—¿Entonces?
Aster no respondió. Siguió caminando. Elysia resopló y lo siguió, sin entender nada.
Detrás de ellos, Lian se asomó desde la puerta de la enfermería y sonrió para sí misma. Había visto a Aster escondido tras la columna. Había visto cómo se tensaba al ver a Elysia con el cachorro. Y había visto cómo, en lugar de irse, había interrumpido.
—Esto se pone interesante —murmuró, y siguió su camino.