Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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Capítulo 8
Gerson:
Entro a la mansión a altas horas de la madrugada, arrastrando los pies en un silencio absoluto. El eco de mis propios pasos en el gran vestíbulo de mármol me resulta ensordecedor. Camino directo a mi habitación, cierro la puerta con doble llave y me quito el saco, tirándolo con fastidio sobre un sillón. No puedo dormir. Me quedo mirando el techo en la penumbra, sintiendo una opresión en el pecho que me asfixia. Mi cuerpo exige descanso, pero mis ojos se niegan a cerrarse porque sé que, en cuanto lo haga, su rostro volverá a aparecer. Estoy atrapado en mi propia casa, encerrado con un fantasma que respira.
A unos cuantos metros de mi desvelo, en el ala oeste de la mansión, una tenue luz se filtra por debajo de la puerta de mi madre. Leonor no hace nada esta noche. No grita, no conspira por teléfono, no destruye copas de cristal. Se queda sentada en la oscuridad de su tocador, con la mirada fija en la nada, fría como el hielo. En su mente, las finanzas y el orgullo se han fusionado en un único y retorcido veredicto. Ella entiende que ya no hay espacio para sutilezas ni contratos modificados. La única opción para que sus planes continúen con éxito, la única forma de recuperar el control de mi vida y del imperio de chocolates, es deshacerse de Hellen de manera definitiva.
Para ella, Hellen ya no es una molestia; es una amenaza que debe ser eliminada.
Mientras el insomnio nos consume a mi madre y a mí, Hellen permanece ajena a nuestras tormentas. En la biblioteca de la mansión, rodeada de un silencio sepulcral, ella pasa las hojas de los libros de administración y finanzas con una calma imperturbable. Lee durante horas, devorando balances generales, estrategias de mercado y registros históricos de la empresa.
Se empapa de conocimiento con una rapidez aterradora, como si su mente fuera un lienzo en blanco diseñado exclusivamente para gobernar. La antigua Hellen habría llorado sobre esas páginas sin entender un solo número; la mujer de ahora las domina con la mirada de quien repasa un mapa de guerra.
El amanecer llega con una luz pálida y fría. Cuando bajo al comedor principal para el desayuno, el ambiente está tan cargado de tensión que el aire se siente denso. Mi padre, Horacio, lee el periódico con el ceño fruncido, y mi madre revuelve su café en absoluto silencio, sin dignarse a mirarme. Entonces, la puerta se abre y entra Hellen.
Viste un conjunto sencillo pero impecable, el cabello perfectamente recogido y esa postura erguida que se me ha quedado clavada en la retina. Mi corazón da un vuelco violento en el pecho en cuanto se sienta a la mesa. Es una reacción física, un pulso traicionero que me enfurece. Trato de concentrarme en mi plato, trato de recordar que la odio, pero mis ojos se desvían hacia ella por puro instinto. Estos malditos sentimientos no están colaborando conmigo; me están dominando, arrastrándome a un terreno donde pierdo toda mi autoridad. No sé qué es lo que siento por ella, si es rabia, orgullo herido o una atracción destructiva pero sé que no puedo controlarlo.
Dejo la taza sobre el plato con un tintineo limpio. Me aclaro la garganta, forzando mi voz a sonar con la frialdad ejecutiva de siempre, aunque por dentro soy un caos.
—Hellen..
digo, capturando de inmediato la atención de la mesa
— Tenemos una nueva campaña de lanzamiento para la línea de chocolates premium en camino. Es un proyecto crucial para el trimestre. ¿Qué te parece si tú la diriges?
El silencio que sigue a mis palabras es violento.
Mi madre se levanta de la mesa de golpe, con una furia tan contenida que la silla chirría ruidosamente contra el suelo. No dice una sola palabra, pero la mirada que me lanza destila un veneno que me hiela la sangre. Da la vuelta y sale del comedor con pasos rígidos, dejándonos con el eco de su desprecio.
Giro la cabeza y me encuentro con los ojos de mi padre. Horacio me mira con una expresión de puro terror y desconcierto. Puedo leer sus pensamientos como si los estuviera gritando:
¿Qué estás haciendo, imbécil? ¿Te volviste loco? Le estás entregando el control de la campaña más importante.
Mi padre cree que estoy cometiendo un error empresarial imperdonable, pero no entiende nada. No lo hago por generosidad, ni por seguir el juego de las apariencias. Lo hago porque necesito ver de qué es capaz. Necesito ponerla a prueba, ver si esa seguridad es real o si es solo una máscara. Necesito desesperadamente que falle para poder volver a despreciarla, para convencerme de que sigue siendo la niña tonta de la que me burlaba. Pero, muy en el fondo, sé que es una mentira. Le doy el proyecto porque quiero verla brillar, porque su fuerza me resulta la droga más adictiva que he probado en mi vida.
Hellen se me queda mirando en silencio durante unos segundos que se me hacen eternos. Sus ojos gélidos se clavan en los míos, analizándome, como si pudiera leer la guerra que tengo interna. No hay miedo en su rostro, solo una soberana calma.
Finalmente, una pequeña y elegante sonrisa dibuja sus labios.
—Sí
Responde Hellen, y su voz firme me estremece el pecho
—Me encantaría. Cuenta con eso, Gerson.
Asiento con la cabeza, tragándome el orgullo y el pulso acelerado de mi corazón. Ella acepta el reto sin pestañear, y yo me quedo ahí, atrapado en mi propio juego, sin saber si le acabo de entregar las llaves de mi empresa o las de mi propia destrucción.