Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capítulo 7: "Una Decisión Imposible"
En su habitación, Pamela estaba acostada en su cama, con el rostro aún marcado por las lágrimas. No solo estaba dolida por lo ocurrido en su cumpleaños, sino también por la decisión que había tomado su padre, algo que no podía sacar de su mente.
El ambiente era silencioso, solo interrumpido por su respiración entrecortada y el peso de la rabia contenida.
Su madre, Rosaura, entró despacio y se sentó a su lado, intentando calmarla.
—Hija… intenta tranquilizarte —dijo suavemente, acariciándole el cabello.
Pamela giró el rostro, con los ojos aún húmedos.
—Me arruinó el cumpleaños… y ahora también quiere decidir mi vida —murmuró con dolor y enojo.
Rosaura suspiró, sin saber cómo aliviarla.
—Tu padre está… muy decidido esta vez —confesó en voz baja.
Pamela cerró los ojos con fuerza, dejando caer otra lágrima.
—No es justo… —susurró.
Horas antes, Rosaura había intentado hacer entrar en razón a su esposo y oponerse a la decisión que había tomado, pero no lo logró. Rogelio se mantuvo firme, sin ceder ante sus palabras. Por primera vez, impuso su autoridad con total determinación, dejando claro que la decisión ya estaba tomada y no habría marcha atrás.
En su despacho, Rogelio miraba a Maximiliano con seriedad mientras le explicaba su decisión.
—Esto no es un capricho, Maximiliano. Es una lección que mi hija necesita aprender —dijo Rogelio con firmeza.
Maximiliano lo escuchó en silencio, analizando cada palabra, sin apartar la mirada.
—Entiendo lo que quiere hacer… —respondió finalmente—. Y, siendo sincero, yo también había pensado algo similar.
Rogelio levantó ligeramente la mirada, interesado.
—El orgullo de su hija la ha llevado demasiado lejos —continuó Maximiliano—. No se trata solo de lo que ocurrió en el baile.
Hubo un breve silencio entre ambos.
—Ya había considerado que una situación así podría ayudar a ponerle un alto —admitió Rogelio con frialdad contenida—. Solo necesitaba confirmarlo.
Maximiliano asintió lentamente.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Parece que sí —respondió Rogelio.
Maximiliano apretó la mandíbula ligeramente, manteniendo su orgullo intacto.
—Acepto —dijo al fin—. No porque lo desee… sino porque no pienso dar un paso atrás ahora.
Rogelio asintió, satisfecho con la decisión compartida.
A la mañana siguiente, Pamela salió de la mansión junto a su amiga. El ambiente era distinto al de la noche anterior, pero en su rostro aún se notaba la molestia.
Mientras caminaban, le contó a su amiga la decisión que su padre había tomado por ella.
—Mi papá decidió todo… como si pudiera manejar mi vida —dijo Pamela con molestia contenida.
Su amiga la miró sorprendida.
—¿Y tú estás de acuerdo con eso?
Pamela soltó una pequeña risa sin humor y negó con la cabeza.
—Obvio que no —respondió con firmeza—. Pero él ya aceptó, así que no puedo hacer nada en este momento.
Su mirada se volvió más fría, más calculadora.
—Pero no voy a ponérsela fácil ni a Maximiliano ni a mi papá —añadió—. Esto no se va a quedar así.
Su amiga la observó con duda.
—¿Qué piensas hacer?
Pamela sonrió apenas, con una seguridad que delataba que ya tenía algo en mente.
—Ya lo verás… ya tengo un plan.
Al llegar a casa, Pamela subió directamente a su habitación. Cerró la puerta y caminó hasta el espejo. Durante unos segundos observó su reflejo en silencio.
—No puede ser... faltan solo cinco días para la boda —murmuró con frustración—. No voy a dejar que ese viejo tenga lo mejor de mi vida ni que sea mi primer hombre.
Apretó los puños con rabia.
—Ya no puedo escapar... pero ya tengo todo planeado.
En ese momento, la puerta se abrió y Rosaura entró en la habitación.
—Pamela... —dijo con un gesto resignado—. Ya estoy preparando todo para la boda.
Pamela cerró los ojos por un instante y luego asintió con evidente molestia.
—Haz lo que quieras, mamá.
Rosaura suspiró. Quería ayudar a su hija, pero tampoco había logrado cambiar la decisión de Rogelio.
Tres días después, cuando faltaban apenas dos días para la boda, Rogelio y Rosaura salieron juntos para atender unos asuntos relacionados con los preparativos, dejando a Pamela sola en la mansión.
Sentada en su habitación, hablaba por teléfono con Horacio, su profesor de baile.
—Todavía no puedo creer que vayas a casarte —dijo él desde el otro lado de la línea, claramente afectado.
—Créeme, yo tampoco —respondió Pamela con amargura.
Horacio guardó silencio unos segundos.
—No me gusta nada esta situación.
Pamela sonrió levemente.
—Por eso necesito verte.
Menos de una hora después, Horacio llegó a la mansión.
Cuando una empleada le informó de su llegada, Pamela bajó a recibirlo personalmente.
—Gracias por venir —dijo en voz baja.
—Tenía que verte.
Pamela miró a ambos lados para asegurarse de que estaban solos.
—Ven conmigo.
Sin decir más, lo condujo hasta su habitación y cerró la puerta tras ellos.