La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 23: El contraataque de los lobos y el sacrificio del Rey
La niebla antinatural y cenicienta ya no solo devoraba los senderos del bosque; avanzaba como una marea espectral y reptante colina arriba, lamiendo los cimientos de piedra de la fortaleza del Norte. Los centinelas en las almenas sentían el frío místico calarles los huesos, entumeciendo las manos que sostenían las ballestas. Desde el patio, la desesperación amenazaba con morder las filas de la retaguardia imperial. El hechizo de los usurpadores buscaba asfixiar el corazón del Imperio, pero sobre todo, buscaba un rastro específico: el eco de la línea de sangre real del sur que les otorgaría el control absoluto de la maldición.
En mitad del puesto de mando avanzado, el Rey extranjero comprendió de inmediato la naturaleza del avance enemigo. Sus ojos oscuros se fijaron en la torre donde Lucero resguardaba los suministros médicos y los planos civiles.
—Buscan mi sangre —declaró el monarca, su voz desprovista de miedo, transmutada en una resolución gélida—. La niebla se moverá hacia donde yo me encuentre. Si permanezco cerca de los muros, la fortaleza caerá antes del mediodía y ella morirá con todos nosotros.
Sin pedir la aprobación del consejo de guerra, el Rey ajustó el broche de plata de su capa de gala y montó su corcel. Decidió usarse a sí mismo como una carnada viviente, un sacrificio estratégico para arrastrar la oscuridad mística y el peligro de los usurpadores lejos del sector donde se encontraba Lucero. Quería darle al Imperio una oportunidad de contraataque, incluso si eso significaba cabalgar directo a las fauces del enemigo.
Theo Valerius, que acababa de reagrupar a la caballería pesada tras la matanza del desfiladero, vio al monarca espolear a su caballo hacia el epicentro de la niebla. El General de Hierro soltó un juramento sordo. Sabía perfectamente lo que ese hombre significaba para su hermana menor. Con una seña brutal de su brazo acorazado, Theo ordenó a su escuadrón romper la marcha detrás del soberano. Los lobos del Norte no dejaban que nadie peleara sus guerras en solitario.
Lo que siguió en la llanura helada fue una maniobra desesperada y sangrienta, ejecutada con la precisión de dos depredadores coordinados.
Theo abrió paso a golpe de mandoble a través de las huestes embozadas que intentaban rodear al monarca. Con la fuerza destructiva de su apellido, el Comandante Supremo partía escudos, derribaba jinetes y destrozaba la vanguardia enemiga, abriéndole un pasillo de acero y sangre al Rey en mitad de la ventisca. El mandoble de Theo se convirtió en un escudo de carne y metal que mantuvo a raya a las masas de los usurpadores, despejando el terreno palmo a palmo.
Gracias a ese brutal despeje, el Rey extranjero logró irrumpir en el claro central donde el líder místico de los usurpadores, un brujo rodeado de runas oscuras, canalizaba el hechizo que nublaba el valle.
El clímax del encuentro fue un duelo directo y despiadado. El líder místico atacaba con ráfagas de energía fría que hacían crujir la armadura del soberano, pero el Rey, impulsado por el recuerdo de su pueblo masacrado y la promesa hecha a Lucero, esquivó los embates con una esgrima quirúrgica. El metal chocó contra la magia en un estallido de chispas grises. En un movimiento definitivo de pura audacia, el Rey encajó una estocada ascendente que atravesó el pecho del líder místico, hiriéndolo de muerte.
Al desplomarse el brujo sobre la nieve, el hechizo se rompió instantáneamente. La niebla antinatural comenzó a disiparse en el aire, devolviendo la visibilidad al desfiladero y rompiendo el pánico de los soldados imperiales. Sin embargo, el precio del sacrificio fue altísimo: antes de caer, el líder místico había logrado hundir una daga rúnica en el costado del monarca. El Rey extranjero se tambaleó sobre su montura, con la vista nublada y la sangre real brotando con violencia sobre sus insignias de plata, quedando gravemente herido y a merced de la retaguardia enemiga que se desmoronaba en desbandada.
Al ver la silueta del soberano flaquear entre el caos de la retirada usurpadora, Theo Valerius espoleó a su semental negro sin dudarlo un segundo.
Abriéndose paso entre los rezagados que intentaban ultimar al monarca caído, el Comandante Supremo llegó hasta el cuerpo semiinconsciente del Rey. Con un esfuerzo sobrehumano, Theo estiró su brazo acorazado y levantó al soberano del sur de la nieve, cruzándolo sobre el pomo de su propia montura antes de dar media vuelta hacia las líneas imperiales. Mientras cabalgaba de regreso bajo la luz que finalmente volvía al valle, Theo miró el rostro pálido del hombre que cargaba. Había arriesgado su vida, pero había cumplido la promesa implícita de su linaje: no dejaría morir al hombre que su hermana amaba, cueste lo que cueste.