En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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El día en que perdí lo que más amaba.
No sé cuánto tiempo paso en el suelo.
El reloj parece detenido.
O quizá soy yo la que ya no avanza.
Los pasos van y vienen.
Voces.
Murmullos.
El olor a desinfectante me revuelve el estómago.
Todo es blanco, frío, ajeno.
Cada minuto siento que algo dentro de mí se apaga, lento, sin ruido.
No reacciono hasta que escucho una voz decir, sin emoción, que la funeraria vino por el cuerpo de mi padre.
Mi cuerpo se levanta antes que mi mente.
Camino como si no fuera yo.
Me sostengo de las paredes, avanzo por los pasillos sin saber a dónde.
Algunos me miran.
Otros murmuran.
Sé que me observan como se mira una tragedia ajena.
No me importa.
Estoy vacía.
Cuando salgo del hospital, el aire frío me golpea el rostro.
Debería sentirlo, pero no siento nada.
Camino hasta donde llevaron a mi padre.
El cielo está gris.
Nublado.
Como si también supiera.
El olor a cera y flores me invade al entrar.
Y entonces lo veo.
Está ahí.
Quieto.
Demasiado tranquilo.
—Papá… —susurro—. No puedes hacerme esto…
Mis piernas ya no me sostienen.
Caigo de rodillas y apoyo la frente en su pecho.
Está frío.
Demasiado frío.
Lloro sin control, mojando el traje que alguien eligió por mí.
No recuerdo haber dado permiso.
No recuerdo haber decidido nada.
Siento una mano en el hombro.
Me dicen que debo salir, que van a preparar todo.
Asiento.
No discuto.
Ya no tengo fuerzas.
Afuera, el mundo sigue.
Los autos pasan.
La gente habla.
Y yo siento que me estoy quedando atrás.
Voy a la casa donde se supone que velarán a mi padre.
Al llegar, un guardia me detiene.
—Por favor… —le digo—. Es mi papá. Solo quiero despedirme.
Me observa un momento.
Suspira.
—Dos horas.
No digo nada más.
Entro.
La casa está vacía.
Extraña.
Como si ya no fuera nuestra.
Camino por las habitaciones en silencio.
Coloco las flores.
Limpio las fotos. I
ntento hacer algo digno, aunque sé que nada lo será.
El ataúd llega después.
Lo colocan en el centro del salón.
Me acerco.
Me arrodillo otra vez.
—Perdóname, papá… —susurro—. Perdóname si te fallé…
La puerta se abre de golpe.
Mi madrastra y Yajaira entran con bolsas en las manos.
Cuando ven el ataúd, todo cae al suelo.
Gritan.
Lloran.
Su dolor no me conmueve.
No puedo sentir el dolor de nadie más.
Luego entra René.
Mi corazón se sacude.
No esperaba verlo.
Se acerca y me abraza.
Por un segundo, solo uno, respiro.
Pero me suelta.
Y abraza a Yajaira.
No digo nada.
No puedo reclamar nada.
—¡Tú lo mataste! —me grita mi madrastra de pronto.
—No… —niego—. No fue así…
—¡Lo decepcionaste! —sigue—. ¡Le rompiste el corazón!
Sus palabras me atraviesan.
Me golpea con su mano extendida.
Siento el ardor en la mejilla, pero no reacciono.
—También era mi padre… —susurro.
El guardia interviene.
Las dos horas se acabaron.
Se llevan el ataúd.
Los sigo hasta el cementerio.
La tierra cae.
Una palada.
Otra.
Cada sonido es un golpe en el pecho.
—Lo siento… —repito—. Lo siento tanto…
Caigo al barro.
Me hundo en la tierra como si pudiera alcanzarlo.
Busco a René.
Lo encuentro.
Pero no me mira.
—¿Podemos hablar? —le pregunto.
Yajaira se interpone.
—¿Qué quieres con mi novio?
Ahí lo entiendo todo.
Estoy sola.
Sola frente a una tumba.
Sola frente a ellos.
Sola frente a mi vida.
El viento arrastra mis lágrimas.
Miro la tierra recién cerrada y prometo en silencio:
No me voy a romper más.
Aunque nadie esté conmigo…
seguiré en pie.
Por mí.