Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Se acabó
...CAPÍTULO 21...
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...ANGELA SALLES...
Los días siguientes en Harbour Island fueron el verdadero respiro que mi salud mental estaba gritando por tener.
Entre las compras en las pequeñas boutiques de la isla con Sarah, conocer los rincones más escondidos de la playa de arena rosa y disfrutar de cenas, sentí que volvía a la vida.
Pero no todo podía ser perfecto en el paraíso.
La cuestión verdaderamente bárbara en este viaje tenía nombre y apellido: Verónica.
Después del fiasco con Max, Asher había optado por alejarse un poco de nosotras para evitar más roces, sobre todo porque Verónica se estaba volviendo insoportablemente intensa.
La tipa me traía entre ceja y ceja. Ya se había metido conmigo varias veces en las áreas comunes del hotel, soltando indirectas venenosas o lanzándome miradas de desprecio.
Si no la estampé contra una maldita roca en medio de la playa fue única y exclusivamente porque Asher se había acercado a mí a solas para pedirme disculpas por milésima vez, rogándome que, por favor, no le prestara atención.
Yo, claramente, no me quedé callada y le advertí que hablara claro con ella de una vez por todas, porque mi paciencia tenía un límite muy corto.
Esa tarde, decidimos relajarnos junto a la piscina principal del resort. El sol caribeño estaba en su punto perfecto, y yo solo quería acostarme en la tumbona a broncearme un poco y absorber algo de vitamina D.
Sarah estaba recostada en la silla de al lado, usando unas gafas de sol gigantescas, contándome animadamente un chisme sobre un encuentro que había tenido la noche anterior con un hombre aquí en la isla; un tipo que, casualmente, también vivía en Londres y estaba de vacaciones en el mismo complejo.
Julian y Liam nos habían dejado solas un momento para ir a la barra del bar por unas bebidas refrescantes. Y, para nuestra mala o buena suerte, justo frente a nosotras, al otro lado de la piscina, estaban Asher y Verónica recostados en sus respectivas sillas desplegadas.
—Entonces, dime... —Sarah se bajó sutilmente las gafas, mirándome de reojo con esa chispa de intriga que nunca se le apagaba—. ¿Tú de verdad no has conocido a nadie interesante en estos días? ¿Ni un poquito de distracción, amiga?
Me acomodé el sombrero de paja para cubrirme el rostro del sol directo y solté una risa seca, sin mirarla.
—No, Sarah. Además, no ando en tu dichosa misión para convertirme en una gata rompehogares?—le respondí en un tono lo suficientemente alto para que ella me entendiera, pero bajo para que no cruzara la piscina—. Bastante drama he tenido ya esta semana.
Sarah soltó una carcajada, acomodándose en su tumbona.
—Ay, ya, no seguiré con ese plan —admitió, levantando las manos en señal de paz—. Además, no era en serio, Ángela. Jamás te lanzaría a que te metieras en una relación ajena, por muy Asher que sea.
Hizo una pausa, girando la cabeza de manera descarada hacia donde estaban ellos dos. Verónica estaba sentada al borde de su silla, hablándole a Asher de forma acelerada mientras él mantenía los ojos cerrados, con el ceño sutilmente fruncido, limitándose a asentir mecánicamente cada tanto.
La distancia emocional entre los dos se podía ver a simple vista.
Sarah regresó la mirada hacia mí y, con un sarcasmo que casi goteaba veneno, continuó:
—Aunque... de verdad, se nota a leguas que se aman con locura. Les tengo algo de envidia, ¿sabes? Es hermoso ver cómo fumigan su amor a todos los presentes en este hotel. Y, además, se nota muchísimo que su novia es una persona completamente cuerda, estable y para nada obsesiva. Toda una joya de mujer.
Giré un poco la cabeza bajo el ala de mi sombrero para observar la escena que Sarah estaba narrando con tanta ironía.
Era patético. Verónica gesticulaba exageradamente, señalando algo en su teléfono y luego apuntando hacia la zona de los camastros VIP, probablemente quejándose de alguna nimiedad del hotel o de alguna mujer que osó mirar en su dirección.
Asher, por su parte, ni siquiera se molestaba en abrir los ojos; tenía un brazo sobre la frente para cubrirse del sol y la mandíbula tan apretada que se le marcaba el músculo.
—Eres terrible, Sarah —le dije, aunque una sonrisa involuntaria se me escapó de los labios—. Cállate, que te va a escuchar.
—Que me escuche, a ver si así se compra una personalidad que no dependa de asfixiar a su novio las veinticuatro horas del día —replicó ella, acomodándose los auriculares inalámbricos sin la más mínima pizca de vergüenza.
En ese momento, Verónica pareció notar que la estábamos mirando. Se puso las gafas de sol de golpe, se cruzó de brazos y le dio un golpe seco con el pie al camastro de Asher para llamar su atención.
Vi perfectamente cómo él se destapó la cara, exhaló un suspiro de puro cansancio que se notó desde el otro lado de la piscina, y se sentó en el borde de la silla, pasándose las manos por el rostro.
La tensión entre ellos era tan evidente que incluso los huéspedes de las tumbonas contiguas disimulaban mirar hacia otra parte.
Era obvio que Asher estaba en su límite. Las disculpas que me había pedido el día anterior no eran solo por educación; eran el reflejo de un hombre que se sentía profundamente avergonzado de la situación.
—¡Volvimos con el elixir de la vida! —la voz de Julian rompió el ambiente pesado.
Él y Liam aparecieron cargando una bandeja con cuatro vasos altos de mojitos de fresa y coco que olían a gloria.
Julian, con su habitual energía, dejó los tragos en la pequeña mesa que compartíamos con Sarah y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra mi camastro.
—No saben el infierno que es la barra allá adentro, está llena de ejecutivos de Boston que acaban de salir de la conferencia —comentó Liam, pasándole su bebida a Sarah—. Todos hablando de bypass y cirugías mientras yo solo quería un trago en paz.
—Hablando de médicos... —Julian se inclinó hacia mí, bajando la voz y apuntando sutilmente con la barbilla hacia el frente—. El doctorcito de allá te está clavando la mirada, Salles. Y si las miradas de su novia fueran dagas, ahora mismo serías un colador de diseñador.
Me acomodé las gafas de sol y miré al frente. Asher se había puesto de pie para ir a buscar una toalla, pero se había detenido a mitad de camino.
Me estaba mirando fijamente, ignorando por completo que Verónica le seguía hablando a la espalda.
Verónica, al darse cuenta de hacia dónde miraba su novio, se levantó de la silla de golpe, visiblemente alterada, lista para iniciar el segundo round de la semana.
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...ASHER COLLINS...
—¡Asher! ¡Te estoy hablando a ti! —el grito de Verónica cortó el aire, rompiendo mi concentración y la poca paciencia que me quedaba.
Me quedé estático a mitad de camino entre las tumbonas y la pila de toallas. Ni siquiera me di cuenta de en qué momento me le había quedado mirando a Ángela. Verla ahí, tan feliz, riendo con Sarah y tomando un trago bajo el sol, me daba una paz que se esfumaba en el segundo en que escuchaba la voz de Verónica.
—¿Qué pasa, Verónica? —pregunté, dándome la vuelta, arrastrando las palabras con un cansancio que ya no podía ni quería ocultar.
—¡Que qué pasa! ¡Me estás viendo la cara de estúpida! —siseó entre dientes, caminando hacia mí a paso rápido, cuidando que los amigos de Ángela no la escucharan, aunque ya era tarde; todo el mundo en la piscina notaba la escena—. Te la pasas embobado mirándola. ¿Crees que soy ciega? ¡Desde que esa tipa llegó a la isla no dejas de buscarla!
—Verónica, basta —le dije en un susurro cortante, tomándola suavemente del antebrazo para obligarla a caminar lejos del área de la piscina—. No voy a armar otro espectáculo aquí. Nos vamos ahora mismo.
—¡Sí, vámonos! ¡Porque aquí no se puede estar con esa trepadora exhibiéndose! —exclamó ella, soltándose de mi agarre de un manotazo y caminando delante de mí a zancadas furiosas.
El trayecto hacia el ala de los dormitorios fue un calvario de reproches. Verónica iba un paso adelante, insultando el clima, el hotel, a Sarah, a Ángela y a mí. Yo caminaba detrás en un silencio sepulcral, mirando su espalda. En ese minuto y medio de caminata, una claridad fría y absoluta me inundó el cerebro.
Sentí que se me caía una venda de los ojos.
¿Esto era lo que me esperaba para el resto de mi vida?
¿Vivir bajo sospecha, disculpándome por cosas que no hice, asfixiado por una inseguridad que yo no causé?
En cuanto cruzamos el umbral de nuestra habitación, Verónica tiró su bolso sobre la cama y se giró hacia mí con los ojos encendidos en rabia, lista para descargar todo su veneno.
—¡Quiero que nos vayamos de este maldito hotel hoy mismo, Asher! No voy a pasar un día más compartiendo espacio con tu exnovia. O compras los boletos de regreso a Milán ahora, o...
—Verónica —la interrumpí. Mi voz sonó extrañamente tranquila.
—¡No me interrumpas! Te estoy diciendo que...
—Verónica, se acabó —sentencié, dándole la cara por completo.
Ella se detuvo en seco. Parpadeó un par de veces, desconcertada.
—¿Qué... qué estás diciendo? —preguntó, bajando un poco la guardia, con el ceño fruncido.
—Que se acabó. Ya no puedo más con esto —le dije, mirándola fijamente a los ojos—. Esto no es sano para ninguno de los dos. Vivimos en una cuerda floja de celos, reclamos y paranoias. No confías en mí, tienes que estar vigilándome veinticuatro siete y yo ya no tengo energía para seguir apagando incendios que tú misma inventas en tu cabeza.
—¡Es por ella! —gritó, y su voz se quebró, llenándose de lágrimas de frustración—. ¡Es por Ángela! Desde que apareció te volviste frío, me dejas sola, ¡la defiendes!
—No, Verónica, no es por Ángela —respondí, sacudiendo la cabeza con una tristeza genuina—Ángela solo fue el detonante que me hizo darme cuenta de lo rotos que estamos. Esto viene de hace meses. Me asfixias, Verónica. Me has alejado de mis compañeras de la facultad, de mis amigos, y lo de la otra noche en la pista de baile... lo que le hiciste a ella en su cabello fue el límite de la locura. Me dio una vergüenza tremenda.
—¡Estaba borracha, Asher! ¡Te pedí disculpas! —exclamó, y las primeras lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, dando un paso hacia mí para intentar tocarme—. Sé que me equivoqué, pero lo hice porque te amo, porque tengo miedo de perderte...
Dancé medio paso hacia atrás, evitando el contacto. Sentía que si dejaba que me abrazara, la culpa me arrastraría de nuevo a la misma rutina destructiva de siempre.
—No me amas Veronica. Amar no es volverse loca solo porque alguien se me acerca, ni controlando con quien hablo. Estas obsesionada y sabes que necesitas ayuda. He tratado de ayudarte con eso, porque te quiero, pero tú no te ayudas para nada. —le dije con firmeza—. Te agradezco todo lo que pasamos en estos meses, de verdad, y sé el apoyo que fuiste. Pero esto ya no da para más. Nos estamos destruyendo. Lo mejor es que terminemos esto aquí mismo, antes de hacernos más daño.
—¡No! ¡No me vas a hacer esto, Asher! ¡No me vas a dejar por esa estúpida! —Verónica estalló por completo, perdiendo los papeles. Comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, tirándose del cabello, con el rostro completamente desfigurado por el llanto y la histeria—. ¡Es culpa de ella! ¡Todo es culpa de Ángela! ¡Desde que esa maldita apareció te metió ideas en la cabeza!
—¡Verónica, ya basta de meter a Ángela en esto! —le exigí, levantando un poco la voz para intentar frenar su ataque de pánico—. ¡Esto es entre tú y yo!
—¡No me voy a ir! —gritó, plantándose frente a mí con la respiración entrecortada y los ojos inyectados en sangre—. ¡No me voy a ir de esta isla y te voy a dejar aquí a solas con ella! ¡Eso es lo que quieres, ¿verdad?! ¡Por eso me estás terminando ahora mismo! Quieres deshacerte de mí para quedarte libre con Ángela en este viaje, para revolcarte con tu primer amor en la playa mientras yo lloro en un avión. ¡Eres un cínico!
Verónica empezó a golpear mi pecho con los puños cerrados, descargando toda su frustración. No me moví, ni intenté esquivarla; la dejé soltar ese primer arranque de furia, sintiendo cómo el corazón me dolía por verla reducida a eso.
Esperé a que sus golpes perdieran fuerza y se transformaran en puros sollozos desvalidos para tomarla suavemente de las muñecas y obligarla a mirarme.
—Verónica, mírame. No es así —le aseguré, manteniendo mi voz lo más calmada y firme posible—. Escúchame bien: no me voy a quedar aquí. Yo me voy a ir contigo de vuelta a Milán. Los dos nos vamos a ir en el próximo vuelo que consigamos.
Ella se quedó estática, mirándome a través de sus pestañas empapadas en rímel, procesando mis palabras. El llanto se aligeró un poco, sustituido por la confusión.
—¿Te... te vas a ir conmigo? —susurró, con un hilo de voz.
—Sí, nos vamos los dos. Empacamos ahora mismo si quieres —asentí, soltando sus muñecas despacio—. ¿De verdad crees que para mí es fácil terminar contigo, Verónica? ¿Crees que me despierto una mañana y decido tirar a la basura todo lo que hemos vivido estos años? Pasamos noches enteras despiertos estudiando en la facultad, compartimos guardias miserables, estuviste ahí cuando sentí que la carrera me quedaba grande... Sé perfectamente todo lo que nos ha costado llegar hasta aquí.
Sentí que un nudo amargo se me formaba en la garganta y tuve que tragar saliva para que la voz no se me quebrara.
La miré con una honestidad descarnada, dejando que viera que yo también me estaba rompiendo por dentro.
—Aunque tú no lo creas, Verónica... yo te quiero. Te quiero muchísimo. Y créeme que tomar esta decisión me duele en el alma, me está destrozando por dentro —admití, sintiendo cómo los ojos se me humedecían—. Pero querernos ya no es suficiente. Nos estamos haciendo daño, nos estamos volviendo locos. El hecho de que pienses que planeo engañarte a la primera oportunidad demuestra que ya no queda nada de confianza entre nosotros. Y una relación sin confianza es una tortura para los dos.