Laura lo tenía todo: un esposo millonario, una carrera exitosa, y el amor de sus hijos. Pero el pasado no perdona. Y el suyo está a punto de volver para cobrarse el precio.
Un viaje soñado a Colombia se convierte en la peor de las pesadillas. Los Zetas los secuestran. Andrés, su hijo de cuatro años, es arrancado de sus brazos. Y Valeria, la ex esposa de Alfred, ha vuelto de la cárcel con una sola misión: hacerle pagar cada minuto que pasó encerrada.
En medio de la selva, sin armas, sin aliados y sin esperanza, Laura deberá tomar el mando. No es una heroína. Nunca quiso serlo. Pero cuando se trata de proteger a los suyos, no hay línea que no esté dispuesta a cruzar.
"El precio de tu amor 2: El regreso" — una novela de acción, romance y supervivencia. La espera terminó. La venganza comenzó.
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Capítulo 20: La Sombra.
CAPÍTULO 20: "La sombra"
Pasarían semanas antes de que Laura volviera a sentirse segura. No era la casa. La casa estaba protegida por cámaras, alarmas y guardias. Era la sensación de que algo malo estaba por pasar. Una sombra que se movía al borde de su visión.
—Necesitas un psicólogo —dijo Margaret una tarde, mientras tomaban té en la cocina.
—No tengo tiempo.
—El tiempo se encuentra. La salud mental no se negocia.
—No estoy loca.
—Nadie dijo que lo estuvieras. Pero pasaste por algo traumático, y en esas circunstancias hablar de lo que te pasa ayuda.
Laura la miró.
— ¿Tú hablaste con un sicólogo, cuando tu esposo murió?
Margaret bajó la mirada.
—No. Y me arrepiento de no haberlo hecho.
— ¿Y eso por qué?
—Porque le transferí mi dolor a Alfred. Y él, sin saberlo, te lo transmitió a ti.
Laura sintió un nudo en la garganta, porque se dio cuenta de que su suegra tenía razón.
—Sí, pero no puedes culparte por eso.
—Tampoco es tu culpa, por eso hay que romper el ciclo.
— ¿Y cómo se logra eso?
—Yendo al psicólogo.
Laura suspiró.
—Está bien. Voy a buscar uno.
—Ya te busqué uno. Es un amigo de la familia y puedes confiar en él.
— ¿Oye tú no descansas? —Dijo Laura esbozando una sonrisa.
—Descansaré cuando todos ustedes estén bien.
Laura volvió a sonreír. Margaret era más fuerte de lo que aparentaba. En una oficina al otro lado de la ciudad, un hombre revisaba los archivos de Laura McCormick. No era un periodista, tampoco era un detective. Era un sicario contratado por Valeria. Un mensajero de la muerte.
—La casa está blindada —dijo por teléfono—. No se puede entrar.
—No necesito que entres —respondió Valeria
—. Necesito que la observes.
— ¿Para qué?
—Para saber en qué momento se confía y baja la guardia.
— ¿Y si es una de esas obstinadas, que nunca dejan de mirar para atrás?
—Ese tipo de persona no existe. Todos bajamos la guardia alguna vez. ¡Vigílala y cuando tengas lo que necesito me llamas!
El sicario cortó la comunicación. Valeria guardó el teléfono.
— ¿Viste? —Dijo Maritza, sentada frente a ella
—. No es tan fácil como pensabas.
—Nada es fácil en la vida. Pero esta es una de las ocasiones, en que vale la pena intentarlo.
— ¿Y qué ganas con todo esto? —Preguntó Maritza, con el rostro marcado por la incertidumbre—Tú y yo sabemos lo que nos pasó, por intentar vengarnos de esa malnacida de Laura.
—Nosotras fuimos presas por su culpa. Pero eso hace más dulce mi venganza.
— ¿Venganza de qué…Valeria? Alfred te dejó hace años, y tu hija Sofía no quiere saber de tí.
—Alfred no me dejó. Yo me fui con otro, y lo abandoné.
—Y tú fuiste a la cárcel por intentar lo mismo, que ahora pretendes conseguir.
—En eso te equivocas. Yo fui a la cárcel porque no pude quemarla viva, cuando la oportunidad.
Maritza la miró largamente.
—El odio te está consumiendo, y eso es malo. Esas fue una de las cosas buenas, que aprendí en la cárcel.
—El odio me mantiene viva.
—No. El odio te mantiene en el pasado.
Valeria se levantó.
—Si no vas a ayudarme, vete.
—No voy a irme, porque quiero ver cómo termina esto.
—Va a terminar con Laura muerta.
— ¿Y Alfred?
—Alfred puede vivir con el remordimiento de saber que acabé con su mujer, y no pudo tocarme un pelo.
— ¿Qué piensas hacer con los niños?
Valeria guardó silencio.
— ¿Los niños? —insistió Maritza.
—Los niños no tienen la culpa, de los que hicieron los mayores.
—En eso estamos de acuerdo ¿Pero qué vas a hacer con ellos?
—Nada. Solo quiero ver a Laura muerta, porque mi hija me aborrece por su culpa.
Maritza asintió.
—Está bien. Entonces empecemos.
Esa noche, Laura no pudo dormir. Se levantó y fue a la habitación de Andrés. El niño dormía plácidamente, abrazado a su peluche. Luego fue a la habitación de Sofía, y también dormía. Bajó a la cocina. Alfred estaba allí, con una taza de café.
— ¿No puedes dormir? —preguntó.
—No.
— ¿Tienes pesadillas?
—No, tengo la extraña sensación que no me deja tranquila.
— ¿Una sensación de qué?
—De que no terminó cuando escapamos del campamento de los Zetas. La sensación de que alguien nos observa, y algo malo nos va a pasar.
Alfred la abrazó.
—Es normal que te sientas así, después de todo lo que pasamos. Pero verás que todo va a terminar. A nosotros no nos va a pasar nada.
—Ojalá y tengas razón… Alfred. Pero no se te puede olvidar que la maléfica de Valeria, y la mafia rusa no olvidan.
—Eso está claro. Pero nosotros vamos a terminar este asunto por nuestra cuenta. No le vamos a dar tiempo a que intenten algo contra nuestra familia.
La sombra de Valeria se extendía sobre ellos, como una nube negra. Como una sombra tétrica que no veían, pero Laura tenía la capacidad de sentir su presencia.
Ambos sabían que su espectro maléfico estaba ahí. Y estaban convencidos que, tarde o temprano los iba a atacar.