Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 21
Capítulo 21
Giulia no imaginó que volvería a cruzarse con Julián en una escena así.
Sus ojos se encontraron.
Ella se quedó quieta, como si el cuerpo hubiera tardado un segundo más que la cabeza en reaccionar.
Después de la pelea de días atrás, y después de saber que Benja no era hijo de Malena, todavía no sabía con qué cara mirarlo.
—Giu...
La voz de Soledad la trajo de vuelta.
Giulia parpadeó.
Julián apartó la mirada de su rostro. Frío. Impecable.
El gerente Lagos sintió que se le helaba la nuca.
Por dentro maldijo a Wanda, a la subencargada y a media tienda.
Julián justo había pasado por el shopping para ver cómo venía la operación de ese complejo nuevo del holding. Y ellas habían armado un escándalo delante de todos, destruyendo en diez minutos la imagen que el lugar intentaba vender.
Lagos estaba por hablar cuando Julián le alcanzó dos gift cards del shopping, sin límite visible.
El gerente entendió al instante.
Tomó las tarjetas con las dos manos y fue hasta Giulia y Soledad.
—Señoras, esto fue una falla nuestra. Les pido disculpas en nombre del shopping. Acepten esto, por favor.
Soledad miró a Giulia.
Giulia no tomó nada.
Era demasiado.
No lo quería.
Soledad entendió y caminó a su lado.
—Con que ellas nos pidan disculpas alcanza —dijo Giulia.
Lagos bajó las tarjetas, incómodo. Miró a Julián. Al ver que no se enojaba, le hizo una seña seca a la encargada de la boutique.
La subencargada, pálida, se acercó enseguida.
—Perdón. Me equivoqué.
La encargada la miró de costado.
Cuando terminara eso, la echaba.
La vendedora, la subencargada, todos los que habían metido la pata fueron disculpándose uno por uno.
Y entonces Wanda quedó demasiado visible.
Había intentado hacerse chica en un rincón, pero ya no tenía dónde esconderse.
Entendió que Julián estaba protegiendo a Giulia.
La rabia y el miedo le subieron juntos.
El hijo de Julián, vaya y pase. Pero Giulia, ¿qué era?
Wanda no quería disculparse.
Se acomodó el pelo, buscó una expresión triste.
—Julián, soy amiga de Malena. Lo de la otra vez ya la puso mal. Ella dijo que no tendrías que haberme tratado así.
Julián miró a Giulia apenas.
Ella no reaccionó.
Ni celos. Ni enojo. Nada.
Ese vacío le cerró la mandíbula.
—Sáquenla —ordenó—. Y desde hoy, ningún local ni evento del holding Alcázar la vuelve a recibir.
A Wanda se le borró el color.
Quiso pedir perdón, ahora sí, pero ya era tarde.
Dos guardias la tomaron de los brazos y la llevaron hasta la salida del shopping.
La dejaron en la vereda.
La gente empezó a juntarse.
—¿Esa no es Wanda Salvatierra?
—¿La actriz?
—¿Por qué la sacaron así?
Algunos sacaron el celular.
Wanda se tapó la cara con las manos.
—¡Rajen! ¡Déjenme en paz!
Se levantó como pudo, empujó a un par de curiosos y se metió en un taxi.
Un rato después, Lagos y varios empleados acompañaron a Julián hasta la salida con una deferencia casi rígida.
Julián se fue.
Giulia y Soledad salieron casi diez minutos más tarde.
Soledad todavía tenía la escena clavada en la cabeza.
—¿Julián te estaba haciendo el aguante?
No creía que el CEO del holding Alcázar se hubiera quedado por una pelea menor entre clientas.
Giulia bajó los ojos.
—Wanda ya había insultado a Benja y le había puesto una mano encima. Julián no la soporta por eso.
Ni Soledad se lo creyó.
Giulia tampoco del todo.
Si quería, Julián podía haber seguido de largo.
A veces ella preferiría que fuera cruel de una vez. Que la ignorara de principio a fin.
No esto.
No una mano que la sostenía mientras la otra seguía atada a Malena.
Caminaba distraída cuando Soledad le tiró del brazo.
—¿Qué pasó ahí adelante? Vamos a ver.
Había gente amontonada bajo una estructura publicitaria.
Unos hombres pasaron hablando rápido.
—Yo venía atrás. Si daba un paso más, ese cartel me partía la cabeza.
—El que ligó fue un tipo joven. Lo dejó lleno de sangre. Están esperando la ambulancia.
—Encima venía vestido carísimo. Traje a medida, gemelos con diamantes... ojalá no le haya destrozado la cara.
Giulia se quedó blanca.
Los pies se le movieron antes de que pudiera pensar.
Avanzó entre la gente.
Dos operarios salían con el cartel caído. La chapa estaba manchada de sangre.
El frío le subió por las piernas.
En un parpadeo, tenía la cara llena de lágrimas.
—Giu, ¿qué te pasa?
Giulia no contestó.
Soltó a Soledad y empezó a abrirse paso como pudo.
—Permiso. Déjenme pasar.
Soledad entendió de golpe.
¿Y si el herido era Julián?
—¡Déjenos pasar! ¡Lo conocemos!
La gente se corrió.
Giulia entró al círculo con el corazón en la garganta.