Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
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Capítulo 21 "El origen de la historia, donde todo comenzó"
La noche había caído por completo sobre la ciudad cuando el auto de Leonardo cruzó el portón de la mansión familiar. Al ingresar al vestíbulo, un sirviente se acercó de inmediato para recibir su saco junto al maletín de cuero, el hombre se aflojó el nudo de la corbata y antes de que el empleado se retirara, le preguntó barriendo el lugar con la mirada.
—¿Dónde está la señora?
—Su esposa no ha regresado en todo el día, señor.
Sin decir una sola palabra más, Leonardo subió las escaleras hundiéndose en sus propios pensamientos; sabía que solo faltaban unos cuantos días para la gran exposición; era lógico que su esposa se encontraba dando los últimos retoques de los lienzos y la organización del lugar; se adentró en su estudio privado, caminó hacia la licorera, se sirvió un vaso de vodka y se acercó al enorme ventanal de cristal que daba al jardín delantero, tomó un sorbo y se sumergió en un pensamiento que le oprimía el pecho.
«¿Y ahora qué se supone que haré con Valentina?», se cuestionó en silencio, sintiendo el peso de la confesión de Valeria en el hospital. «Supongo que ya llegó la hora de hablarle con la verdad, Valeria me dará el hijo que tanto necesito y Valentina es una mujer razonable, ella lo entenderá ¿verdad?».
Inevitablemente, al bajar la mirada hacia el vaso de cristal, la luz de las lámparas hizo brillar la sortija de matrimonio de oro blanco que descansaba en el dedo anular de su mano izquierda, el destello metálico actuó como un detonante instantáneo, arrastrando su mente en el pasado, directo al origen de la historia de amor que ahora pretendía desechar.
Siete años atrás...
Leonardo había asistido a una prestigiosa galería de arte benéfica patrocinada por varias de las corporaciones más importantes del país, entre las cuales figuraba la dinastía De la Vega. En aquel entonces, su padre Eduardo se encontraba en un prolongado viaje de negocios en el extranjero, por lo que, bajo las estrictas órdenes de su abuelo, tuvo que acudir en su representación, asistió sin ganas y sin hacer el menor esfuerzo por integrarse; para él, aquello era simplemente cumplir con un aburrido deber familiar.
Sin embargo, jamás imaginó que en los pasillos de esa dichosa galería la vida le presentaría a la mujer que se convertiría en su esposa, Valentina Montenegro, una joven de diecinueve años, con su cabello castaño cayendo sobre su cintura y unos ojos preciosos que resaltaba en su rostro, además de su atractivo natural, estaba allí presente, participando en el evento como una talentosa aprendiz de pintura. Leonardo la vio de lejos, entre la multitud y las esculturas, el impacto fue inmediato, fue un flechazo absoluto, uno de esos raros amores a primera vista que te paralizan el cuerpo, a él le sucedió con ella en un solo segundo.
En los días siguientes movió influencias hasta que consiguió su número personal, a partir de ese momento, Leonardo comenzó a acercarse a ella utilizando el único puente que compartían: el arte.
Con el paso de las semanas, cautivado no solo por su indudable belleza física sino por su personalidad única, su madurez y su forma de ver el mundo, decidió confesarle sus sentimientos, Valentina fiel a su naturaleza reservada, lo rechazó en un principio; pero él nunca se dio por vencido, como bien dicen por ahí quien persevera alcanza, y Leonardo estaba dispuesto a todo por ella.
La conquistó palmo a palmo, enviándole pequeños y grandes detalles a su taller, a su casa, en la universidad, demostrándole una devoción inquebrantable y haciendo espacios imposibles en su saturada agenda solo para verla sonreír un par de minutos.
Finalmente, el día en que Valentina cumplió sus veinte años, Leonardo la llevó a un lugar especial y le propuso formalmente ser su novia, ella, segura del hombre que tenía enfrente y conmovida por su persistencia, aceptó.
Fueron dos años de un noviazgo sumamente feliz y pleno, compartieron viajes inolvidables con amigos, risas sinceras y un crecimiento mutuo que culminó la noche en que, de rodillas, él le propuso matrimonio. Leonardo sentía que el destino lo estaba recompensando por la dolorosa pérdida de su madre en la adolescencia, sin embargo; la felicidad es un cristal frágil.
Semanas después del compromiso, su padre falleció de forma repentina en el accidente automovilístico, dejándolo completamente huérfano de padre y madre a los veintidós años, devastado pero impulsado por el recuerdo de su mentor, Leonardo decidió seguir adelante con los planes de la boda; sentía que su padre así lo hubiera querido.
Un año más tarde, contrajeron matrimonio bajo una lluvia de aplausos de la alta sociedad, pensando con ilusión que con el paso del tiempo formarían una familia numerosa, pero el destino parecía reírse de sus planes en su propia cara: su esposa resultó ser estéril, incapaz de concebir un heredero para el apellido, sumiendo su hogar en una frustración silenciosa que duro un año hasta que Valeria reapareció en su vida de forma inesperada.
Fin del flashback
El hielo chocando contra el cristal del vaso devolvió a Leonardo a la realidad de su estudio, dio el último trago de vodka y apretó la mandíbula.
—Se lo diré después de la inauguración de la galería —se prometió a sí mismo, contemplando la oscuridad a través del ventanal—No quiero causar un escándalo ahora que está su familia.
En ese instante, las luces de los faros de un automóvil iluminaron el portón principal de la mansión, era el auto de su esposa que finalmente regresaba a casa.
Leonardo dejó el vaso vacío sobre el escritorio y bajó las escaleras hacia el recibidor, decidido a cumplir con su papel de esposo preocupado. Cuando Valentina cruzó la puerta, él avanzó hacia ella con paso rápido, sus ojos bajaron de inmediato hacia su mano izquierda, donde el vendaje blanco alrededor de la muñeca destacaba bajo las luces del vestíbulo.
—Mi amor, ¿cómo estás? ¿Cómo te sientes? —preguntó, intentando acercarse para tomarle la mano— Me enteré de lo que pasó en la galería, si necesitas que me quede a cuidarte estos días para recompensar mi falta de la mañana, lo haré —dijo con tratando de justificarse—Estaba en una junta imprevista fuera de la empresa y por eso no pude contestar las llamadas de mi tío ni de la oficina.
Valentina sostuvo su mirada y por un instante, sus ojos reflejaron un tinte de desprecio; pues ella sabía perfectamente que la "junta imprevista" de su esposo había sido en el área de ginecología, sin embargo; controlando cada una de sus facciones, dibujó una leve sonrisa y dio un paso atrás de forma sutil, declinando el contacto físico.
—No hay ningún problema Leo, de verdad, te entiendo —respondió tranquilidad—No es necesario que me cuides ni que detengas tus labores en la empresa, solo fue un corte superficial con el vidrio de un marco que se rompió durante el montaje—finalizo con su voz serena— El médico dice que sanará por completo en quince días si tengo cuidado, no ocupa mayor importancia.
Leonardo exhaló un suspiro de alivio, asimilando su supuesta sumisión y generosidad con total ingenuidad.
—Me alegra mucho escuchar eso, —concluyó él, colocándole una mano en la espalda para guiarla hacia el comedor— Ven, te estaba esperando para cenar juntos y ponernos al día.
Valentina caminó a su lado en silencio, sintiendo los puntos de sutura en su piel, pero manteniendo una calma aterradora. Mientras Leonardo se sentaba a la mesa presumiendo una tranquilidad que no tenía, Valentina lo observó de reojo con frialdad; su esposo creía que estaba manejando el juego de la farsa de forma impecable, postergando la verdad para "protegerla", sin sospechar jamás que el lienzo de su matrimonio ya estaba completamente destruido por el fuego y que ella, junto con Alexander, ya había firmado el final de su reinado.