romántica
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Estoy aqui
Andrés miró el reloj mientras permanecía en su trabajo.
Desde que había recibido el mensaje de Fernanda, no podía concentrarse.
Había intentado continuar con sus obligaciones, pero era imposible.
Las palabras de Fernanda se repetían una y otra vez en su cabeza.
“Necesito hablar con alguien.”
Andrés sentía que algo no estaba bien.
Finalmente se levantó de su escritorio.
—Necesito salir un momento —dijo a uno de sus compañeros—. Tengo una emergencia.
Tomó las llaves de su camioneta blanca y salió rápidamente.
La distancia no era demasiado grande. En circunstancias normales, probablemente habría tardado unos veinte minutos.
Pero aquella vez Andrés sentía que el camino era interminable.
Conducía mirando constantemente hacia adelante.
Su corazón latía demasiado rápido.
No entendía por qué estaba tan desesperado por llegar.
Solo sabía que necesitaba verla.
Necesitaba saber que estaba bien.
Necesitaba comprobar con sus propios ojos que Fernanda estaba a salvo.
Finalmente llegó al lugar donde habían quedado.
Andrés estacionó la camioneta y bajó rápidamente.
Entonces la vio.
Fernanda estaba allí.
De pie, esperando.
Cuando sus miradas se encontraron, Andrés sintió algo dentro de él.
No pensó.
No calculó las consecuencias.
Simplemente caminó hacia ella.
Y, por instinto, la abrazó.
La abrazó con fuerza, como si quisiera transmitirle en aquel abrazo toda la tranquilidad que ella necesitaba.
—Estoy aquí —le dijo suavemente—. Y voy a estar aquí.
Fernanda no pudo contenerse.
Comenzó a llorar.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras permanecía entre los brazos de Andrés.
Durante unos segundos no dijo nada.
Solamente lloró.
Andrés sintió una profunda tristeza al verla así.
Con una mano le acarició suavemente el cabello.
—Tranquila —le dijo—. Ya pasó. Estás aquí conmigo. Respira.
Fernanda intentó hacerlo, pero seguía llorando.
Andrés se separó un poco y la miró.
Con la mano comenzó a secarle las lágrimas.
—No llores.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
—Sí puedes. Poco a poco.
Andrés miró alrededor.
Había algunas personas pasando por la zona.
No quería que nadie comenzara a hablar.
—Ven —dijo—. Súbete al carro. Conversamos mejor ahí y así evitamos que alguien nos vea.
Fernanda asintió.
Andrés caminó hacia la camioneta, abrió la puerta del lado del pasajero y la ayudó a subir.
Después cerró la puerta cuidadosamente.
Subió al lado del conductor y encendió el vehículo, pero no arrancó.
Se quedó allí.
Los dos estaban en silencio.
Andrés volvió a mirar a Fernanda.
Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Tranquila —repitió—. Todo va a estar bien.
Con cuidado, volvió a limpiarle una lágrima que recorría su mejilla.
—Pero dime qué pasó.
Fernanda bajó la mirada.
—Ya te lo conté por mensaje.
—Quiero escucharlo de ti.
Ella respiró profundamente.
Y comenzó a contarle nuevamente todo.
Le habló de la discusión.
Del dinero que Pedro le había prestado a su hermana.
De cómo había intentado hablar con él.
De cómo la discusión había aumentado.
Y de cómo Pedro había perdido completamente el control.
Andrés escuchaba en silencio.
Cada palabra hacía que su enojo aumentara.
Cuando Fernanda terminó de contarle que Pedro había intentado ahorcarla, Andrés apretó las manos sobre el volante.
—¿Cómo pudo hacerte eso?
Fernanda comenzó a llorar nuevamente.
Andrés respiró profundamente.
—Tengo ganas de ir a buscarlo —dijo con rabia—. Te juro que tengo ganas de pegarle. ¿Cómo pudo lastimarte de esa manera?
Fernanda lo miró.
—No quiero que hagas nada.
—Pero Fernanda...
—No quiero más problemas.
Andrés se quedó callado.
Comprendió que ella tenía miedo.
—Está bien —dijo finalmente—. No voy a hacer nada que pueda empeorar las cosas.
Fernanda respiró profundamente.
Después dijo algo que hizo que Andrés cambiara completamente su expresión.
—Yo solamente necesitaba que alguien me escuchara.
Andrés la miró.
—Eso es lo que necesitabas.
Ella asintió.
—Sí.
Las lágrimas volvieron a caer.
—Siento que no puedo sola con todo esto.
Andrés permaneció en silencio unos segundos.
Después le tomó suavemente la mano.
—No tienes que resolver todo hoy.
Fernanda lo miró.
—Pero no sé qué hacer.
—Primero tienes que estar tranquila. Después podrás pensar qué quieres hacer.
Ella apoyó la cabeza contra el asiento.
—Tengo miedo.
Andrés apretó suavemente su mano.
—Lo sé.
—Nunca pensé que Pedro pudiera llegar a hacerme algo así.
—Fernanda, lo que ocurrió no fue tu culpa.
Ella cerró los ojos.
Aquellas palabras parecían ser exactamente lo que necesitaba escuchar.
Durante mucho tiempo había pensado que quizá ella provocaba las discusiones.
Que quizá debía callarse más.
Que quizá tenía que hacer las cosas de otra manera.
Pero Andrés se lo dijo con claridad:
—No fue tu culpa.
Fernanda lloró en silencio.
Andrés no la presionó.
Simplemente permaneció a su lado.
No intentó solucionar su vida.
No le exigió que tomara una decisión.
Solo la acompañó.
Después de unos minutos, Fernanda levantó la mirada.
—Gracias por venir.
Andrés sonrió.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
—No.
Hizo una pausa.
—Si alguna vez necesitas que alguien te escuche, puedes hablar conmigo.
Fernanda lo miró fijamente.
Sabía que aquellas palabras podían significar muchas cosas.
Pero en ese momento no quería pensar en eso.
Solo quería sentirse segura.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que alguien estaba escuchando su dolor sin juzgarla.
Y Andrés, sentado junto a ella, comenzaba a comprender que lo que sentía por Fernanda era mucho más profundo de lo que había querido admitir.
Pero también sabía que tenía que tener cuidado.
Ella estaba vulnerable.
Él era el jefe de Pedro.
Y cualquier decisión equivocada podía hacerle todavía más daño.
Por eso, aunque su corazón le pedía acercarse más, Andrés decidió que aquella tarde lo único importante era escucharla.
Fernanda necesitaba apoyo.
Y él estaba dispuesto a dárselo.
Sin saber que aquel abrazo que había nacido de la preocupación sería uno de los momentos que ninguno de los dos olvidaría.