Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 20 La noche en que no se lo llevaron
La ciudad no durmió esa noche.
No porque hubiera fiesta, sino porque había movimiento. Carretas que no debían circular tan tarde se alinearon en la calle baja; faroles apagados en un patrón demasiado ordenado; una escolta “de cortesía” que entró por la puerta este con permisos sellados por la capital. No hubo anuncio. La capital no anunciaba cuando pretendía llevarse algo sin levantar polvo.
Caelan sintió el cambio antes de que llegara el primer golpe en la puerta. No fue intuición romántica; fue el recuerdo del filo en la noche anterior, de los pernos sueltos en la caravana, de la carta con cera azul. Se puso el abrigo sin ruido y tomó la espada.
—Vienen por mí —dijo, al entrar Blaise en el corredor.
—Vienen por una “solución” —respondió Blaise—. No les demos la que esperan.
Los pasos se acercaron. Tres golpes, firmes, educados. Un capitán de guardia abrió apenas. Del otro lado, un hombre con insignias discretas del Imperio habló con la voz de quien cree tener permiso para existir en cualquier parte.
—Traslado preventivo. Por seguridad. Tenemos orden sellada.
Blaise se plantó en el umbral.
—No hay traslado en este ducado sin decreto conjunto.
—La capital considera la situación excepcional.
—La capital no gobierna mis pasillos —respondió Blaise.
Detrás de la escolta, las carretas esperaban con motores apagados. No eran jaulas. Eran salones con ruedas. La extracción más cómoda es la que se presenta como favor.
En los tejados, una sombra se movió. Caelan la vio. No gritó. Dio dos pasos atrás y desenvainó.
La primera daga cayó desde arriba. Caelan la desvió con un golpe seco del plano de la espada. El metal cantó bajo la luz de los faroles. El atacante cayó al patio con un crujido. No se levantó.
—¡Emboscada! —gritó un guardia.
La escolta imperial intentó cerrar filas. No para pelear. Para crear un pasillo. El plan era simple: ruido en el frente, extracción por el flanco.
Caelan no esperó a que el pasillo se formara. Avanzó por el costado, rompió la línea con un golpe corto al antebrazo del primer hombre, desarmándolo. Giró el cuerpo y cortó la garganta del segundo antes de que levantara el arma. No hubo grito. Hubo el sonido húmedo de una respiración que se apaga.
Blaise gritó órdenes para que cerraran accesos. Los capitanes de barrio, alertados por las farolas encendidas, empezaron a llegar desde las esquinas. No eran soldados; eran gente con turnos de vigilancia, con sogas para cerrar callejones, con manos dispuestas a no dejar pasar carretas.
—¡Nuestros líderes no son herramientas! —se oyó desde la boca de la calle.
La escolta imperial dudó. No estaban preparados para una ciudad que no se aparta. Caelan aprovechó la vacilación. Se movió con la economía brutal de quien no juega a asustar. Un atacante intentó rodearlo por detrás. Caelan cambió el eje del cuerpo, clavó el filo en la clavícula y empujó hacia abajo. El hombre cayó, inmóvil.
Blaise se interpuso entre la puerta y la escolta restante.
—Se acabó —dijo—. Retírense.
—Es por su seguridad —repitió el hombre de la insignia, con la voz quebrándose por primera vez.
—Mi seguridad no se negocia con mi desaparición —respondió Caelan, con la espada aún baja, lista.
La multitud llenó la calle. No gritaban. Bloqueaban. Los carros no pudieron avanzar. La extracción fracasó porque no había hueco por donde pasar.
Los imperiales se retiraron con la misma cortesía con la que habían llegado. Sin disculpas. Sin admitir nada. La ciudad quedó en silencio cuando se fueron, como si el aire necesitara tiempo para volver a entrar.
En los aposentos, Caelan limpió el filo. No temblaba.
—No me llevarán mientras tenga piernas —dijo.
Blaise lo miró con una intensidad nueva, peligrosa. No era gratitud. Era admiración cruda por una voluntad que no se inclina, por un omega que rompe el molde de su mundo.
—No te voy a pedir que bajes la espada —dijo—. Te voy a pedir que no bajes la guardia.
—Eso sí te lo concedo —respondió Caelan.
Afuera, el norte había hecho algo más que resistir.
Había cerrado el paso.