Me Casé Con El Duque Que Juré Odiar
El carruaje avanzaba con un balanceo irregular por el camino de piedra. No era un trayecto violento, pero cada sacudida le recordaba a Caelan Moreau que estaba yendo hacia un lugar del que no podía escapar.
Se había prometido no mirar por la ventana.
Mirar significaba despedirse.
Apretó los dedos sobre la tela de su chaleco, sin darse cuenta de que la estaba arrugando. El aire dentro del carruaje olía a cuero viejo y a frío contenido, como si incluso el silencio tuviera peso.
—Respira —dijo Elion, su hermano mayor, sentado frente a él.
Caelan soltó el aire con lentitud.
—Lo hago. No necesito que me lo recuerdes.
No era una respuesta amable, pero Elion no se ofendió. Lo miró con esa mezcla de paciencia y preocupación que había aprendido a usar desde que Caelan era niño. Sabía cuándo callar. Sabía cuándo no insistir.
El carruaje se detuvo.
El golpe seco contra el freno sonó definitivo. Afuera, pasos. Voces apagadas. El roce del metal contra la piedra.
Caelan cerró los ojos un instante antes de moverse. No era cobardía. Era un intento torpe de reunir el valor que no sentía tener.
Cuando descendió, el aire del norte le mordió la piel. No era un frío cruel, pero sí distinto, más honesto. Un frío que no fingía ser amable.
Las rejas del ducado Ravenshire se alzaban frente a él. Altas. Negras. Demasiado firmes para un lugar que, en teoría, iba a ser su nuevo hogar.
“Bienvenido a tu jaula”, pensó, con un humor que no le hacía gracia.
La mansión, al fondo, no era ostentosa. Su elegancia era sobria, contenida, como si cada piedra hubiera sido colocada con la idea de resistir inviernos, guerras y personas.
—Bienvenido al ducado Ravenshire, lord Moreau —dijo el mayordomo, inclinándose con precisión medida.
Caelan sostuvo su mirada.
—Gracias. Espero no ser una molestia.
La frase sonó educada. No lo era.
El interior del ducado lo recibió con un silencio amplio. Techos altos, pasillos largos, retratos de hombres de mirada severa que parecían seguirlo con los ojos. Alfas. Generaciones de alfas. Caelan caminó sin bajar la cabeza, aunque cada paso le pesaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Fue entonces cuando lo vio.
Blaise Ravenshire.
No estaba sentado en un trono ni rodeado de símbolos exagerados de poder. Estaba de pie, con la postura de alguien acostumbrado a no necesitar demostrar autoridad para ejercerla. Alto, de hombros rectos, con el cabello oscuro recogido con sobriedad. Sus ojos grises se posaron en Caelan con una atención tranquila, sin burla ni condescendencia.
Eso lo incomodó más que el desprecio abierto.
—Lord Moreau —dijo el duque—. Bienvenido.
Caelan inclinó apenas la cabeza.
—Duque Ravenshire.
No hubo sonrisas. No hubo palabras innecesarias. Solo dos personas midiendo el peso de lo que acababa de empezar.
Elion se adelantó para cumplir con las formalidades. Palabras sobre acuerdos, fechas, compromisos. Caelan escuchaba a medias. El aroma del duque le llegó entonces, discreto pero firme: madera, metal frío, algo profundo que no supo nombrar. Su cuerpo reaccionó antes que su orgullo, y eso lo irritó consigo mismo.
—El viaje desde el sur es largo —comentó el duque—. Espero que no haya sido demasiado incómodo.
Caelan alzó la mirada.
—Lo suficiente como para pensar en todas las formas en que pude haberme dado la vuelta.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue expectante.
Blaise lo observó un segundo más de lo necesario.
—No la juzgo por pensarlo.
Eso lo desarmó. No del todo, pero lo suficiente como para que la respuesta que tenía preparada se deshiciera en su garganta.
—No vine aquí por elección —dijo Caelan al final—. Supongo que eso ya lo sabe.
—Lo sé —respondió el duque—. Y no pretendo fingir que este acuerdo es… sencillo para ninguno de los dos.
No era una disculpa. No era una promesa. Era una verdad incómoda, dicha sin adornos.
Un sirviente anunció que la habitación de Caelan estaba preparada. El duque se ofreció a acompañarlo por los pasillos del ducado. Caelan estuvo a punto de negarse por puro orgullo, pero se detuvo. No quería parecer un invitado a la defensiva desde el primer día.
Caminaron en silencio. El sonido de sus pasos se mezcló con el eco del lugar.
—No necesito que me trate con cuidado solo porque soy omega —dijo Caelan de pronto—. No vine aquí para ser protegido como un objeto frágil.
Blaise no se detuvo, pero su mirada se volvió un poco más dura.
—No trato a las personas con cuidado por lo que son. Lo hago por lo que merecen.
No supo qué responder a eso.
Cuando llegaron a la puerta de su habitación, Caelan apoyó la mano en la madera clara.
—No espero ser feliz aquí —admitió—. Solo… quiero que sea soportable.
—Haré lo que esté en mi mano para que lo sea —respondió el duque.
Caelan lo miró. No vio lástima. No vio superioridad. Vio algo más peligroso: una honestidad torpe, quizá sincera.
Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra ella. El silencio de la habitación era amplio, casi respetuoso. Caminó hasta el ventanal y observó los jardines inmóviles del ducado.
Había llegado jurando odiar al hombre que gobernaba ese lugar.
Y, para su desgracia, el duque no encajaba del todo en el papel del villano que Caelan había preparado para él.
Eso no hacía la situación más fácil.
La hacía más peligrosa.
Había llegado jurando odiar al duque de Ravenshire.
Y, para su desgracia, él no encajaba del todo en el villano que Caelan había preparado en su cabeza.
Eso no hacía la situación más fácil. La hacía peligrosa.
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