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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21: LO QUE QUEDÓ DESPUÉS

El silencio que siguió fue de esos que no necesitan palabras. Alessandra se quedó junto al árbol, con las manos aún apoyadas en la corteza, sintiendo cómo la tierra vibraba bajo sus pies. El collar ya no quemaba. Brillaba suave, como una estrella que hubiera encontrado su lugar en el cielo.

Aeron estaba a su lado. No la soltó. Ella tampoco quería que la soltara.

—¿Se fue? —preguntó Fiorella desde el banco de piedra, con la voz todavía temblorosa—. ¿Los que vinieron?

—Sí —respondió Alessandra—. Se fueron.

—¿Y la maldición?

—Se rompió.

Clarissa soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas. Sebastián la rodeó con un brazo y la acercó a él.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él.

—Rara. Liviana. Como si algo que no sabía que estaba ahí ya no estuviera.

—Esa es la maldición —dijo Nicolás, que había estado en silencio todo el tiempo—. La sentías aunque no supieras.

Alessandra lo miró. En los ojos del beta había algo que no había visto antes. Respeto.

—¿Tú también la sentías?

—Todos los lobos la sentimos. Esa separación. Ese vacío. Algo que nos decía que faltaba una parte. Por eso buscamos tanto a nuestras compañeras. Porque sin ellas, no estamos completos.

—¿Y ahora?

—Ahora… no sé. Algo cambió.

Alessandra sintió que las palabras de Nicolás tocaban algo dentro de ella. Algo que también había cambiado.

Se giró hacia Aeron. Él estaba mirando el lago, pero sentía su mirada. Lo sabía por la forma en que sus dedos apretaron los suyos.

—¿Tú también lo sientes? —preguntó.

—Sí. Como si el mundo pesara menos. Como si algo que nos separaba ya no estuviera.

—¿Y eso es bueno?

—Eso es lo que siempre debió ser.

El resto del día pasó en una calma que Alessandra no recordaba haber experimentado nunca. No era la calma del vacío, la que había conocido toda su vida. Era una calma llena. Como si el silencio después de una tormenta tuviera un peso distinto.

Clarissa y Fiorella se sentaron en la terraza con mantas y té. Sebastián y Nicolás se fueron a patrullar el bosque, pero ya no con la tensión de antes. Era más un hábito que una necesidad.

Alessandra se quedó en el jardín con Aeron. Las sombras descansaban a sus pies, quietas, como si también estuvieran descansando después de un largo viaje.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó él.

—No lo sé. Nunca pensé en lo que vendría después.

—¿Y eso no te da miedo?

—Antes sí. Ahora no tanto.

Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Alessandra la sintió como un latido.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué vas a hacer ahora que ya no tienes que esperar?

—Vivir. Por primera vez en doscientos años, voy a vivir.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que ya no voy a mirar hacia adelante esperando algo que no llega. Significa que voy a mirar a mi lado y voy a ver lo que tengo.

—¿Y qué tenés?

—A ti. Tu familia. Mi manada. Un futuro que no está escrito.

Alessandra apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió su corazón latir junto al suyo.

—¿Te da miedo? —preguntó—. El futuro.

—Un poco. Pero es un miedo bueno. Es el miedo de tener algo que vale la pena perder.

—¿Y si lo perdés?

—Entonces habré tenido algo que valía la pena. Eso es más de lo que tuve en doscientos años.

Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.

—Yo también quiero vivir —susurró—. Por primera vez, quiero vivir.

Aeron la abrazó. No dijo nada. No hacía falta.

Por la tarde, Clarissa la encontró en la biblioteca de la abuela. Alessandra estaba sentada en el suelo, con los libros abiertos a su alrededor, pero no estaba leyendo. Miraba el collar que colgaba de su cuello, que ahora brillaba suave, como si también estuviera descansando.

—¿Qué haces? —preguntó Clarissa.

—Recordando. Todo lo que pasó. Todo lo que aprendí.

—¿Te arrepientes de algo?

—No. Por primera vez, no me arrepiento de nada.

Clarissa se sentó a su lado.

—¿Y ahora qué? ¿Qué vas a hacer con todo esto?

—No lo sé. Pero creo que voy a quedarme. Por un tiempo. Hasta que sepa qué quiero.

—¿Y tu trabajo? ¿Tu departamento? ¿Tu vida en la ciudad?

—Mi vida en la ciudad no era vida. Era sobrevivir. Esto es vivir.

Clarissa sonrió. En sus ojos avellana había algo que Alessandra no había visto nunca. Paz.

—Me alegra —dijo—. Que te quedes.

—¿Y tú? ¿Te vas a quedar?

—Sí. Sebastián tiene que estar aquí. Y yo quiero estar con él. Además, me gusta este lugar. Me hace sentir cerca de la abuela.

—¿Y Fiorella?

—Fiorella va a volver. Dice que tiene que terminar sus estudios. Pero va a venir seguido. Dice que no nos va a dejar solas.

Alessandra sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero real.

—Siempre nos cuidó. Aunque pareciera que no.

—Siempre. Las tres.

Cuando cayó la noche, las tres hermanas se sentaron en la terraza con mantas y té caliente. La luna estaba casi llena, redonda y blanca, reflejándose en el lago. Aeron estaba en el jardín, junto al roble, pero ya no vigilaba. Descansaba.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Fiorella.

—Ahora vivimos —dijo Alessandra—. Como siempre debimos hacerlo.

—¿Y si vuelven? ¿El aquelarre? ¿Los de las capuchas?

—No van a volver. La maldición se rompió. Ya no tienen por qué venir.

—¿Cómo sabes?

—Porque lo siento. En la sangre. En la tierra. En el aire. Algo cambió. Algo que estaba roto, se arregló.

Clarissa tomó su mano. Fiorella hizo lo mismo.

—Juntas —dijo Clarissa.

—Siempre —dijo Fiorella.

Alessandra apretó las manos de sus hermanas. Las sombras a su alrededor descansaban, quietas, en paz.

—Siempre —repitió.

Más tarde, cuando las estrellas brillaban sobre el valle y la luna estaba en lo más alto, Alessandra bajó al jardín. Aeron estaba junto al lago, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el agua.

—¿No puedes dormir? —preguntó.

—Tú tampoco.

—No necesito dormir mucho.

—Eso siempre dices.

Aeron sonrió. Se sentaron juntos en el banco de piedra.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él.

—Como si hubiera terminado algo que no sabía que estaba haciendo. Como si pudiera empezar de nuevo.

—¿Y qué vas a hacer con ese comienzo?

—No lo sé. Pero quiero que estés ahí.

—Voy a estar.

Alessandra apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió su corazón latir junto al suyo.

—¿Te vas a quedar? —preguntó.

—Siempre.

—Siempre es mucho tiempo.

—Lo sé. Por eso me quedo.

Alessandra sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Aeron la vio en la oscuridad.

—Yo también me quedo —dijo.

Y en el jardín, junto al lago, las sombras descansaban en paz.

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