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REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:31.5k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai

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CAPÍTULO 15: El anzuelo.

Encontrar a Dorotea fue fácil.

Lucía la localizó en dos días. Vivía en un departamento pequeño en el sur de la ciudad, trabajando de limpieza en un hotel barato. Del ama de llaves que mandaba en la mansión Montero a trapear pisos de un hotel de tres estrellas. La caída había sido larga.

Cassidy fue sola. Sin Lucía, sin chofer, sin nadie. Tomó un taxi —ya había aprendido a usar la aplicación del teléfono, lo cual le seguía pareciendo brujería pero brujería útil— y se plantó en la puerta del departamento a las siete de la noche.

Tocó tres veces.

La puerta se abrió y Dorotea se quedó helada.

Estaba peor de lo que Cassidy esperaba. Flaca, ojerosa, con el pelo suelto y grasiento, sin el moño apretado que le estiraba las cejas. Llevaba una bata vieja y zapatillas rotas. El departamento detrás de ella olía a comida recalentada y a encierro.

—Señora Montero...

—¿Puedo pasar?

Dorotea retrocedió por instinto, como un animal que reconoce al depredador. Cassidy entró sin esperar invitación. El departamento era un cuarto con cocina, un baño y una cama pegada a la pared. Ropa tendida en un cordel. Una televisión vieja sobre una silla.

De la mansión Montero a esto. Andrea te prometió el mundo y te dejó en la mierda, ¿verdad, Dorotea?

Se sentó en la única silla que había, la de la televisión, que movió con el pie. Dorotea se quedó parada contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos de un conejo acorralado.

—¿Qué quiere?

—Sentarme. Me duelen los pies. ¿Tienes café?

—No vine a...

—Café, Dorotea. Por favor.

Las manos le temblaban mientras servía el café en un pocillo desportillado. Cassidy lo aceptó. Le dio un trago. Estaba horrible. Pero no había venido por el café.

—Voy a ir al grano porque las dos sabemos para qué estoy aquí —dijo Cassidy—. La noche antes de que yo entrara en coma, tú me llevaste una taza de té al cuarto de servicio. ¿Te acuerdas?

Dorotea se puso blanca. No un poco blanca. Blanca como las sábanas que Cassidy le había quemado a Andrea. Blanca como la cal. Blanca como la cara de un muerto.

—Yo no sé de qué me habla.

—Sí sabes.

—Señora, yo le preparaba té todas las noches, eso no tiene nada de...

—Dorotea. —Cassidy dejó el pocillo en el piso y la miró directo a los ojos—. Tengo un correo de Andrea Ríos dirigido a Sebastián donde dice, y te lo cito de memoria porque lo leí tantas veces que se me grabó en el cerebro: «Ya hablé con Dorotea. Ella sabe qué hacer con las pastillas. Mañana por la noche, en el té.»

El silencio que siguió fue el más pesado que Cassidy había escuchado desde que una bala le entró por la espalda en Arizona.

Dorotea abrió la boca. No salió nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas y las manos le temblaban tan fuerte que se las metió debajo de los brazos para esconderlas.

—Yo no... ella me dijo que... no era veneno, señora, le juro que no era veneno, me dijo que eran pastillas para dormir, que usted necesitaba descansar, que el señor Duarte lo había autorizado, que era por su bien...

—¿Por mi bien?

—Eso me dijo. Me lo juró. Me dijo que eran pastillas naturales, que no le iban a hacer daño, que usted no estaba durmiendo y necesitaba ayuda. Yo no sabía que... yo no quería...

—Casi me muero, Dorotea. Estuve una semana en coma. Me hicieron tres lavados de estómago. ¿Eso te suena a pastillas para dormir?

Dorotea se tapó la cara con las manos y se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el piso. Lloraba con ese llanto feo, ruidoso, de alguien que lleva meses cargando algo que la está comiendo viva.

Cassidy la dejó llorar. No por compasión. Por estrategia. Porque sabía que la gente habla más cuando se rompe, y Dorotea llevaba meses a punto de romperse.

—Te voy a dar dos opciones —dijo Cassidy cuando el llanto bajó lo suficiente para que la escuchara—. La primera: me cuentas todo lo que pasó, desde el principio, con detalle, y yo lo grabo. A cambio te doy dinero. Suficiente para que te vayas de esta ciudad, empieces en otro lado y nunca más tengas que trapear pisos de hotel. Suficiente para vivir tranquila.

Dorotea levantó la cara. Mocos, lágrimas, rímel corrido. La miró con la desesperación de alguien que se ahoga y ve una mano.

—¿Y la segunda?

—La segunda es que no me digas nada. Te levantas de ese piso, me sacas de tu departamento y sigues con tu vida. Pero el correo de Andrea existe, Dorotea. Existe y tiene tu nombre. Y cuando yo lleve eso a la policía, y lo voy a llevar, no van a venir a ofrecerte dinero. Van a venir con esposas. Y la que se va a comer los años de cárcel no va a ser Andrea, que tiene abogados caros. Va a ser la empleada que puso el veneno en la taza. Tú.

Dorotea tembló.

—No me haga esto, señora. Yo tengo una hija. Tiene once años. Vive con mi hermana porque yo no puedo mantenerla. Si me meten presa...

—Entonces habla. Habla y yo te protejo. Te doy el dinero y te doy tiempo para irte antes de que esto explote. Pero necesito tu verdad, Dorotea. Toda.

El silencio duró un minuto entero. Cassidy lo dejó correr. No la presionó. No hacía falta. La trampa ya estaba puesta y la presa estaba adentro.

Dorotea se limpió la cara con la manga de la bata.

—No hoy —dijo con la voz rota—. Necesito pensarlo. Necesito...

—Te doy una semana. El próximo martes estoy aquí a la misma hora. Si abres la puerta, hablamos. Si no la abres, hablo yo. Pero con la policía.

Se levantó. Caminó hacia la puerta. Se detuvo.

—Una cosa más. Si llamas a Andrea o a Sebastián para contarles que estuve aquí, me voy a enterar. Y si me entero, la oferta se cancela y vas directo a la comisaría. ¿Estamos claras?

Dorotea asintió desde el piso. Ni siquiera tuvo fuerzas para levantarse.

Cassidy salió del departamento y cerró la puerta.

En el taxi de vuelta se recostó en el asiento y cerró los ojos. El corazón le latía fuerte pero la cabeza estaba fría. Había jugado bien. La semana le daría tiempo a Dorotea para desesperarse lo suficiente y a Cassidy para preparar la grabación con Lucía.

Va a hablar. Tiene una hija, tiene miedo y no tiene dinero. Va a hablar.

Llegó a la mansión a las diez de la noche. La casa estaba en silencio. Las luces de abajo apagadas. Sebastián dormía, o eso creyó Cassidy.

Subió al segundo piso. Se duchó. Se puso una camiseta larga que usaba para dormir y se metió en la cama grande con el teléfono en la mano.

Escribió un mensaje.

«¿Estás despierto?»

La respuesta de Daniel llegó en veinte segundos.

«Siempre.»

«Puerta del jardín. Diez minutos.»

«Cinco.»

Cassidy bajó descalza. Abrió la puerta trasera. Daniel saltó la cerca y cruzó el jardín con esa sonrisa que a Cassidy le daban ganas de borrarle a besos y a golpes al mismo tiempo.

No hablaron en el jardín. No hablaron en las escaleras. No hablaron en el pasillo. La conversación empezó y terminó cuando Cassidy lo jaló de la camiseta, lo metió en la habitación principal y cerró la puerta con el pie.

Esta vez fue diferente. No fue la urgencia animal de la primera vez ni la rabia de la segunda. Fue algo más lento, más largo, más peligroso. Daniel la besaba como si tuviera toda la noche y Cassidy lo dejaba, lo cual era nuevo y aterrador porque Cassidy Boone no dejaba que nadie marcara el ritmo.

Pero esta noche estaba cansada de pelear. Cansada de calcular. Cansada de ser la que manda, la que golpea, la que decide. Quería que alguien la tocara sin que ella tuviera que pedirlo, que la besara sin que ella tuviera que dar permiso, que le quitara el peso del mundo de encima aunque fuera por una hora.

Daniel lo hizo.

La desnudó despacio. Le besó cada parte que el mundo le había enseñado a esconder. Las caderas, el vientre, los muslos, los brazos gruesos, la papada. La besó como si cada centímetro de piel fuera exactamente como debía ser, y Cassidy cerró los ojos y se dejó llevar hasta que el placer le borró los correos, el veneno, la terapia, la orden judicial y el nombre de Sebastián Duarte de la cabeza.

Cuando terminaron se quedaron enredados en las sábanas, respirando pesado, con la ventana abierta y el aire de la noche entrándoles por la piel.

—¿Qué somos? —preguntó Daniel en la oscuridad.

—Nada.

—Eso dijiste la primera vez.

—Y la segunda. Y la tercera. Nada.

—Para no ser nada hacemos mucho ruido.

Cassidy soltó un bufido que era casi una risa.

—Duérmete, Daniel.

—¿Puedo quedarme?

—Media hora. Después te largas.

—Hecho.

Se quedaron en silencio. A los cinco minutos Daniel dormía. Cassidy lo supo por la respiración, lenta, profunda, la de alguien que se siente seguro. Se quedó mirándolo en la oscuridad. La mandíbula relajada, el pelo cayéndole sobre la frente, la mano todavía en su cintura.

No te enamores, Boone. No puedes. Tienes una guerra que ganar y este hombre es una distracción que no te puedes permitir.

Pero el pensamiento sonó débil. Como una orden que ya nadie obedece.

A medianoche lo despertó.

—Daniel. Arriba. Tienes que irte.

Daniel se vistió con los ojos medio cerrados, le dio un beso en la frente que Cassidy no esperaba y que le revolvió algo dentro del pecho, y salió al pasillo en calcetines con los zapatos en la mano.

Abrió la puerta de la habitación.

Y se encontró con Sebastián.

Parado en el pasillo. En pijama. Con un vaso de agua en la mano y los ojos muy abiertos.

Los tres se quedaron inmóviles.

Daniel en la puerta de la habitación, descalzo, con el pelo revuelto y la camisa mal abotonada. Sebastián a dos metros, con el vaso de agua congelado a medio camino de la boca. Y Cassidy detrás, en la cama, con las sábanas revueltas y la camiseta puesta al revés.

El silencio duró cinco segundos que parecieron cinco años.

Sebastián miró a Daniel. Miró la habitación. Miró las sábanas. Miró a Cassidy. Y todo lo que necesitaba saber se le estampó en la cara como una bofetada.

La mandíbula se le apretó. Los ojos se le oscurecieron. La mano que sostenía el vaso tembló y Cassidy vio el instinto cruzarle la cara: quería gritar, quería golpear, quería agarrar a Daniel del cuello y estamparlo contra la pared. Lo vio en los hombros tensos, en los puños que se cerraban, en la vena del cuello hinchándose.

Pero no lo hizo.

Porque detrás de la rabia vino otra cosa. Algo más frío. Más calculado. El momento exacto en que Sebastián reconoció al hombre que tenía enfrente y el impulso de la furia se estrelló contra el muro del miedo.

Daniel Reyes Alcázar. Heredero de Laboratorios Reyes. El hombre que podría comprar el Grupo Montero con lo que tenía en una sola cuenta. El hombre que había aparecido en la junta directiva ofreciendo una alianza estratégica condicionada a que Emilia siguiera al mando. El hombre al que no podías tocar sin que el país entero se enterara.

No puedo golpearlo, pensó Sebastián. No puedo echarlo. No puedo hacer un escándalo porque si este tipo habla, si abre la boca, si decide usar su poder contra mí, estoy acabado.

Cassidy lo vio todo desde la cama. Vio la rabia transformarse en cálculo, el impulso ahogarse en conveniencia, la humillación tragarse entera porque no había otra opción.

Así que así se siente, pensó. Así se sentía Emilia cada vez que te veía con Andrea y no podía hacer nada. Duele, ¿verdad, Sebastián? Duele ver a tu pareja salir de la cama con otro y tener que callarte la boca.

Daniel habló primero. Con una calma que Cassidy no sabía si era valentía o inconsciencia.

—Buenas noches.

Lo dijo como si se hubiera cruzado con Sebastián en el supermercado. Sin sarcasmo, sin provocación, sin disculpa. Buenas noches y punto.

Pasó al lado de Sebastián. Lo pasó de largo. Caminó por el pasillo, bajó las escaleras y salió de la mansión por la puerta principal. Sin correr. Sin esconderse. Con la misma tranquilidad con la que había entrado.

Sebastián se quedó en el pasillo con el vaso de agua en la mano y la cara de un hombre al que le acaban de meter un cuchillo entre las costillas y no puede gritar porque tiene público.

Miró a Cassidy.

Cassidy le sostuvo la mirada desde la cama. No se tapó. No se excusó. No bajó los ojos.

—¿Algo que decir? —preguntó.

Sebastián apretó el vaso tan fuerte que Cassidy pensó que lo iba a romper.

—Te estás cogiendo al heredero de Reyes en mi cama.

—En mi cama. En mi casa. Con mi cuerpo. Si quieres discutir la propiedad de las cosas, Sebastián, te recuerdo que la única cosa tuya en esta mansión eres tú. Y eso tiene fecha de vencimiento.

—Si presento esto al juez, la cláusula de reconciliación se anula y...

—Presenta lo que quieras. Yo presento los correos donde planeabas declararme incapaz. Los dos perdemos. ¿Quieres jugar a eso?

Sebastián se quedó mudo.

—Vete a dormir —dijo Cassidy—. Y la próxima vez que subas al segundo piso a medianoche, toca la puerta. Esta sigue siendo mi planta.

Sebastián dio media vuelta y bajó las escaleras. No dijo una palabra. No rompió el vaso. No golpeó la pared. Bajó en silencio con la rabia comiéndole las entrañas y la humillación quemándole la garganta.

Porque no podía hacer nada.

No podía tocar a Daniel sin desatar una guerra que perdería. No podía denunciar a Emilia sin que ella lo denunciara a él. No podía irse sin perder todo. Estaba atrapado en la misma jaula que Cassidy había descrito en la terapia, solo que ahora la serpiente era él y la jaula se estaba haciendo más pequeña cada día.

Cassidy escuchó los pasos alejarse. Escuchó la puerta de abajo cerrarse.

Se dejó caer en la almohada. Miró el techo.

Dos trampas puestas en una noche. Dorotea tiene una semana para hablar. Y Sebastián acaba de descubrir que su esposa se acuesta con el hombre más poderoso que conoce y no puede hacer un carajo al respecto.

Sonrió en la oscuridad.

Buenas noches, Sebastián. Dulces sueños.

Se durmió con las sábanas revueltas, el olor de Daniel todavía en la almohada y la certeza fría de que cada pieza estaba cayendo exactamente donde ella la quería.

La forajida no disparaba a lo idiota.

La forajida apuntaba.

1
Elizabeth Sánchez Herrera
una actitud muy serena por parte de Cassidy
Elizabeth Sánchez Herrera
es
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
mariela
Daniel no esta tan ignorante de los tratos que hace su padre tanto así que la llamo para preguntarle que le dijo a ella que va a ser una desilusión para el pero el viejo lo que quiere es prácticamente ser dueño de la empresa de Emilia si nos ponemos analizar pero ya Rodrigo se dio cuenta que ella sabe mas de lo que el imaginaba aquí comienza la cacería para eliminarla y seguir haciendo sus negocios chuecos.
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Lucy alejo
excelente capitulo que pasara con Daniel
Lucy alejo
tan parecidos y tan diferentes a la vez
mariela
Daniel mi bombón se quedara con la forajida Cassidy porque esta descubriendo paso a paso la verdad y le gusta lo que ve mientras Sebastian lo busca en Google espejo es un chiste pendejo buscar un sueño y nombre en una aplicación.
mariela
Pobre Sebastian cree que jugando con el arrepentimiento se convertirá en víctima no se imagina que la forajida de Cassidy-Emilia es una mujer corrida en 7 plazas y el cuando va ya ella viene de regreso caerá en su propia trampa 😂🤣😂🤣😂🤣
Lucy alejo
Sebastián piensa que Emilia Cassidy es tonta no sabe que cuando el va ella ya viene de regreso 🤭
Mitsuki G
Por razón ese señor Rodrigo no quiere a Emilia cerca de su hijo por qué vera como también le roba que tiene dinero de Emilia como también la usa para ellos pero debería decirle este Daniel sabrá que es lo correcto ya que no es como su padre y está limpio
mariela
Así se esta convirtiendo en una mujer empoderada con el autoestima arriba con menos kilos y mas autosuficiente donde Daniel tiene que ver mucho con ese cambio pero me encanta se retan ella dice que no son nada pero se deja dar sus buenas revolcadas deliciosas 😋😋😋🤤🤤🤤 por su bombón.
Mirta Vega
ansiosa esperando por más 🥰
Limaesfra🍾🥂🌟
vuekve el.perro arrepentido con las orejas caidas, el rabo entre las piernas y el hocico partido😁👅🤣🤣🤣🤣🤣🤣esa es la idea😁🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no mires. no mires caray si miró🤣🤣🤣
Eva Quihuis Romero
empecé a leerla ayer y me atrapó, está buena , esperemos más capítulos!!
Blanca Ramirez
me dejas emocionada autora esperando la reacción de Daniel cuando le cuente lo de su papá 🥰🥰🥰🥰
María Gabriela
💣 me da cosa con Daniel va ser un golpe duro aunque no se llevan bien va a ser duro
Marisel Rio
💕💕💕💕Encanta con tu novela y los maratones 💕💕💕
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖
Betty Saavedra Alvarado
Sebas estás actuando como marido arrepentido consejo de abogados Cassidy es más inteligente que tu
Betty Saavedra Alvarado
Emilia Rodrigo Reyes te vino a comprar le distes dos cachetadas con tus palabras
Betty Saavedra Alvarado
Cassidy Emilia vive dos vidas ahora es más fuerte y valiente nadie la humilla Daniel está con ella
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