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"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Demonios / Villana / Completas
Popularitas:350
Nilai: 5
nombre de autor: glendis

En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."

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capitulo 2

La mañana siguiente al incidente en el bosque, el Reino del Sur despertó bajo un sol radiante que me resultaba casi ofensivo. Mientras mis sirvientas corrían por los pasillos de la mansión Vallemont, preparando mis vestidos y perfumando las estancias con flores frescas, yo permanecía encerrada en mi santuario personal.

En la mesa de caoba, el trozo de tela negra del Emperador descansaba junto a un mapa detallado de las propiedades del Barón Valeska.

 Mis dedos, pálidos y delicados en apariencia, acariciaban el tejido oscuro. Podía sentir una vibración, un eco de la violencia elegante que presencié. Él no era solo un hombre; era una fuerza de la naturaleza, y aquellos necios habían intentado extinguirla.

—Señorita Elena —llamó Martha, la jefa de llaves, tras la puerta—. El carruaje está listo. El Barón Valeska espera su visita para discutir la renovación de los contratos de los viñedos de la frontera.

—Gracias, Martha. Bajo en un momento —respondí, mi voz modulada en ese tono dulce y sumiso que todos esperaban de una huérfana rica.

Me miré al espejo. El vestido de seda color champán, con encajes que subían hasta el cuello, me hacía parecer frágil, casi etérea. Nadie sospecharía que bajo esa seda, en mi muslo, llevaba una daga de obsidiana, ni que mis sombras se agitaban bajo el dobladillo de mi falda, impacientes por alimentarse.

La mansión del Barón Valeska era un monumento a la opulencia vulgar. Estatuas de mármol de guerreros antiguos custodiaban la entrada, una ironía que me hizo sonreír internamente. El Barón me recibió en su solárium, un espacio de cristal lleno de plantas exóticas que apenas sobrevivían al calor sofocante.

—¡Mi querida Elena! —exclamó Valeska, extendiendo sus manos enjoyadas—. Cada día te pareces más a tu difunta madre. Una joya que necesita un protector fuerte, ¿no crees?

Su tacto era aceitoso, su aliento olía a vino caro y a ambición podrida. Me obligué a no retirar la mano mientras la besaba.

—Es usted muy amable, Barón —dije, sentándome frente a él—. He venido porque me preocupan los rumores. Dicen que hay bandidos en la frontera norte... cerca del Reino Oscuro. Mis comerciantes temen cruzar el paso.

Valeska soltó una carcajada ronca, sirviendo té en tazas de porcelana tan finas que parecían cáscaras de huevo.

—Los bandidos son el menor de tus problemas, pequeña. Pero no temas. Pronto, el Reino Oscuro dejará de ser una amenaza. Digamos que el "invierno" llegará antes de tiempo para su soberano.

—¿Ah, sí? —Incliné la cabeza, fingiendo ingenuidad—. Pensé que el Emperador Valerius era... invencible.

Los ojos del Barón se estrecharon, brillando con una codicia mal disimulada.

—Nadie es invencible frente a una hoja bien pagada en el momento justo. El Marqués de Altamira y el Duque de Hierro coinciden conmigo: el Sur no necesita sombras en su frontera. Necesitamos sus minas de hierro negro. Y muy pronto, las tendremos.

Mis sombras se tensaron bajo la mesa. Allí estaba. La confirmación. Él, junto al Marqués y el Duque, eran los arquitectos de la emboscada. Habían intentado matar a mi obsesión por un puñado de hierro y tierra.

Mientras el Barón seguía hablando de impuestos y rutas comerciales, yo liberé mi voluntad.

 No necesitaba mover un músculo. Mi sombra se desprendió de mis pies, moviéndose como un fluido oscuro sobre el suelo de mármol, invisible para cualquiera que no poseyera mi don. Se deslizó por la pata de la silla del Barón y se enredó sutilmente en su propia sombra.

Fue como conectar un cable de alta tensión a un pozo de agua. Empecé a drenar su energía, muy lentamente, inyectando a cambio pequeñas gotas de mi propia oscuridad en su torrente sanguíneo sombrío.

—¿Se encuentra bien, Barón? —pregunté, fingiendo preocupación—.

Parece... pálido.

—Es... el calor —jadeó él, llevándose una mano al pecho—. De repente me siento... pesado.

—Tal vez sea la conciencia —susurré, tan bajo que él no pudo estar seguro de si lo había dicho o si era una voz en su cabeza.

Me levanté, dándole una última mirada de desprecio disfrazada de cortesía.

—Espero que su "plan" tenga éxito, Barón. Sería una lástima que algo... inesperado... ocurriera.

Regresé a Vallemont y esperé a que la luna alcanzara su cenit. Me senté en el suelo de mi habitación, rodeada de velas negras. Cerré los ojos y me proyecté a través del vínculo que había establecido con Valeska.

En su mansión, el Barón intentaba dormir, pero el aire en su habitación se había vuelto sólido. Las sombras de las cortinas no se movían con el viento; se retorcían como manos.

Él se despertó de golpe, sintiendo una presión gélida en su garganta. Intentó gritar, pero mis sombras habían invadido sus pulmones, silenciando cualquier sonido.

“¿Quién... quién está ahí?”, pensó él, el terror inundando su mente.

Yo le respondí a través de la oscuridad, proyectando la imagen del Emperador en el bosque.

“Tú intentaste apagar la noche”, le susurré desde la distancia. “Ahora la noche te reclamará a ti”.

Las sombras se cerraron. No hubo sangre, solo el colapso de un corazón que no pudo soportar el peso de un miedo absoluto y sobrenatural.

Al amanecer, el primer informe llegó a mis oídos mientras Martha me servía el desayuno: el Barón Valeska había muerto en su cama. Los médicos estaban desconcertados; no había signos de veneno, solo una expresión de horror grabada en su rostro muerto, como si hubiera visto el fin del mundo.

Bebí un sorbo de té, sintiendo una satisfacción gélida.

—Uno menos —susurré para mis adentros—. El Marqués será más difícil. Necesitaré un escenario más... público.

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