En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
NovelToon tiene autorización de May_Her para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8
Jimena notó lo delicada que era la situación de los niños enfermos, por lo que debía visitar a una persona antes de asentarse temporalmente en el mercado. No podía irse sin despedirse, sin explicar, sin asegurarse de que los suyos estarían bien durante su ausencia. La culpa ya la carcomía por dentro: abandonarlos, aunque fuera temporalmente, le parecía una traición.
La Loba vivía en el edificio más alto de la periferia, un bloque de catorce plantas que se elevaba sobre las ruinas como un monumento al absurdo. Había elegido ese lugar por una razón: desde allí se veía todo. Cualquier movimiento, cualquier amenaza, cualquier posible ataque. Era una ventaja que Roxana —pues ese era su verdadero nombre— había aprendido a valorar en sus años como policía, cuando la vigilancia era su herramienta y el peligro su compañero constante.
Jimena caminó hacia allí con paso firme, pero por dentro el miedo se mezclaba con la tristeza. Roxana era la más fuerte de todos sus protegidos, pero también la más frágil. Su armadura de dureza ocultaba un vacío que Jimena conocía bien: el de la culpa por haber sobrevivido cuando otros no.
Las calles estaban más solitarias de lo habitual. El cielo seguía gris, aunque la lluvia había cesado, el viento arrastraba hojas secas que crujían bajo sus pies. En los portales de los edificios, a veces veía sombras: otros supervivientes, escondidos, observando. Ninguno se acercaba. En la periferia, la regla no escrita era clara: cada uno en su territorio, cada uno con su dolor.
El bloque de Roxana se alzaba al final de una avenida antaño comercial, ahora llena de escaparates rotos y carteles descoloridos. La entrada estaba protegida por una verja metálica que Roxana había reforzado con alambres y cadenas. Jimena conocía el truco para abrirla: tirar de una cuerda oculta que liberaba el pestillo. Lo hizo con manos rápidas, aunque sus dedos temblaban ligeramente por el frío.
Dentro, el portal olía a orín y a moho. La luz apenas se filtraba por los ventanales cubiertos de suciedad. Jimena comenzó el ascenso por las escaleras, sabiendo que el ascensor llevaba años muerto. Las plantas bajas estaban desiertas, las puertas de los apartamentos abiertas de par en par, saqueadas hace tiempo. A partir del quinto piso, las cosas cambiaban: aquí Roxana había establecido su perímetro, con trampas rudimentarias (latas colgando de hilos, tablones con clavos) que Jimena conocía de memoria. Subió con cuidado, evitando los escalones rotos, los huecos donde la barandilla había cedido.
En el rellano del undécimo piso, Roxana había instalado una puerta de metal que cerraba el acceso al resto del edificio. Jimena llamó de una forma específica: dos golpes, pausa, tres golpes, pausa, un golpe. La clave que Roxana le había dado meses atrás, después de la tercera vez que Jimena la curó de unas heridas que no quiso explicar. Nunca preguntó cómo las había recibido. En este mundo, algunas preguntas eran mejor dejarlas sin respuesta.
La puerta se abrió unos centímetros, solo los suficientes para que un ojo la examinara. Luego, el ojo desapareció y la puerta se abrió del todo.
Roxana estaba allí, con su uniforme militar desgastado, el pelo canoso y cortado a cuchillo, el rostro marcado por cicatrices viejas y nuevas. Sus ojos negros la recorrieron de arriba abajo, evaluando, juzgando, como siempre.
—Pasa —dijo con su voz ronca de fumadora empedernida—. Pero cierra rápido. No me gusta la corriente.
El interior del piso era espartano pero ordenado. Roxana había despejado las habitaciones de muebles innecesarios y había creado un espacio funcional: una zona para dormir con un colchón y mantas militares perfectamente dobladas, una zona para cocinar con un hornillo de gas (el gas lo conseguía no se sabía cómo), y una zona de observación junto a la ventana, con prismáticos y un cuaderno donde anotaba los movimientos en la calle. En las paredes, mapas de la ciudad marcados con anotaciones, y una fotografía de una niña de unos doce años, sonriendo con una bicicleta nueva. Era la hija de Roxana, Jimena lo sabía. Nunca había preguntado por ella, pero la veía cada vez que venía.
—Tienes cara de noticias malas —dijo Roxana sin preámbulos, sentándose en una caja que hacía las veces de silla—. Si has venido a decirme que te vas, ya lo sé.
Jimena se sentó frente a ella, en otra caja. No había nada que ocultar a Roxana; la mujer olía la mentira a un kilómetro de distancia.
—Hay niños enfermos —dijo—. Necesitan ayuda médica, tengo que ir al mercado, no de forma permanente.
—Ya y luego te quedarás, porque allí hay comida caliente, gente que habla y camas que no son el suelo de una farmacia. Allá hay un nivel superior en la calidad de vida.
—No voy a quedarme...
Roxana rio, pero era una risa sin alegría, amarga como la hiel. Una risa que había escuchado en muchos supervivientes, la risa de los que habían visto demasiado.
—Claro que no, eres demasiado lista para eso o demasiado tonta. Todavía no lo he decidido.
Jimena no respondió. Sabía que Roxana necesitaba desahogarse, que esa ira era solo una máscara.
—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? —preguntó Roxana, cambiando de tono.
—No lo sé. Días, quizás una semana, depende de cómo estén los niños, de como se desarrolle su estado.
—¿Y los otros? ¿El viejo, la loca del ático?
—Ya les he avisado. El señor Gutiérrez tiene provisiones para varios días. La mujer del ático… bueno, ella apenas come.
Roxana resopló.
—Esa mujer está muerta y no se ha enterado. Lleva años hablando con sus muertos, algún día se levantará y se irá con ellos.
—Mientras tanto, yo estaré allí o tú.
—¿Yo? —Roxana arqueó una ceja—. Yo no soy enfermera, Jimena. Yo soy la que mata para que otros vivan.
—También sabes cuidar.
—No sé cuidar sé proteger. Son cosas distintas.
Jimena la miró a los ojos. Había una verdad incómoda en sus palabras que ninguna de las dos quería nombrar. Roxana había sobrevivido porque había aprendido a ser dura, a no encariñarse, a no mirar atrás. Pero Jimena sabía que, debajo de esa coraza, aún latía algo. La prueba era que la había dejado entrar en su vida.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Jimena, después de un silencio.
—Depende de la pregunta.
—¿Por qué sigues aquí? En este edificio, sola. Podrías venir al mercado. Te aceptarían. Eres fuerte, sabes luchar.