La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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XI- la ofrenda de la inocencia
Alessio:
El sabor de Clara era algo que ninguna botella de tres mil dólares podría igualar jamás. Era dulce, almizclado, con un matiz metálico y puro que me hacía perder la razón. Mientras hundía mi rostro entre sus muslos, me sentía como un hombre desértico que finalmente encuentra un oasis. Ella estaba empapada, su humedad bañaba mis labios y mi barbilla, y cada vez que pasaba mi lengua con fuerza sobre su clítoris, su cuerpo se sacudía contra el colchón como si recibiera una descarga de alto voltaje.
—Alessio... ah... ¡Alessio! —sus súplicas eran música para mis oídos.
Ese tono roto, cargado de una necesidad que ella misma no terminaba de procesar, me ponía más duro que el acero. Mi propia excitación era una presión dolorosa contra mi pantalón, un latido furioso que exigía ser liberado, pero verla así, entregada y temblorosa, me daba un placer sádico y protector a la vez.
Decidí que no era suficiente. Con una lentitud calculada, introduje un segundo dedo en su interior. Sus paredes, calientes y estrechas como un guante de seda, se contrajeron alrededor de mi tacto, tratando de atraparme. Empecé a mover los dedos con una rapidez suave, un ritmo rítmico que buscaba ese punto rugoso y sensible en su pared anterior que la hacía perder el aliento.
Cada vez que mis dedos presionaban ese lugar exacto, Clara soltaba un gemido más agudo, más desesperado. Su pelvis se elevaba del colchón, buscando inconscientemente más presión, más de mí.
—Eso es, ratoncito... muévete para mí —mascullé entre sus piernas, sin dejar de lamerla.
Mi lengua trabajaba en sincronía con mis dedos. Mientras ellos entraban y salían, creando un sonido húmedo y rítmico que llenaba la habitación, mi lengua succionaba su pequeño botón de placer, llevándola al límite absoluto. Podía sentir cómo sus muslos temblaban violentamente, cómo sus dedos se clavaban en mi cabello con una fuerza que me arrancaba quejidos de satisfacción.
Estaba al borde del abismo. Sus paredes empezaron a pulsar alrededor de mis dedos, espasmos involuntarios que me avisaban que el clímax estaba a segundos de distancia. La humedad era tal que mis dedos se deslizaban sin resistencia, entrando cada vez más profundo, estirándola con cuidado pero con la firmeza de quien sabe que ella está lista para romperse.
—Mírame, Clara. No cierres los ojos —ordené, subiendo un segundo para ver su rostro antes del estallido.
Sus ojos estaban en blanco, sus labios hinchados y húmedos, y su pecho subía y bajaba en un ritmo frenético. Era la imagen de la perdición más hermosa que había visto en mi vida. Volví a bajar, decidido a darle el golpe de gracia con mi lengua, saboreando el momento exacto en que su resistencia se quebraría por completo.
Clara:
Sentí que el mundo se desdibujaba por los bordes, reduciéndose únicamente al punto donde la lengua de Alessio y sus dedos se encontraban dentro de mí. Era una sobrecarga sensorial que mi cerebro no podía procesar. Cada movimiento de sus dedos, ahora rápidos y rítmicos, creaba un chapoteo húmedo que me avergonzaba y me excitaba a partes iguales, mientras que su lengua era un látigo de fuego que no me daba tregua.
—Alessio… me… voy a… —no pude terminar la frase.
De repente, la tensión en mi vientre se convirtió en un nudo ciego que tiró de cada uno de mis músculos. Sentí una presión insoportable, una acumulación de energía que pedía a gritos una salida. Mis dedos se enterraron en su cabello, tirando de él hacia mí con una fuerza que nació de la pura desesperación. Mis piernas, enredadas en su cintura, se tensaron tanto que me dolieron los muslos.
Y entonces, el dique se rompió.
Fue como una explosión de luz blanca detrás de mis párpados. Un espasmo violento sacudió mi pelvis, elevándome del colchón mientras mis paredes internas comenzaban a contraerse rítmicamente, apretando los dedos de Alessio con una fuerza que no sabía que poseía. El placer me golpeó en oleadas, una tras otra, tan intensas que sentí que el aire me faltaba.
—¡Ah! ¡Alessio! —mi grito se ahogó en un gemido prolongado, mientras mi cuerpo se deshacía en espasmos.
Era una sensación devastadora, un alivio tan profundo que me dejó sin fuerzas, sollozando jadeos cortos contra la almohada. Sentía mi propia humedad fluyendo, bañándolo a él, mientras las corrientes eléctricas seguían recorriendo mis piernas. Mi clítoris palpitaba con una sensibilidad dolorosa y exquisita bajo su lengua, que no se detuvo de inmediato, prolongando la agonía del placer hasta que mis dedos perdieron la fuerza y resbalaron de su cabeza.
Me quedé allí, flotando en una neblina de agotamiento y éxtasis, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente. Estaba vacía, desarmada, y por primera vez en mi vida, completamente expuesta ante el hombre que me miraba desde la penumbra de mis piernas con una satisfacción oscura y triunfante.
Me quedé allí, temblando, con los muslos todavía vibrando por los espasmos y el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro enjaulado. El aire de la habitación se sentía frío en contraste con el incendio que acababa de estallar en mi interior. Sentía que mi dignidad se había evaporado junto con ese grito que no pude contener, dejándome vulnerable y expuesta.
Entonces, sentí el peso de su cabeza moviéndose.
Alessio se deslizó hacia arriba con una lentitud exasperante, pero no se detuvo en mi rostro. Apoyó su barbilla justo en el centro de mi abdomen, allí donde mi piel aún conservaba el rastro de su humedad. Tenía los ojos oscuros, cargados de una satisfacción tan densa que casi se podía tocar. Me miraba con una sonrisita ladeada, una expresión de triunfo absoluto que gritaba sin palabras: «Ya lo hice. Ya comí y estoy más que satisfecho».
Sus ojos recorrían mi cuerpo con la calma del depredador que acaba de saborear su presa favorita y sabe que ha sido el mejor banquete de su vida.
—¡No me mires así! —chillé, sintiendo que la sangre me subía a las mejillas hasta quemar—. ¡Alessio, para! ¡Me da vergüenza!
En un acto de pura desesperación, agarré la almohada que tenía a un lado y me la estampé contra el rostro, hundiéndome en la oscuridad de la tela para no tener que enfrentar esa mirada cargada de posesividad y burla. Mi voz sonó amortiguada y aguda, un chillido de pura mortificación.
—¡Vete! ¡Sal de aquí ahora mismo! —balbuceé desde detrás de la almohada, aunque no hice ningún movimiento real para apartarlo.
Escuché su risa baja, un sonido ronco que vibró contra mi vientre y me hizo estremecer de nuevo. Sentí sus manos grandes rodeando mis caderas, apretándome con esa firmeza que me recordaba que, aunque estuviera juguetón, él seguía teniendo el control de todo.
—¿Vergüenza de qué, ratoncito? —su voz era puro terciopelo y veneno—. Si has estado increíble. No sabía que podías gritar mi nombre con tanta desesperación.
—¡Cállate! —grité, apretando la almohada contra mis ojos—. ¡Eres un idiota, un asqueroso, un...!
Sentí que él tiraba suavemente del borde de la almohada, intentando descubrir mi rostro para seguir disfrutando de mi humillación. Me sentía tan tonta, tan pequeña bajo su escrutinio, pero a la vez, una parte traicionera de mi cuerpo seguía buscando el calor de su barbilla apoyada en mi piel.
alessio:
Solté una carcajada baja, un sonido áspero que parecía vibrar en las paredes de la cabaña. Verla así, escondida tras la almohada como si pudiera borrar la realidad, me encendía de una manera que ni yo mismo comprendía. Me encantaba verla tan expuesta, tan roja, tan completamente mía después de haberla desnudado de todas sus defensas.
Acerqué mi mano y, con una lentitud deliberada, tiré del borde de la almohada hasta que ella se vio obligada a ceder, revelando su rostro encendido y esos ojos castaños que ahora mismo huían de los míos.
—¿Por qué te escondes, ratoncito? —murmuré, manteniendo mi barbilla apoyada en su abdomen, justo sobre ese vello suave que aún conservaba mi rastro—. Si ha sido un espectáculo digno de recordarse.
Ella intentó decir algo, un balbuceo incoherente cargado de rabia y timidez, pero no la dejé. Me incliné hacia su oído, sintiendo su piel caliente, y dejé escapar un sonido bajo, una imitación casi perfecta de ese gemido ahogado y agudo que había soltado hacía solo unos minutos, cuando mis dedos encontraron su punto más sensible.
—Ah... Alessio... por favor... —repetí su voz, pero bajando el tono a un murmullo ronco y burlón que la hizo dar un respingo bajo mis manos.
Clara se puso aún más roja, si es que eso era posible, y trató de golpearme el hombro con un manotazo que yo detuve en el aire con suma facilidad, atrapando su muñeca contra la sábana.
—¿Qué pasa? —pregunté, deleitándome con su tormento—. ¿Te da vergüenza haber sido tan honesta? Porque te aseguro que, para mí, ese sonido es la mejor música que he escuchado en años. Esos gemidos... —baje mis labios a su vientre, besándolo con una posesividad que no admitía réplicas—... me decían exactamente lo que querías. Y déjame decirte algo: me has dejado con un hambre mucho más grande que la que tenía al despertar.
Vi cómo su respiración se volvía a acelerar, traicionándola una vez más. La burlaba porque era la única forma que tenía de procesar el hecho de que esta mujer, con sus patos, su virtud y su desprecio, acababa de sacudirme los cimientos de mi propia existencia.
—Ya comí, sí —continué, bajando la mano hacia el elástico de su pijama, que aún colgaba de sus caderas—. Pero ahora... ahora me apetece el plato principal. Y no creas que te voy a dejar escapar tan fácil después de haber probado lo dulce que eres por dentro.
Clara:
La risa de Alessio no era la de un capo, ni la de un hombre peligroso; era una carcajada grave y genuina que me hizo sentir aún más pequeña debajo de él. Su barbilla seguía apoyada en mi abdomen, y sus ojos —aquellos pozos oscuros que solían helarme la sangre— ahora brillaban con una picardía insoportable.
—¿Qué quieres comer, ratoncito? —preguntó, elevando una ceja con una parsimonia que me puso los nervios de punta—. Tengo hambre. ¿Sushi? ¿Pizza? ¿Hamburguesas? ¿Quizás un buen pastel de papa, o simplemente unas papas fritas?
El tono que usó era tan bobo, tan exageradamente cotidiano y cargado de una doble intención que me hizo soltar un chillido de pura frustración. Cada plato que mencionaba lo pronunciaba con una cadencia que me hacía recordar exactamente lo que acababa de hacerle a mi cuerpo.
—¡Cállate! ¡Deja de decir eso! —grité, tapándome la cara con las manos mientras sentía que el rubor me bajaba hasta el pecho—. ¡Sé perfectamente lo que estás haciendo, Alessio! ¡Deja de hablar con doble sentido, me confundes y me... me molestas!
—¿Doble sentido? —repite él, enderezándose un poco. Su rostro adoptó una máscara de inocencia tan perfecta, tan digna de un Oscar, que por un segundo casi le creo. Puso los ojos en blanco, fingiendo confusión mientras me observaba con una calma exasperante—. Clara, cielo, te he preguntado qué quieres desayunar. Es una pregunta sencilla.
Se acercó a mi oído, rozándolo con sus labios, y añadió en un susurro cargado de burla:
—Si tu mente sucia está escuchando cosas que no he dicho, eso es problema tuyo. Yo solo soy un hombre con hambre y muchas opciones en el menú.
Me quedé sin habla, con la boca abierta, viendo cómo se levantaba de la cama con una soltura que me recordaba que él era el dueño de aquel juego y yo, su rehén. La forma en que sus ojos se desviaron hacia mis piernas entreabiertas antes de levantarse me hizo sentir que mi cuerpo todavía le pertenecía, que seguía ardiendo bajo el peso de su mirada.
—Eres un cínico —logré susurrar, todavía escondida bajo la sábana.
Él se puso en pie, ajustándose el pantalón, y me lanzó una mirada que me dejó sin aliento: una mezcla de deseo sin filtro y una diversión que me ponía los pelos de punta.
—Soy un hombre hambriento, nada más —dijo, dándose la vuelta hacia la puerta—. Decide pronto. Me gusta el pastel de papa, pero a veces, lo que más se me antoja es algo que ya he empezado a degustar.
Se fue dejándome allí, hecha un desastre, con el corazón galopando y el cuerpo todavía reclamando su contacto.
El silencio que dejó Alessio al salir fue tan pesado como su presencia. Me quedé allí, hecha un ovillo entre las sábanas, tratando de encontrar el equilibrio emocional que él acababa de destrozar con tanta facilidad. Mis piernas, aunque algo temblorosas, finalmente respondieron; el deseo de huir de esa habitación —o al menos de buscar un poco de aire— pudo más que mi humillación.
Me puse la ropa como pude, evitando mirar el espejo porque sabía que vería a una mujer con el cabello revuelto, los labios hinchados y una mirada que delataba demasiado. Mis pasos fueron lentos hacia la cocina. Cada tabla del suelo parecía crujir más fuerte de lo normal, y el olor a café recién hecho me dio una bofetada de realidad: Alessio ya estaba fuera, probablemente esperándome para seguir con su juego demente.
Entré en la cocina con el corazón en la garganta, esperando encontrarlo allí, burlándose de mí otra vez, o quizás preparando ese "desayuno" del que tanto hablaba. Pero la cocina estaba en calma. Alessio no estaba.
Solo había un silencio sepulcral, roto únicamente por el suave silbido de la cafetera eléctrica. Sobre la mesa de madera, justo al lado de un plato con dos tostadas olvidadas, un trozo de papel amarillo llamó mi atención. Era la letra apresurada y decidida de Valentina.
«Clara:
No voy a quedarme a ser testigo de cómo pierdes la cabezota. Me fui a comprar un par de cosas para el desayuno, y de paso, necesito espacio mental para digerir la ecena que escuche e imagine esta mañana. Cuando regrese, tu y yo tendremos una conversación muy, pero muy seria. No te muevas de la cabaña niña, y por lo que más quieras, ponte algo de ropa y recobra la cordura princesita.
Con enojo y amor tu amiga: V.»
Me dejé caer en la silla, con el papel apretado entre mis dedos, soltando un suspiro que me vació los pulmones. Valentina se había ido. Estaba sola. Y lo peor de todo, no sabía si Alessio estaba afuera, en el porche, o si simplemente se había esfumado por un momento, dejándome a merced de mis propios pensamientos.
Me serví una taza de café con las manos aún temblorosas, sintiendo cómo el calor de la cerámica intentaba calmar el temblor de mi interior. La libertad de estar sola duró poco; el sonido de pasos pesados sobre el césped exterior me hizo tensarme, sabiendo perfectamente quién se acercaba de vuelta a la cabaña.
El sonido de los pasos en el porche se detuvo bruscamente. Mi pulso, que apenas empezaba a estabilizarse, volvió a dispararse. La puerta se abrió con un chirrido lento, y la silueta de Alessio llenó el marco, bloqueando la luz de la mañana. Se veía inmensamente grande en ese espacio tan pequeño, con una expresión depredadora que me hizo retroceder hasta chocar contra la encimera.
Sus ojos recorrieron la cocina, se posaron en la nota de Valentina sobre la mesa y, finalmente, se clavaron en los míos. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios. Se acercó a mí sin decir palabra, ignorando el café que humeaba en mi mano.
—Bueno... —murmuró, su voz bajando a un tono gutural que me recorrió la columna como una descarga—. Mientras la charlatana de tu amiga no está... mejor comeré otra cosa.
Antes de que pudiera articular una protesta o intentar escabullirme hacia el pasillo, sus manos grandes y firmes me atraparon por la cintura. Con un movimiento decidido pero sorprendentemente fluido, me levantó y me llevó hacia el viejo sofá de cuero en el rincón de la sala. Me depositó sobre los cojines con una urgencia que no dejaba lugar a dudas; su peso se volcó sobre mí, atrapándome por completo.
—Alessio, espera... ella va a volver, ella... —balbuceé, pero mis palabras murieron en el aire cuando su boca se estrelló contra la mía.
Ya no era el beso suave de la mañana. Era una pasión salvaje, una embestida de labios y lengua que reclamaba posesión. Me besaba con una intensidad que borraba cualquier rastro de mi miedo, ahogando mis dudas en su sabor. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo con una prisa febril, desabotonando, desvistiendo, marcando su territorio en cada centímetro de piel que dejaba al descubierto.
Se separó un instante, jadeando, con la mirada clavada en la mía, sus ojos oscuros chispeando con una intensidad que me dejaba indefensa.
—No me importa el tiempo que tarde —gruñó contra mi cuello, mientras sus besos bajaban, húmedos y ardientes, hacia la línea de mi clavícula—. No me importa nada más que esto. Y voy a asegurarme de que no te quede ni un pensamiento que no sea sobre mí.
El sofá crujió bajo nuestro movimiento cuando él volvió a reclamar mis labios, y en ese instante, mi mundo exterior se desvaneció. El peligro de Valentina, el encierro, mi dignidad... todo dejó de existir, dejando solo el roce de su piel contra la mía y la certeza absoluta de que, esta vez, no habría vuelta atrás.