Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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Combate
El aire en el campo de entrenamiento olía a hierro, sudor y tierra. Ese tipo de olor que se queda impregnado en la piel, el que me recordaba quién era realmente. Las botas golpeaban el suelo, los gritos de mando resonaban al fondo y, entre la rutina, una calma peligrosa me atravesaba el cuerpo. Volver a estar allí, entre soldados, me devolvía el pulso.
James estaba a mi lado, empapado de sudor y con una sonrisa que no se borraba.
-Vas a romper el récord otra vez, Cardona.
-No lo dudo -respondí sin mirarlo, estirando los brazos, concentrada en el siguiente circuito.
-Tú y tus aires de superioridad -rió-. Extrañaba esto.
-Y yo extrañaba verte perder -le lancé, divertida.
Él soltó una carcajada. Por un segundo, reí también. Pero el sonido se apagó cuando Richard apareció con esa maldita caja metálica entre las manos. Los soldados se alinearon de inmediato.
-Competencia de combate cuerpo a cuerpo -anunció con su voz de trueno-. Balotas. El azar decide con quién se enfrentan.
El murmullo de emoción recorrió el grupo. Me acerqué despacio, ajustando los guantes negros que cubrían mis nudillos. Cuando estaba a punto de sacar mi número, una silueta rubia y arrogante se interpuso frente a mí.
La reconocí al instante. La teniente Colins. De esas que piensan que una sonrisa bonita compensa la falta de experiencia.
-Uy, lo siento -dijo con un falso tono dulce-. Pensé que ya habías tomado una.
No respondí. Ni un gesto. Ni una palabra. Solo la miré con la expresión fría que aprendí a usar cuando un enemigo intentaba provocarme. La dejé pasar.
Ella sacó una balota, la abrió y sonrió satisfecha.
-Con James -anunció, lanzándole una mirada descarada.
James bufó.
-Qué suerte la mía -murmuró con fastidio.
Yo avancé sin prisa, hundí la mano en la caja, y cuando saqué la balota y la abrí, mi respiración se detuvo.
-Número seis -leyó el instructor-. Con el coronel Dereck Stein.
HP, HP, HP Y MÁS HP.
Maldita suerte la mía, estoy más salada que cualquier playa a la que vaya. Aghs, HP.
El silencio me atravesó como una bala. Al otro lado del grupo, él levantó la vista. Alto, imponente, con el uniforme táctico gris perfectamente ajustado, las mangas arremangadas hasta los antebrazos y ese porte que solo él tenía: el de un hombre acostumbrado a mandar, no a pedir.
Nuestros ojos se encontraron. Y todo volvió, de golpe: las noches sin dormir en las trincheras, los cuerpos cubiertos de barro, las órdenes susurradas entre disparos... y el momento en que su firma acabó con mi carrera.
No aparté la mirada. No iba a ser la primera en hacerlo.
Nos alineamos frente a frente en el tatami. El resto del grupo formó un círculo alrededor. El instructor marcó las reglas: sin armas, sin agresividad innecesaria, solo técnica.
Claro. Técnica. Lo que no podían regular eran los fantasmas.
-¿Lista, capitana? -preguntó Dereck con voz baja, grave, sin apartar la vista de mí.
-Nací lista, coronel -respondí con frialdad.
El silbato sonó.
Se movió primero, rápido como siempre. Su brazo fue directo a mi cuello en un intento de controlarme, pero giré el cuerpo y lo esquivé por centímetros. Aproveché el impulso y golpeé con la pierna su costado, una patada firme que lo obligó a retroceder.
-Sigues atacando primero -murmuró, incorporándose.
-Y tú sigues creyendo que puedes anticiparme. -Le lancé una mirada desafiante-. Error, Stein.
Volvió a avanzar. Esta vez fue más rápido. Intentó atraparme de la muñeca, pero me agaché y rodé hacia atrás. Él me siguió, su respiración firme, el ceño fruncido. Cada movimiento suyo era puro control. Pero lo conocía demasiado bien: sabía cuándo fingía calma y cuándo estaba conteniendo algo más peligroso.
Golpeó. Bloqueé. Contraataqué. El sonido de los cuerpos chocando contra el tatami se mezclaba con los murmullos de los demás soldados.
Lo derribé con un giro de cadera, sujetándolo por el brazo. Cayó de espaldas, pero me arrastró con él. En un segundo, estábamos cuerpo a cuerpo, su respiración golpeando mi rostro, el calor de su piel colándose por mi cuello.
-Cuidado, capitana -dijo con voz ronca-. Podría pensar que esto te gusta.
-Solo si me dejaras ganar.
Me solté de su agarre y lo inmovilicé con una rodilla en el pecho. Su mandíbula se tensó. La mirada que me lanzó fue fuego puro, esa mezcla de rabia y deseo que conocía demasiado bien.
-Te estás conteniendo -dije, con una sonrisa irónica.
-Tú también. -Sus ojos bajaron a mis labios por un segundo-. Y sabes por qué.
No supe si fue la tensión o el recuerdo, pero el corazón me latía con fuerza. Nos quedamos así, mirándonos, sin movernos. Era una pelea, pero también algo más. Algo que ninguno estaba listo para admitir.
El instructor gritó que el tiempo se agotaba. Me levanté sin mirarlo, ajusté los guantes y di un paso atrás. Él hizo lo mismo, el pecho aún agitado.
-Empate -anunció el instructor.
Dereck se acercó, su sombra cayendo sobre mí.
-Buen reflejo, Cardona. Aunque sigues siendo igual de temeraria.
-Y tú igual de arrogante -respondí, seca.
Él sonrió, apenas. Esa sonrisa de medio lado que siempre había usado antes de romper mis defensas.
-Te queda bien la rabia.
-Y a ti la distancia -repliqué, dándole la espalda.
Mientras salía del tatami, el murmullo de los demás se fue apagando detrás de mí. Lo sentí mirándome, como si todavía estuviéramos peleando sin tocar un arma.