Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo XII Palabras que no se pueden recoger
Punto de vista de Felipe
El frío del balcón parecía haberse instalado en mi pecho, mucho después de que Esther me dejara solo en la penumbra. Las palabras que habían salido de mi boca “un desahogo”, apagar esa atracción” resonaban en mi mente con la fuerza de un veredicto destructivo.
¿En qué demonios estaba pensando?
Pasé una mano por mi rostro, sintiendo la frustración quemarme por dentro. Yo, el abogado implacable, el hombre que medía cada palabra en un estrado para no dar ventaja al enemigo, había cometido el error más torpe e imperdonable con la única mujer que merecía verdad y resguardo. Esther no era una aventurera de la alta sociedad; era una mujer a la que le habían arrebatado cinco años de vida, una sobreviviente que había aprendido a desconfiar de las promesas humanas tras sufrir el engaño más cruel. Y yo, en un arrebato de orgullo estúpido para no admitir la vulnerabilidad que me provocaba tenerla cerca, había calificado su piel y su dolor como un simple escape físico.
El resto de la noche en la gala fue una tortura silenciosa. Observé a Esther a la distancia mientras cumplíamos con el protocolo de despedida. Mantenía la postura erguida, la sonrisa glacial perfectamente calculada para la prensa y los inversionistas, pero sus ojos grises se habían vuelto de piedra. Ya no había en ellos la pequeña chispa de confianza que habíamos construido en la mansión. Se había vuelto a poner la armadura de hierro.
En el trayecto de regreso en el auto, el silencio entre los dos fue más pesado que cualquier discusión. Cada vez que intenté abrir la boca para hablar, la frialdad de su mirada hacia la ventanilla me congelaba las palabras en la garganta.
No fue sino hasta que cruzamos el umbral de la residencia Vane y el chofer cerró la puerta principal tras de nosotros que me armé de valor para enfrentarla.
—Esther, espera —dije, acelerando el paso para alcanzarla al pie de la escalinata principal.
Ella se detuvo sin girarse del todo. La luz tenue de la araña de cristal del recibidor hacía destellar el collar de esmeraldas que aún llevaba en el cuello, pero su figura se veía distante, inalcanzable.
—Es tarde, Felipe. Estoy cansada y mañana tenemos mucho que revisar con los expedientes —respondió con una voz plana, desprovista de cualquier matiz emocional.
—No te vayas aún. Lo que dije en el balcón... fue un error cobarde —admití, dando un paso hacia ella y recortando la distancia—. Me expresé de la peor manera posible. No quise insinuar que fueras un pasatiempo o un desahogo para mí. Me dejé llevar por el miedo de romper los límites que fijamos para este contrato.
Esther se giró lentamente. La serenidad de su rostro era mucho más aterradora que cualquier grito de rabia.
—No tienes que disculparte, Felipe. Al contrario, debí agradecerte por la claridad —dijo con una leve sonrisa amarga que no le llegaba a los ojos—. Durante un segundo absurdamente débil, olvidé dónde estaba parada. Olvidé que las personas en este mundo solo se acercan a otras para obtener algo a cambio. Tú me necesitabas para este caso y yo te necesitaba para salir de prisión. Eso es todo.
—Sabes perfectamente que no es solo eso —insistí, sintiendo una opresión real en el centro del pecho—. Lo que ocurrió cuando te besé no fue actuación ni conveniencia. Hay algo real entre nosotros, Esther. Sentí tu respuesta, sentí cómo te aferrabas a mí.
—Lo que sentiste fue la desesperación de una mujer que pasó cinco años en la oscuridad y que confundió la mano de su abogado con algo verdadero —interrumpió con dureza, clavándome una mirada helada—. Me dijiste que dejáramos que nuestros cuerpos hablaran. Y tu cuerpo habló alto y claro: me viste como alguien sola, rota y vulnerable a quien podías usar para apagar un impulso de momento.
—¡No es verdad! —exclamé, dando un paso más y deteniéndome justo antes de tocarle el brazo, temiendo que mi roce la alejara más—. Me equivoqué al usar esa palabra. Intente poner una barrera porque no quiero lastimarte, porque sé por todo lo que has pasado. Pero no te veo como alguien rota, Esther. Te veo como la mujer más valiente y fascinante que he conocido.
Esther dejó escapar una risa corta, cargada de un veneno amargo que me atravesó el alma.
—Ahorra los discursos para el tribunal, Vane. Esos argumentos no funcionan conmigo —su voz bajó a un susurro tajante—. La gente como Gabriel me enseñó que las palabras bonitas son solo el envoltorio de la traición. Y tú, con todo tu pragmatismo, me acabas de recordar que en este juego no puedo confiar en nadie. Ni siquiera en ti.
Se llevó las manos a la nuca y, con un gesto rápido y decidido, desabrochó el collar de esmeraldas. Extendió la mano y dejó caer la valiosa joya sobre la mesa de entrada. El golpe del metal contra la madera resonó en el vestíbulo como el cierre definitivo de una puerta.
—Tu abuela estaría desencantada de ver su joya en el cuello de alguien a quien tratas como un simple desahogo —sentenció sin pestañear—. De ahora en adelante, mantengamos las cosas estrictamente profesionales. Tú pones la ley y yo pongo la cara ante los medios. Nada más.
—Esther... —intenté llamarla, dando un paso hacia adelante.
—No me me vuelvas a tocar, Felipe —advirtió, mirándome directamente a los ojos con una firmeza implacable—. Mi corazón se quedó congelado en aquella celda hace cinco años. No busques sentimientos donde solo queda odio y ganas de justicia.
Sin esperar una respuesta, se giró y subió los escalones con paso firme y elegante, sin mirar atrás ni un solo segundo.
Me quedé de pie en medio del enorme vestíbulo, escuchando el eco distante de la puerta de su habitación al cerrarse. La solidez del imperio Vane, el prestigio de mi apellido y todas las victorias judiciales de mi carrera no servían de nada en ese instante. Sostuve la caja de terciopelo y recogí el collar de la mesa, sintiendo el frío de las piedras preciosas contra la palma de mi mano.
Había logrado sacar a Esther de la cárcel física, pero con mi propio orgullo la había empujado de vuelta a la prisión de su desconfianza. Y lo peor de todo era saber que tenía toda la razón para no volver a creer en mí.
Punto de vista de Esther
Cerré la puerta de la habitación con seguro y apoyé la espalda contra la madera, dejando que la oscuridad del cuarto me envolviera por completo.
Apreté los puños contra el marco hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Una lágrima solitaria, traicionera y caliente, se me resbaló por la mejilla, pero me la limpié con el dorso de la mano de inmediato, enfadada conmigo misma por permitirme esa debilidad.
—No más — un susurro se escapó de mi en medio de la penumbra—. No más lágrimas por ningún hombre.
Las palabras de Felipe en el vestíbulo resonaban aún en el aire, pero no pensaba dejarme engañar por sus disculpas tardías. Gabriel también me prometió amor antes de culparme de un crimen para salvar su pellejo. Los hombres de poder hablaban el mismo idioma: usaban la belleza, la vulnerabilidad y la necesidad de las personas para su propio beneficio. Felipe no era diferente, solo era más educado y vestía trajes más caros.
Me acerqué al tocador, me despojé del vestido esmeralda y me miré al espejo. La mujer que me devolvía la mirada ya no tenía el rostro asustado de la joven de hace cinco años. Tenía la mirada dura, la piel curtida por el dolor y la certeza absoluta de que el único camino hacia la redención era la venganza ciega.
Si Felipe quería un pacto profesional, eso era exactamente lo que le daría. Usaría su apellido, su dinero y su firma legal hasta ver a Gabriel y a Victoria destruidos. Pero no le entregaría ni un solo pedazo de mi alma.
Caminé hacia la cama, me acosté sobre las sábanas frías y cerré los ojos. Mañana la guerra continuaría, y esta vez, me aseguraría de no dejar ningún flanco descubierto. Sin amor, sin confianza y sin piedad.
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
ojalá Felipe vea venir este golpe y Erika abre los ojos tu marca de ropa está por desaparecer de tus manos