Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
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Capítulo 15: La expulsión
Esa noche, la cena familiar en la mansión Harrison transcurrió en un silencio tenso. Natalia apenas probaba bocado. Su estómago estaba revuelto, no solo por las náuseas del embarazo, sino por el nudo de ansiedad que sentía en el pecho. Sabía que no podía seguir ocultándolo mucho más tiempo. Las náuseas matutinas se estaban haciendo más evidentes y pronto su cuerpo comenzaría a cambiar.
Tomó aire profundamente y dejó el tenedor sobre el plato.
—Papá… mamá… tengo algo importante que decirles.
Todos levantaron la vista. Lia, que ya sabía la verdad, se tensó visiblemente. Arthur frunció el ceño. Ernesto y Clara la miraron con curiosidad.
—¿Qué ocurre, princesa? —preguntó Ernesto con su habitual tono cariñoso.
Natalia tragó saliva. Sus manos temblaban debajo de la mesa.
—Estoy… estoy embarazada.
El silencio que cayó sobre el comedor fue ensordecedor. Clara dejó caer su copa de vino, que se estrelló contra el suelo. Arthur soltó una maldición por lo bajo. Lia bajó la mirada, apenada.
Ernesto Harrison se puso de pie lentamente, con el rostro rojo de furia.
—¿Qué acabas de decir?
—Estoy embarazada, papá —repitió Natalia con la voz quebrada—. De casi tres semanas.
La reacción fue inmediata y brutal.
Ernesto rodeó la mesa en dos zancadas y, sin pensarlo dos veces, levantó la mano y le dio una fuerte bofetada a su hija menor. El sonido resonó en todo el comedor.
—¡¿Embarazada?! —gritó, fuera de sí—. ¡¿Cómo te atreves a traer esta vergüenza a esta casa?! ¡Después de todo lo que hemos hecho por ti! ¡Te hemos dado la mejor educación, la mejor vida, y tú… tú te comportas como una cualquiera!
Natalia se llevó la mano a la mejilla, que ardía intensamente. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro.
—Papá… por favor…
—¿Con quién? —exigió Ernesto, con la voz temblando de rabia—. ¡Dime ahora mismo con quién te acostaste, Natalia!
Ella negó con la cabeza, sollozando.
—No… no puedo decírtelo. Por favor, no me obligues.
Ernesto soltó una risa amarga y llena de desprecio.
—¿No puedes decírmelo? ¡Perfecto! Entonces ya no eres mi hija. Desde este momento, Natalia Harrison ha dejado de existir para mí. Ya no eres bienvenida en esta casa.
Clara se levantó también, pálida y con los ojos llenos de decepción.
—Ernesto… por favor…
—¡Silencio! —gritó él—. ¡Esta es mi casa y mi familia! ¡No voy a permitir que una hija soltera y embarazada manche el apellido Harrison! Tienes dos días para irte de aquí. Dos días. No recibirás ni un centavo de mi parte. Ningún apoyo económico, ningún contacto. Y si alguien de esta familia se atreve a ayudarte —miró directamente a Lia y Arthur—, tendrá problemas muy serios conmigo. ¿Quedó claro?
Lia intentó intervenir con lágrimas en los ojos:
—Papá, por favor, es tu hija…
—¡He dicho que quedó claro! —rugió Ernesto, golpeando la mesa con el puño.
Natalia se levantó temblando. Su mejilla estaba roja e hinchada. Miró a su madre, quien apartó la mirada con vergüenza, y luego a sus hermanos. Nadie se atrevió a contradecir a Ernesto Harrison cuando estaba así de furioso.
Sin decir una palabra más, Natalia subió corriendo las escaleras hacia su habitación. Cerró la puerta con llave y se dejó caer al suelo, rompiendo en un llanto desgarrador.
Se abrazó las rodillas y lloró con amargura, sintiendo un dolor que nunca había experimentado.
—Estoy sola… —sollozaba—. Completamente sola… Mi propio padre me repudió. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a criar a este bebé sin nada?
Las lágrimas no paraban de caer. Se sentía pequeña, asustada y traicionada por las personas que más quería en el mundo.
Su teléfono vibró sobre la cama. Lo tomó con manos temblorosas y vio un mensaje de Alejandro:
Alejandro: Vi todo lo que pasó en la mesa. Acepta mi oferta. Ven a Italia conmigo. Puedo darte un lugar seguro para ti y para el bebé. No tienes que enfrentar esto sola.
Natalia se quedó mirando la pantalla durante varios minutos. Hace apenas unos días, la idea de irse a Italia le parecía ridícula, casi absurda. Dejar su país, su universidad, sus amigos… todo por un hombre que apenas conocía. Pero ahora, después de la bofetada de su padre y de ser expulsada de su propia casa, esa oferta se había convertido en su única salida real.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y respondió con dedos temblorosos:
Natalia: ¿De verdad me ayudarías? Ya no tengo nada aquí.
La respuesta de Alejandro llegó casi de inmediato:
Alejandro: Sí. Mañana mismo podemos hablar de los detalles. No estás sola, Natalia. No más.
Natalia dejó caer el teléfono sobre su regazo y se abrazó el vientre con ambas manos. Por primera vez desde que descubrió su embarazo, sintió una mezcla de miedo y una pequeña chispa de esperanza.
—Parece que solo nos tenemos el uno al otro, pequeño —susurró con la voz rota—. Tu papá y yo… vamos a tener que intentarlo.
Abajo, en la cabaña de invitados, Alejandro se quedó mirando su teléfono con expresión seria. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa. Sabía que su tiempo era limitado por su enfermedad. Pero ver cómo Ernesto trataba a Natalia lo había enfurecido profundamente.
—No voy a dejar que te hagan daño —murmuró para sí mismo—. Ni a ti… ni a mi hijo.
Esa noche, mientras Natalia lloraba hasta quedarse dormida en su habitación, Alejandro se quedó despierto planeando los próximos pasos. Italia ya no era solo una opción. Se había convertido en una necesidad.
El destino de Natalia Harrison acababa de dar un giro drástico.