Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
Pero un veneno en su cuerpo, la hace perder completamente la vida y reencarnar en el cuerpo de una sirvienta de su propio palacio.
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Capítulo 16
Isabela sintió que la advertencia de Malakor le recorría la piel como una chispa encendida. A pesar de la imponente y amenazante presencia de los enormes huevos que latían con furia a pocos metros de distancia, la princesa de hielo se negó a retroceder ni un solo paso.
—Si tus bestias buscan debilidad, se van a decepcionar profundamente —respondió ella con la voz firme, elevando la barbilla mientras clavaba su mirada desafiante en los ojos ámbar del rey.
Con pasos lentos, medidos y absolutamente deliberados, Isabela comenzó a avanzar hacia el centro de la plataforma rocosa. El calor que irradiaba el lecho volcánico era casi asfixiante, obligándola a respirar con profundidad mientras el aroma acre del azufre llenaba sus pulmones. A su espalda, Malakor la observaba en completo silencio, sin apartar ni un segundo la mirada, atento a cada movimiento de la mujer que había revolucionado su imperio en cuestión de días.
Al llegar al borde de la nidada, el sonido de los latidos se volvió ensordecedor. Parecía un tambor de guerra gigantesco, un eco sincrónico que resonaba directamente en el pecho de Isabela.
Los cinco enormes huevos de obsidiana y piedra estriada pulsaban con una luz interna cada vez más brillante. Las vetas carmesíes y doradas que los surcaban parecían a punto de estallar, liberando oleadas de calor que hacían ondular el aire alrededor de ellos. Uno de los huevos, situado justo en el centro, crujió de repente. Una fina línea de fractura se abrió en su superficie, dejando escapar un hilo de humo denso y un siseo primitivo.
Isabela contuvo el aliento. El instinto más básico le gritaba que se apartara, que retrocediera antes de que el caparazón cediera por completo y las fauces de una criatura recién nacida se abrieran ante ella. Sin embargo, apretó los puños con fuerza, obligándose a mantener los pies plantados sobre la roca caliente. No iba a mostrar miedo frente al corazón mismo de Asgardia.
Sintiendo la cercanía pesada de Malakor, que se había colocado a su lado sin tocarla, Isabela extendió lentamente una mano enguantada de cuero hacia el huevo que estaba a punto de romperse.
—Si vas a reclamar este nido como tuyo, demuéstrale al fuego que no le temes a lo que nace de él —murmuró Malakor junto a su oído, con la voz baja, ronca y cargada de una expectación febril.
Con el corazón latiéndole desbocado en las costillas, Isabela apoyó las yemas de los dedos directamente sobre la superficie rugosa y ardiente del huevo.
El impacto de la energía mágica y el calor bruto fue instantáneo. Una descarga de poder recorrió todo su brazo, haciendo que las runas invisibles de su propia voluntad chocaran contra el pulso primigenio de la bestia. El huevo emitió un crujido seco y ensordecedor, y de la grieta principal brotó una chispa de fuego puro que iluminó de rojo la caverna entera, marcando el inicio de lo que cambiaría el destino de Asgardia para siempre.
La chispa de fuego puro estalló de la grieta con la fuerza de un latigazo, iluminando la inmensa caverna con un fulgor carmesí que destelló en los ojos oscuros de Isabela. El impacto de la energía la hizo arquear ligeramente la espalda, pero no apartó la mano. Mantuvo los dedos firmemente plantados sobre la cáscara rugosa, sintiendo cómo el pulso frenético de la criatura en su interior latía al mismo ritmo salvaje que su propio corazón.
Con un crujido estruendoso que resonó como un trueno contra las paredes de obsidiana, el caparazón cedió por completo.
Un torrente de humo espeso y ceniza caliente brotó del interior, obligando a Isabela a entrecerrar los ojos. De la fractura emergió una pequeña y poderosa cabeza cubierta de escamas oscuras y húmedas, con crestas óseas que apenas comenzaban a endurecerse. El recién nacido sacudió el hocico, emitiendo un chillido agudo y gutural que retumbó en la cueva, antes de fijar dos enormes ojos dorados —brillantes como monedas de oro viejo— directamente en la figura de la princesa.
La horda entera habría considerado el chillido de una cría recién salida del cascarón como una señal de furia, un momento de peligro mortal donde la bestia, ciega y hambrienta, podría atacar a quien tuviera enfrente.
Isabela contuvo la respiración. No se movió ni un centímetro. Sostuvo la mirada de la pequeña bestia alada, transmitiendo en su postura rígida una calma helada, una determinación inquebrantable que no albergaba una sola gota de miedo.
El dragón inclino la cabeza hacia un lado, analizando el aroma a hielo, ceniza y sangre que desprendía la mujer frente a él. Por un segundo, el aire pareció suspenderse. Luego, con un movimiento torpe pero deliberado, la criatura estiró el hocico y rozó tentativamente los nudillos de los guantes de cuero de Isabela, exhalando una bocanada de vapor tibio.
Había sido aceptada. El primer dragón de la nueva nidada reconocía el pulso de la reina.
A su lado, Malakor exhaló un suspiro denso y profundo, un sonido cargado de una tensión que no sabía que acumulaba en el pecho. Su mirada ámbar brillaba con una mezcla de asombro absoluto y un orgullo tan feroz que bordeaba la devoción. Ninguna otra mujer en la historia de Asgardia, ni siquiera las antiguas matriarcas de la horda, habían logrado dominar el juicio de una cría en su primer latido.
—Por los dioses de la sangre y el fuego... —murmuró el rey con voz ronca, rompiendo el silencio solemne de la caverna—. El hielo realmente vino a incendiar mi imperio.