EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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NUNCA FUE COINCIDENCIA
El silencio que siguió a aquellas palabras fue insoportable.
Nunca fue una coincidencia.
Valeria miró a Adrián.
Él seguía con el arma en la mano, observando las escaleras.
Pero ya no parecía concentrado únicamente en el ruido del piso superior.
También había escuchado la frase.
—¿Qué quiso decir mi padre? —preguntó Valeria.
Adrián no respondió.
—Adrián.
—No lo sé.
Gabriel soltó una risa amarga.
—Sí lo sabes.
Adrián giró lentamente hacia él.
—Cállate.
—Tu padre te pidió que la encontraras.
Valeria sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué?
Gabriel la miró.
—Alejandro sabía que algún día el pasado volvería por ti.
Adrián apretó la mandíbula.
—Yo tenía veintidós años.
—Precisamente.
—No sabía quién era ella.
—Pero sabías que debías protegerla.
Valeria miró a Adrián.
—¿Me estabas buscando desde aquella noche?
Él bajó lentamente el arma.
—No.
—Entonces, ¿qué hiciste?
Adrián respiró profundamente.
—Mi padre me pidió que nunca olvidara una cosa.
—¿Cuál?
—Que, si algún día una mujer con un pequeño colgante aparecía en mi vida...
Se detuvo.
—Debía protegerla.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—¿Y cuando me viste en aquel ascensor?
—Reconocí el colgante.
Ella bajó la mirada hacia su cuello.
—Por eso sabías quién era.
Adrián asintió.
—Sí.
—Entonces mentiste cuando dijiste que no me conocías.
—Sí.
La respuesta dolió más de lo que Valeria esperaba.
—¿Desde cuándo?
—Desde el primer día.
Ella dio un paso atrás.
—¿Y me seguiste durante tres semanas?
—Porque necesitaba asegurarme de que nadie más te había encontrado.
—Podrías haberme dicho la verdad.
—No sabía en quién confiar.
—¿Ni siquiera en mí?
Adrián la miró.
—Especialmente en ti.
Valeria frunció el ceño.
—¿Por qué?
Adrián se acercó.
—Porque eras la única persona capaz de hacerme olvidar todas las razones por las que debía mantenerme lejos.
El enojo de Valeria vaciló.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte ahora.
Gabriel observaba en silencio.
—Qué conmovedor.
Adrián lo miró con furia.
—No vuelvas a intervenir.
—Si quieres saber toda la verdad, tendrás que escucharme.
—No necesito nada de ti.
Gabriel señaló la escalera.
—Entonces sube.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué sabes?
—Sé quién está arriba.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Gabriel la miró.
—Esteban.
Adrián levantó inmediatamente el arma.
—No.
—Sí.
—Esteban está contigo.
—Ya no.
Un golpe fuerte resonó desde arriba.
Esta vez no hubo dudas.
Alguien estaba caminando.
Adrián tomó la mano de Valeria.
—Quédate detrás de mí.
Subieron lentamente.
Gabriel fue detrás.
Cada escalón parecía aumentar la tensión.
Cuando llegaron al pasillo, la puerta del antiguo despacho estaba abierta.
Adrián levantó el arma.
—Esteban.
Nadie respondió.
Entró primero.
La habitación estaba vacía.
Pero sobre el escritorio había algo.
Una fotografía.
Y debajo, una nota.
Adrián la tomó.
Leyó.
Su rostro cambió.
—¿Qué dice? —preguntó Valeria.
Adrián se la entregó.
Solo había una frase.
“La llave no abre una puerta. Abre un recuerdo.”
Valeria sintió que el corazón se le aceleraba.
—Eso no tiene sentido.
Gabriel tomó la fotografía.
Era la misma casa de la noche del accidente.
Pero había un detalle diferente.
En la parte trasera aparecía una pequeña inscripción.
Habitación 7.
Valeria cerró los ojos.
Y nuevamente el recuerdo regresó.
La misma casa.
La misma noche.
Ella caminando por un pasillo.
Una puerta con el número siete.
Su padre detrás de ella.
—Valeria, entra.
—¿Por qué?
—Porque necesito que recuerdes algo.
—No quiero.
Julián se arrodilló frente a ella.
—Algún día tendrás que hacerlo.
Le colocó una pequeña caja entre las manos.
—¿Qué es?
—No la abras todavía.
—¿Cuándo?
—Cuando encuentres a la persona que lleva la otra mitad.
Valeria miró confundida.
—¿La otra mitad de qué?
Julián sonrió tristemente.
—De la promesa.
El recuerdo cambió.
La puerta de la habitación siete se abrió.
Dentro había una mesa.
Sobre ella estaba el libro.
Valeria lo vio.
Pero había algo más.
Una fotografía.
Ella la tomó.
Era una fotografía de un muchacho.
Adrián.
Su padre estaba detrás de ella.
—¿Quién es?
—Su nombre es Adrián.
—¿Es amigo tuyo?
—No.
—¿Entonces?
Julián la miró con una tristeza que ella no comprendía.
—Es la persona que algún día tendrá que encontrarte.
Valeria recordó haber mirado nuevamente la fotografía.
—¿Por qué?
Su padre había tardado en responder.
—Porque cuando llegue el momento, necesitarás a alguien que no tenga miedo de perderlo todo por ti.
La imagen se desvaneció.
Valeria abrió los ojos.
—La habitación siete.
Adrián se acercó.
—¿Qué recuerdas?
—El libro estaba allí.
Gabriel se tensó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y la casa?
Valeria negó.
—No era esta casa.
Adrián frunció el ceño.
—¿Entonces cuál?
Valeria cerró los ojos nuevamente.
Intentó regresar al recuerdo.
Pero esta vez apareció algo diferente.
Una ventana.
Un jardín.
Una fuente de piedra.
Y una placa metálica.
Montenegro.
Valeria abrió los ojos.
Miró a Adrián.
—La casa de tu padre.
Adrián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—El libro estuvo en la casa de Alejandro.
Gabriel dio un paso atrás.
—Eso no puede ser.
Valeria lo miró.
—Sí puede.
—Yo registré esa casa.
—Pero no encontraste la habitación siete.
Gabriel palideció.
Adrián se quedó pensando.
—En la casa de mi padre no existe ninguna habitación siete.
Valeria lo miró fijamente.
—Sí existe.
—La conozco desde niño.
—Entonces tu padre hizo algo para que no pudieras verla.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Adrián recordó algo.
Un pasillo del ala oeste.
Una puerta que nunca había podido abrir.
Su padre siempre le había dicho que allí no había nada importante.
Pero ahora...
Todo comenzaba a encajar.
—Hay una habitación —dijo finalmente—. Mi padre siempre mantuvo esa parte cerrada.
Gabriel lo miró.
—¿Y nunca intentaste entrar?
—No.
Valeria tomó su mano.
—Entonces tenemos que ir allí.
Adrián la miró.
—Es peligroso.
—Toda mi vida ha sido peligrosa desde aquella noche.
Él sostuvo su mirada.
—No quiero perderte.
Valeria se acercó.
—Entonces no me sueltes.
Adrián acarició suavemente su rostro.
Durante un instante, todo volvió a desaparecer.
El miedo.
El pasado.
Gabriel.
El libro.
Solo quedaron ellos.
Adrián la besó.
Fue un beso breve, intenso y lleno de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.
Cuando se separaron, Valeria apoyó la frente contra la suya.
—Ahora sí me debes toda la verdad.
Adrián sonrió apenas.
—Te la daré.
Un ruido interrumpió el momento.
Gabriel miró hacia la puerta.
—Tenemos que irnos.
Adrián se giró.
—¿Por qué?
Gabriel señaló la ventana.
Afuera había dos vehículos negros.
Después aparecieron otros dos.
Valeria sintió que el miedo regresaba.
—¿Quiénes son?
Gabriel respondió:
—Los hombres que han estado buscando el libro.
Adrián apagó las luces.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
Valeria tomó su mano.
—¿Y ahora qué hacemos?
Adrián miró hacia la salida.
Después hacia ella.
—Vamos a la casa de mi padre.
Gabriel negó.
—No.
Adrián lo miró.
—¿Por qué?
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—Porque si el libro realmente está allí...
Miró a Valeria.
—...ellos ya lo saben.
En ese instante, una ventana del piso inferior explotó.
Los tres se agacharon.
Valeria gritó.
Adrián la protegió con su cuerpo.
Y mientras los cristales caían alrededor de ellos, una voz se escuchó desde afuera:
—¡Entréguennos a la chica!
Adrián miró a Valeria.
Ella lo miró de vuelta.
Y comprendió que aquella noche ya no había ningún lugar donde esconderse.
Porque el pasado acababa de encontrarlos.