Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 13
Después de aquella cena, los días siguientes transcurrieron prácticamente de la misma manera.
Sayon bajaba a cenar junto a Lebrón y también invitaba a Laila, aunque la pobre Beta comía con cierto miedo, siempre pendiente de las reacciones del Alfa. Lebrón, por su parte, prácticamente los trataba a ambos como si no existieran y se marchaba en cuanto terminaba de comer.
Por las mañanas, Sayon también comenzó a desayunar fuera de su habitación. Sin embargo, había una regla que seguía manteniéndose: no podía salir de la mansión. Solo podía abandonar su habitación cuando Lebrón estaba presente y, cuando este se marchaba, volvían a encerrarlo allí, aunque Laila tenía permitido permanecer con él.
Cuando Lebrón estaba en casa, Sayon podía pasearse por la mansión, aunque seguía sin tener permitido salir al exterior. Sayon sabía que aquello tenía relación con la amenaza que Lebrón le había hecho en la terraza, pero tampoco parecía demasiado preocupado por ello.
Un día, mientras Lebrón trabajaba en su despacho junto a Caleb, Sayon entró sin previo aviso. Los dos Alfas levantaron la mirada al mismo tiempo, sorprendidos por su presencia, pero Sayon actuó como si aquello fuera lo más normal del mundo. Caminó hasta el sillón situado en una de las esquinas, se tumbó cómodamente, tomó uno de los libros que había sobre una pequeña mesa y comenzó a leer.
Lebrón lo observó con los ojos entrecerrados, claramente molesto por aquella interrupción, pero al final decidió continuar con su trabajo como si Sayon no estuviera allí.
Y así pasaron los días.
Cenaban juntos, desayunaban juntos y, cuando Lebrón trabajaba en su despacho, Sayon aparecía, se acomodaba en el sillón y se ponía a leer algún libro. A veces intentaba hablar con él, comentándole pequeñas cosas o haciendo preguntas sin demasiada importancia, pero Lebrón apenas respondía y, la mayoría de las veces, simplemente lo ignoraba.
Con el tiempo, Sayon dejó de insistir y simplemente lo dejó estar.
—La señora Kambell solo se siente tranquila cuando está cerca de su pareja —le había explicado el médico encargado de Sayon a Lebrón—. Está pasando por un proceso bastante complicado y, en estas circunstancias, es normal que necesite mucho de su Alfa.
Aquella mañana, durante el desayuno, Sayon estaba diferente.
Parecía distraído, incluso ausente, y cualquiera podía notarlo a simple vista.
Lebrón permanecía, como siempre, en silencio, mientras Sayon solía llenar aquel silencio hablando aunque no recibiera respuesta alguna. Sin embargo, aquella mañana el Omega no había dicho una sola palabra. Comía lentamente mientras mantenía la mirada perdida en algún punto de la mesa.
Lebrón le lanzó varias miradas discretas. No entendía qué le ocurría.
¿Por qué estaba tan callado?
Terminó su desayuno y, como de costumbre, se levantó para marcharse a trabajar. Sayon tampoco intentó detenerlo ni volvió a molestarlo como hacía normalmente.
Aunque Lebrón quería saber qué estaba pasando, no dijo nada. Ya se lo preguntaría al médico.
Poco después, Lebrón, Caleb y varios hombres vestidos completamente de negro subieron a los automóviles y abandonaron la mansión.
—Señor Sayon, ¿se encuentra bien? —preguntó Laila al verlo tan callado.
—Sí —respondió Sayon sin muchas ganas.
Era evidente que algo le preocupaba.
Y la razón tenía nombre.
Dion.
Ya no le quedaba mucho tiempo. Tenía que marcharse muy pronto.
—¿Qué tal si damos un paseo por la casa? —propuso Laila, intentando animarlo.
—¿Un paseo? —Sayon levantó ligeramente la mirada.
—Sí. Así podrá conocer un poco más su casa —dijo la mujer.
Sayon dudó.
—Pero... creo que Lebrón no está.
Recordaba perfectamente la amenaza que aquel hombre le había hecho en la terraza. No le importaba demasiado, pero tampoco tenía intención de provocar una situación innecesaria.
Entonces miró por la ventana.
Había un lugar que llevaba días observando desde allí. Siempre había querido acercarse.
—Está bien. Vamos —dijo finalmente, esbozando una ligera sonrisa.
Laila sonrió y comenzó a mostrarle la mansión.
Era mucho más grande de lo que Sayon había imaginado y también había muchos más sirvientes de los que había visto hasta entonces. La mayoría se mantenían alejados de él por orden de Lebrón, por lo que Sayon apenas había tenido oportunidad de conocer a nadie.
Mientras recorría los diferentes pasillos, se veía un poco más animado. No le gustaba que los empleados lo ignoraran o que algunos incluso parecieran hostiles hacia él, pero tampoco dijo nada. Después de todo, probablemente ellos solo estaban cumpliendo órdenes.
Laila continuó con el recorrido. Sayon se quedó impresionado al descubrir lo enorme que era la mansión, pues hasta ese momento solo conocía su habitación, el comedor y el despacho de Lebrón.
Entonces pasaron frente a una vinoteca.
Sayon se detuvo de inmediato.
Retrocedió unos pasos y entró.
—¡Señor Sayon! —lo llamó Laila, siguiéndolo apresuradamente—. Este lugar contiene la colección de vinos del señor Kambell. Él los atesora muchísimo y, si algo llega a romperse, se enfadará muchísimo.
—Relájate, Laila. Solo voy a mirar —respondió Sayon.
La Beta respiró profundamente y decidió dejarlo observar, aunque permaneció atenta por si hacía algún movimiento peligroso.
Sayon contempló las botellas con auténtica fascinación. En su otra vida le habían encantado los vinos: su aroma, su sabor, su elegancia, incluso la variedad de colores y tonalidades que podían tener.
Una botella en particular llamó su atención.
Extendió la mano para tomarla.
—Señor Sayon...
—Tranquila, Laila. No voy a romperla.
Pero antes de que pudiera cogerla, una voz desconocida resonó detrás de ellos.
—¿Qué están haciendo aquí?
Una mujer apareció por una puerta situada al fondo de la vinoteca. Al verlos, abrió mucho los ojos.
—No pueden estar aquí.
Después miró a Laila con desconcierto.
—Laila, ¿quién es ese? ¿Es nuevo? ¿Es un Omega?
Laila miró rápidamente a Sayon y luego a la mujer. Sin perder tiempo, apartó a la sirvienta unos pasos y comenzó a hablar con ella en voz baja.
Sayon observó la escena en silencio.
Pudo ver cómo la expresión de la joven cambiaba poco a poco. Primero fue sorpresa, después desconcierto y finalmente miedo.
Y entonces lo comprendió.
Para aquella gente, Sayon era prácticamente un desconocido.
Un Omega que vivía en aquella mansión, pero cuya existencia parecía haber sido escondida de todos.
Una persona que había sido aislada durante quién sabía cuánto tiempo.
Harold se había preguntado muchas veces el motivo de aquello. Quería que Sayon, estuviera donde estuviese, pudiera sentirse libre, pero la realidad era que incluso dentro de aquella enorme mansión parecía estar encerrado.
Sayon dejó de prestar atención a la conversación de Laila.
Algo había llamado su atención.
La puerta.
Aquella puerta por la que había entrado la sirvienta seguía abierta.
Sayon la observó fijamente.
Por alguna razón, sintió una extraña curiosidad.
Como si, al otro lado de ella, hubiese algo que llevaba mucho tiempo esperando a que lo descubriera.
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho