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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:87
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 6

Capítulo 6 — Lo que ve la leona

Para la media tarde ya me dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes.

La escena de la mañana no me soltaba. Todavía sentía la mano de él en la nuca, todavía escuchaba su voz obligándome a repetir aquello. Y ahora, encerrada en la sala de la Casa de las Orquídeas con dos sirvientas fingiendo que ordenaban unos cojines que ya estaban ordenados, esperaba el siguiente golpe.

Llegó por la pantalla.

El muro del fondo, que yo había tomado por un espejo enmarcado, se encendió con un chasquido. Ahí estaba él, en su torre, recostado en una silla que parecía un trono barato, mirándome como quien mira un pez en una pecera.

—Mía. —La voz salió limpia del techo, de todas partes, y le puso al nombre falso un filo que me erizó la piel—. Delante de la gente, dime. ¿Qué eres tú de mí?

Las sirvientas se quedaron muy quietas. Una bajó la cabeza.

Podía haberme callado. Podía haberle escupido lo que de verdad pensaba. Pero llevaba cinco días aprendiendo que la rabia era un lujo que no me podía pagar. Así que dejé que se me humedecieran los ojos —eso siempre lo tuve fácil— y me clavé una uña en la palma para que la voz me temblara justo lo necesario.

—Soy… de usted, señor —murmuré, con la barbilla temblando—. Lo que usted quiera que sea.

Un silencio. Casi lo vi sonreír.

—Otra vez.

—Soy de usted.

—Bien. —La pantalla se apagó tan de golpe como se había encendido—. Que coma. Está muy flaca.

Que coma. Como se dice de un animal de establo.

En cuanto la puerta se cerró detrás de las sirvientas, me limpié los ojos con el dorso de la mano y respiré hondo. No había llorado ni una gota de verdad. Esa era la única victoria que me quedaba: que ninguna de mis lágrimas fuera para él.

La palabra "amo" de la mañana todavía me raspaba la garganta. Me la había arrancado en aquel salón, de rodillas, con su mano en la nuca; y aunque la había escupido para sobrevivir, se me había quedado pegada al paladar como un mal sabor que ningún agua se lleva. Me juré, por milésima vez desde la jaula de hierro, que iba a salir de ahí. Que un día esa palabra la diría él, pidiéndome perdón, y que yo estaría demasiado lejos para oírla.

Necesitaba aire. Necesitaba estar donde ninguna cámara me dijera qué cara poner.

Salí al jardín. Doña Delia me había explicado la ruta de "el paseo" —siempre la misma, siempre con un guardia a diez pasos—, pero esa tarde el guardia se entretuvo con una llamada y yo doblé por un sendero de piedra que bajaba entre buganvilias. El calor de la Sierra pesaba como una cobija mojada. Al final del camino había un muro bajo, una reja gruesa, y detrás de la reja, un mundo que no esperaba.

El coto de fieras.

Un puma dormitaba a la sombra de una ceiba. Más allá, en un foso ajardinado, un par de bultos dorados que tardé en reconocer: leones. Y pegada a los barrotes, echada como una reina harta de su corte, una leona.

Me acerqué despacio. Ella levantó la cabeza. Ojos color miel, viejos, tranquilos. No me tuvo miedo. Yo tampoco a ella; le tuve, más bien, una especie de envidia.

—Hola, preciosa —le dije bajito, en cuclillas frente a la reja—. Tú también estás encerrada, ¿verdad? Con tu comida servida y todo.

La leona parpadeó.

Y entonces se me soltó la lengua, como se me soltaba de niña cuando le contaba mis cosas a Chato, el perro guardián de la casa, el único que nunca repetía nada.

—Yo estudiaba para veterinaria, ¿sabes? En Veracruz. —Me reí sola, una risa fea—. Iba a curar animales como tú. En vez de eso, terminé sacándole una bala de la pierna a un tirano y ahora vivo en su jaula. Ni Chato se habría dejado engañar tan fácil.

Se me apretó la garganta. Vi el puerto, de pronto, con esa claridad de las cosas que uno cree perdidas: el puesto de mariscos de mi papá Teo bajo la lona azul, el olor a huachinango frito, mi mamá Amparo gritándole a un cliente que si no le gustaba el precio que se fuera a robar a otro lado. Los domingos de misa con la ropa buena y el pelo mojado. Las clases a las siete de la mañana en la universidad pública, con el sueño hasta las orejas y un termo de café aguado. Yo, que quería pasarme la vida sacando garrapatas y poniendo vacunas, no negociando con la muerte.

Mi papá siempre decía que del mar salía todo: la comida, el trabajo, hasta los novios buenos. Nunca me advirtió que del mar también salía la gente que te vende. Yo crucé una frontera creyendo que iba a un viaje gratis con Yesi, mi amiga de toda la vida, y del otro lado no había playa: había una reja, un candado y un hombre baleado esperando que unas manos con suerte lo salvaran.

—Debería estar en tercer año —le dije a la leona, y hasta a mí me sonó absurdo decirlo ahí—. Tengo un examen de anatomía que nunca voy a presentar.

—Mi mamá dice que Dios aprieta pero no ahorca —le conté a la leona—. Ojalá tuviera razón. Porque este señor aprieta bien duro.

La leona bostezó, enorme, y las lágrimas que no había gastado en la pantalla se me cayeron ahí, tontas, sin público.

Después me dio rabia de mí misma por llorar, y la rabia buscó a quién echarle la culpa.

—¿Y si un día te dieran ganas de morderlo? —le susurré a la fiera, y no me sentí orgullosa, pero tampoco me arrepentí—. Cuando venga a lucirse a su cotito de fieras. Un buen mordisco. Yo no diría nada. Te lo juro por mi madre.

La leona me miró largo, como si me entendiera y le diera pena mi idea.

Y en ese momento me acordé, con un frío en la nuca, de la pared que se encendía. De la lente que él usaba para ver todo lo que yo hacía. Miré alrededor, al alero de la caseta del cuidador, a la esquina del muro. No vi cámaras. Nunca las veía. Ese era el punto.

Aquí no había secretos. Ni siquiera con una leona.

Me tragué el resto de lo que iba a decir. Me levanté, me sacudí el polvo de las rodillas y, por si acaso, le hablé a la reja como quien habla para que la graben:

—No le hagas caso a lo que dije, bonita. Estaba de mal humor.

Iba a volverme cuando la leona se incorporó de golpe. Se pegó a los barrotes con un gruñido bajo, grave, que me vibró en el pecho, la vista fija en algo detrás de mí.

Me di la vuelta.

No era él. Era una de las sirvientas más jóvenes, la que esa mañana había bajado la cabeza. Traía un chal para mí en las manos y una cara de susto que no era por la fiera.

—Señorita Mía —dijo, casi sin voz, echando un vistazo hacia atrás—. Hay algo que debería saber sobre la feria.

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