Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
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Una Sonrisa Prestada
-April-
Los días siguientes intenté enterrar lo sucedido con Jhony bajo trabajo y rutina. Era mi último año de universidad y necesitaba esa carta de recomendación más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El sábado, el Royal Veterinary Center organizaba una de sus jornadas comunitarias en el Regent’s Park: revisiones gratuitas, vacunación y charlas para dueños de mascotas de la zona. Yo estaba ahí como asistente, aunque en el fondo me sentía capaz de dirigir algo mucho más grande.
El lugar estaba lleno. Llevaba un vestido cómodo color crema y la cadenita de oro brillaba bajo el sol. A lo lejos, Jhony se veía impecable, como siempre. Pero fue Camelie quien robaba las miradas: rubia, alta, de figura envidiable y esa elegancia natural que hacía que la gente se apartara a su paso. Juntos daban la impresión de ser una de esas parejas perfectas que aparecen en las revistas. Intocables.
En un momento, ya avanzada la jornada, logré escaparme. Me senté en un banco apartado, bajo los árboles, y cerré los ojos. Estaba tan concentrada en silenciar el ruido de mi propia cabeza que no noté cuando alguien se sentó a mi lado.
De pronto, mi mano rozó algo suave mientras me estiraba. Abrí los ojos y me encontré con una mirada verde intensa.
A pocos metros de mí un hombre alto, de cabello castaño oscuro ligeramente revuelto, mandíbula marcada y una barba de varios días. Sostenía en brazos a un cachorro husky blanco con un azul infinito en sus ojos que no paraba de olfatearlo todo.
—Lo siento —dije, retirando la mano demasiado rápido.
—No, yo lo siento —respondió con una voz cálida y profunda—. No quería asustarte.
El cachorro se removió y, sin pensarlo, extendí la mano para acariciarle las orejas. Se dejó tocar con una confianza sorprendente. El hombre observó el gesto en silencio. Sentí su mirada sobre mí, pesada, evaluándome.
—Es raro —comentó al fin—. Hunter no suele portarse así con extraños.
—¿Hunter? —pregunté, sonriendo un poco mientras le rascaba esta vez en la pancita—. Es precioso. ¿Lo tienes desde hace mucho?
Él bajó la vista al animal. Por un segundo, algo oscuro cruzó su expresión.
—Poco. Muy poco, en realidad —respondió—. Apareció en mi vida cuando menos lo esperaba y cuando más lo necesitaba, supongo.
No pregunté más. No hacía falta. Había un cansancio profundo en su voz, el tipo de agotamiento que no se quita con dormir. Lo reconocí demasiado bien.
—¿Puedo revisarlo un momento? Parece muy sano —dije tocando el gafete que colgaba de mi cuello—. Mi equipo y yo realizamos una jornada gratuita a la comunidad.
Asintió dejando al canino a su lado. Me acerqué al cachorro. Mientras comprobaba sus ojos, dientes y patas, sentí su mirada sobre mí con más intensidad. Era como si estuviera buscando algo en mi cara y no supiera exactamente qué. Quizás era simple curiosidad.
Hablé de la raza, de cuánto iba a crecer, de las vacunas y balbuceé algo de parásitos. Hablé de más, nerviosa, hasta que él me interrumpió con una sonrisa cansada que no llegó del todo a sus ojos.
—Eres muy buena en lo que haces—dijo—. No vine a la jornada—su mirada se posó en el gafete leyendo la información—. Necesitaba aire y él también.
—April —me presenté al fin, extendiendo la mano y alzando la mirada hacia él, sentándome a su lado con Hunter entre nosotros.
—Derek. Derek Baker.
El nombre me sonó vagamente familiar.
—¿Cómo el chef? —pregunté después de un segundo.
Pareció sorprendido, casi incómodo.
—¿Eres aficionada a la cocina?
Me reí, un poco avergonzada.
—No exactamente. Intenté hacer una de tus recetas una vez y fue un desastre absoluto.
Su risa fue baja, sincera. Por un momento, el peso que cargaba en los hombros pareció aligerarse. Estábamos en medio de la conversación cuando la voz de Jhony nos interrumpió desde lejos, llamándome.
Derek cambió en un segundo.
La mandíbula se le tensó. Los hombros se le endurecieron. Sus ojos verdes se volvieron fríos, casi hostiles. Me miró como si de pronto yo formara parte de algo que prefería no tocar. Como si el simple hecho de que Jhony dijera mi nombre me hubiera contaminado.
—Creo que te necesitan —dijo, y su voz ya no tenía nada de la calidez de antes—. Gracias por tú atención.
Se puso la visera para cubrirse del fuerte sol con un movimiento brusco, acomodó a Hunter entre sus brazos y se alejó sin mirar atrás.
Me quedé cuestionando todo lo sucedido, todavía procesando lo que acababa de pasar.
No tenía sentido.
—¿April?
La voz de Jhony me sacó de mis pensamientos. Lo tenía a pocos metros, con las manos en los bolsillos. A su lado, Camelie hablaba con una pareja que sostenía un golden retriever.
—Te he estado buscando —comentó —. Aún contamos con algo de trabajo. ¿Estás bien?
—Sí —respondí—. Solo necesitaba un minuto a solas.
Jhony me observó un segundo más de la cuenta. Acercándose a mí.
—Ese hombre con el husky… ¿lo conoces?
—No. Es la primera vez que lo veo en persona. El cachorro se acercó y lo revisé un momento.
Mi explicación era vaga. A Jhony no se le notaba del todo convencido. Antes de que pudiera preguntar algo más Camelie se acercó y él guardo distancia.
—Ahí estás, April. ¿Nos ayudas con las últimas fichas? Todavía hay mucha gente y necesitamos a todo el personal.
—Claro.
Mientras caminábamos de regreso a la carpa, no pude evitar pensar en la forma en que Derek se había puesto. Esa reacción tan brusca. Como si el sólo hecho de escuchar mi nombre saliendo de la boca de mi jefe hubiera sido suficiente para que decidiera alejarse.
¿Qué había sido eso?
Durante el resto de la tarde intenté concentrarme en el trabajo. Vacunas, revisiones, fichas, sonrisas automáticas. El evento seguía su curso normal, extendiendose un poco más de lo pautado. La gente agradecía, los niños se emocionaban con los animales, y Jhony y Camelie se movían por el lugar con la misma facilidad de siempre.
Yo, en cambio, no lograba quitarme de la cabeza la expresión del chef. No era atracción. Ni interés. Era simplemente raro. Extremadamente.
Cuando el sol empezó a bajarse y el evento llegó a su fin, ayudé a recoger las mesas y a guardar el material. Jhony se acercó mientras yo enrollaba un cable.
—Buen trabajo hoy —dijo en voz baja rozando las yemas de sus dedos con los míos—. Siempre excelente.
—Gracias—logré susurrar.
Pareció querer agregar algo más, pero alguien del equipo lo llamó desde el otro lado. Se alejó sin insistir.
Yo terminé de guardar el cable, me ajusté la cadenita y respiré hondo.
El día había llegado a su fin.