Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 16
Lo que Dante no se atrevió a nombrar
Luna había amanecido con fiebre dos días atrás, un termómetro que no bajaba de los treinta y ocho grados por más paños fríos que le pusiera en la frente, y aunque ya estaba mejor, jugando de nuevo con normalidad, yo seguía sin poder dormir tranquila, entrando a su cuarto cada hora para ponerle la mano en la frente, contando su respiración en la penumbra, aliviada cada vez de sentirla fresca, tibia, normal. Esa noche, por fin, la fiebre cedió del todo, la piel volviendo a su temperatura normal bajo mis dedos, y solo entonces me permití respirar hondo y salir a tomar aire al jardín.
Lo encontré ahí, sentado en los escalones de piedra que daban al patio trasero, con un cigarro sin encender entre los dedos, girándolo despacio, mirando la oscuridad como si buscara algo en ella que solo él pudiera ver.
—Pensé que no fumaba —dije, sentándome a su lado sin pedir permiso, el frío de la piedra colándose a través de la tela del pijama.
—No fumo. Solo lo sostengo cuando no puedo dormir. Costumbre vieja, de otra época.
Nos quedamos un rato en silencio, escuchando los grillos, el viento moviendo las hojas de los árboles del jardín en un murmullo constante, tranquilizador, mientras alguna luz de la casa se reflejaba en la fuente apagada como una moneda dorada flotando en el agua quieta.
—¿Cómo sigue Luna? —preguntó, sin mirarme, con una preocupación genuina que no intentó disfrazar de indiferencia, como solía hacer con casi todo lo demás.
—Mejor. Al fin le bajó la fiebre hace una hora. —Me froté los brazos, el frío de la noche colándose por las mangas del pijama—. Casi ni me di cuenta de lo cansada que estaba hasta que salí aquí y sentí el aire fresco.
—Deberías dormir. Yo puedo revisarla si vuelve a subirle.
—No confío en que sepas leer un termómetro sin instrucciones escritas —bromeé, y por primera vez en la noche lo vi sonreír de verdad, un gesto breve pero real que le suavizó todo el rostro.
—Tienes razón. Probablemente lo sostendría al revés.
—Mi mamá murió cuando yo tenía ocho años —dijo, de pronto, con una voz distinta, más baja, sin la coraza habitual que solía llevar como una segunda piel—. Mi papá se fue metiendo en el trabajo cada vez más hondo, hasta que dejó de estar presente aunque estuviera en la misma casa, sentado a la misma mesa. Doña Elvira me crió, en realidad, más que ninguno de los dos.
No supe qué decir, así que no dije nada. Solo lo dejé hablar, sintiendo que cualquier palabra mía podría romper algo frágil que se estaba abriendo despacio, como una flor que se niega a abrirse si alguien la mira demasiado de cerca.
—A veces pienso que por eso soy tan malo para esto —continuó, la voz apenas un murmullo—. Para ser padre, digo. Nadie me enseñó cómo se hace, más allá de dar órdenes y firmar cheques. Los primeros meses después de que nacieron los gemelos ni siquiera sabía cómo cargarlos sin que lloraran. Los tenía en brazos como si fueran de cristal, con miedo de romperlos con solo respirar demasiado fuerte.
—Y ahora Leo te dibuja con el ceño fruncido y Luna dice que hueles a menta cuando te enojas menos —dije, tratando de aligerar el ambiente—. Yo diría que vas mejorando.
Soltó una risa breve, genuina, la primera que le oía tan sin guardia esa noche, un sonido cálido que se me quedó resonando en el pecho más de lo esperado.
—Puede ser. —Hizo una pausa, mirando el cigarro que seguía sin encender entre sus dedos—. Contigo aquí, se siente distinto. Más fácil, de alguna manera que no logro explicar del todo.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Nada de tu pasado, ni un solo fragmento?
—Nada. —Me abracé las rodillas, el aire nocturno enfriándome los brazos—. Solo el vacío. A veces sueño con lluvia. Con un llanto que se aleja. Y despierto con la cara mojada sin saber por qué, igual que si hubiera llorado dormida.
El viento movió una rama cercana, y por un segundo la luz de la luna le cruzó el rostro de una manera que lo hizo parecer, de golpe, mucho más joven, casi tan vulnerable como el niño de ocho años que una vez había sido, esperando en un pasillo de hospital a que alguien le explicara por qué su mamá ya no iba a volver a casa. Se giró a mirarme, con una expresión que no le había visto antes, tan desprotegida que casi me dio miedo verla, como si estuviera mostrándome algo que normalmente mantenía bajo llave, guardado en algún cajón cerrado con siete candados.
—Viéndote con Leo y Luna… —empezó, y se detuvo, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico—. Hay algo que no logro explicar. Un dolor raro, aquí. —Se tocó el pecho, torpemente, con el puño cerrado—. Igual que si tú ya debieras estar aquí desde antes. Como si esta casa te perteneciera de una forma que no logro entender, que no logro justificar con nada de lo que sé.
¿Qué está diciendo? ¿Por qué siento que cada palabra suya me toca un lugar que no sabía que tenía?
—Dante…
—Olvídalo. —Se puso de pie de pronto, sacudiéndose la ropa, huyendo de sus propias palabras como quien huye de un incendio que él mismo prendió—. Fue una tontería. El cansancio habla más de lo que debería, no le hagas caso.
Se alejó hacia la casa a paso rápido, dejándome sentada sola en los escalones, con el corazón latiendo de una forma que no lograba controlar, el cigarro sin encender abandonado sobre la piedra, todavía tibio de haber estado entre sus dedos.
También yo lo siento. Ese dolor raro. Esa sensación de que este lugar ya me pertenecía antes de conocerlo, antes de que existiera cualquier razón lógica para sentirlo así.
No me moví durante un largo rato, dejando que el frío de la noche me calara los huesos, mirando las estrellas que apenas se distinguían por encima de las luces del jardín. Pensé en Leo y Luna, dormidos ya, ajenos por completo a la conversación que sus padres —porque en algún momento, sin darme cuenta, había empezado a pensar en Dante y en mí como algo parecido a eso— acababan de tener sin haber dicho casi nada en realidad. Pensé también en el hueco negro de mi memoria, en esas cinco páginas en blanco de mi vida que tanto miedo me daba llenar, y por primera vez ese miedo se mezcló con otra cosa: la posibilidad, remota pero real, de que llenarlas no me alejara de esta casa, sino que de alguna manera me acercara más a ella.
Cuando por fin entré, alcancé a ver, desde el pasillo, la sombra de Dante parado frente a su propia habitación, con la mano en el marco de la puerta, sin llegar a entrar, inmóvil como si algo lo retuviera ahí, atrapado entre dos decisiones que no terminaba de tomar.
—¿Desde cuándo? —lo oí susurrar, tan bajo que apenas fue un aliento, igual que si se lo preguntara a sí mismo, a la oscuridad, a nadie en particular.
No supe la respuesta. Me quedé de pie en el pasillo un rato más, sin atreverme a acercarme, sin atreverme tampoco a irme del todo, hasta que finalmente él entró a su cuarto y cerró la puerta despacio, sin el golpe seco de siempre. Pero algo en mi pecho, esa misma noche, terminó de ceder también, como una represa que llevaba semanas resistiendo. Me metí bajo las cobijas sin encender la luz, escuchando el silencio de la casa entera, y por vez primera desde que había llegado a Hacienda Nocedal me permití pensar, sin culpa ni miedo, en la posibilidad de que aquel hombre de traje impecable y coraza de hielo estuviera empezando a importarme de una manera que ya no tenía nada que ver con un contrato de tres meses.