Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.
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Capítulo 19: El deshielo de las promesas
La nieve de finales de enero cayó en Kent no como una tormenta implacable, sino como un manto blanco y espeso que cubrió los tejados de Blackwood Manor, amortiguando todos los sonidos del mundo exterior. En los valles del sur, el silencio del invierno era absoluto. Los arroyos permanecían helados bajo una superficie de cristal opaco, y el horizonte se reducía a una gradación de grises, blancos y el verde perenne de los cañizales de bambú que resistían erguidos en las orillas del estanque.
En el interior de la gran sala de audiencias del palacio, el ambiente era radicalmente distinto al de los meses pasados. La inmensa chimenea de mármol negro ardía con troncos de roble y pino, difundiendo un calor reconfortante que impregnaba el recinto con el aroma a resina y madera seca. Ya no había barreras de seda ni tarimas elevadas para distanciar al duque de sus visitantes; en su lugar, una gran mesa circular de nogal ocupaba el centro de la estancia, permitiendo que todos los presentes se sentaran a la misma altura.
Lordian presidía la reunión vistiendo una chaqueta de paño pardo, suave y sin adornos ceremoniales, sobre su habitual camisa de lino blanco de cuello abierto. A su lado, Genevieve vestía un elegante traje de lana color avellana, con los cabellos castaños recogidos en una trenza floja que caía sobre su hombro derecho. Frente a ellos se encontraban tres delegados enviados por la cancillería real de la capital, acompañados por el viejo juez de paz del distrito y dos representantes de las comunidades agrícolas de Kent.
El delegado principal de la corte, sir Arthur Vance —un hombre de mediana edad con gafas de montura de oro y rostro meticuloso—, examinaba un pliego de pergamino donde se detallaban las cifras del rendimiento del último trimestre.
—Es un resultado desconcertante, su gracia —admitió sir Arthur, bajando el pliego y mirando a Lordian por encima de las lentes—. Tras la reducción del veinte por ciento en los tributos de arrendamiento y la inversión de los fondos ducales en las escuelas y almacenes, las reservas de grano de Kent no solo no han disminuido, sino que han aumentado un quince por ciento en comparación con el invierno anterior.
Lordian inclinó la cabeza con una sonrisa serena y distante.
—No hay nada de desconcertante en ello, sir Arthur —respondió el duque con su voz grave y bien modulada—. Un campesino que sabe que el fruto de su esfuerzo garantizará el abrigo y la educación de sus hijos trabaja con un propósito. El miedo y la exacción solo producen el rendimiento mínimo para evitar el castigo; la dignidad, en cambio, multiplica la tierra.
Uno de los representantes agrícolas, un hombre de manos curtidas llamado Edward, intervino con voz firme pero respetuosa:
—Es la verdad, milord. Por primera vez en tres generaciones, nuestras familias no han tenido que vender el ganado de cría para pagar las cuotas del invierno. Los graneros comunitarios que la señorita Genevieve mandó a diseñar nos han permitido conservar la semilla para la siembra de primavera sin pedir préstamos a los prestamistas de la capital.
Sir Arthur miró a Genevieve, quien le sostuvo la mirada con una calma cristalina y una postura llena de elegancia natural.
—La señorita Genevieve —observó el delegado de la corte— ha introducido conceptos administrativos que no figuran en los tratados tradicionales de la corona.
—Los tratados tradicionales fueron escritos por hombres que jamás han sostenido una azada ni han visto cómo se dobla el bambú ante el peso de la nieve sin quebrarse, sir Arthur —devolvió Genevieve con voz dulce y pausada—. Si la ley no sirve para proteger la vida de quienes sostienen el reino, la ley no es más que una cáscara vacía.
Sir Arthur permaneció en silencio durante unos instantes, sopesando las palabras de la joven. Luego, firmó el documento oficial con un trazo rápido de su pluma de ave y estampó el sello de la cancillería.
—El consejo de la corona adoptará el modelo de Kent para la reforma general de las provincias del sur que se presentará en la apertura de las sesiones de primavera —anunció el delegado, poniéndose de pie y haciendo una reverencia formal hacia Lordian y Genevieve—. Se ha demostrado que la flexibilidad es más eficiente que la coacción.
Tras la partida de la delegación de la capital, la tarde comenzó a declinar rápidamente. El tono plomizo del cielo se transformó en un violeta profundo que presagiaba una noche despejada y helada.
Lordian y Genevieve caminaron solos por la gran galería acristalada que conectaba el edificio principal con el invernadero de la propiedad. A través de los altos ventanales, los jardines nevados parecían un paisaje congelado en el tiempo.
—El deshielo de las promesas ha comenzado, Lordian —comentó Genevieve en voz baja, mirando las luces lejanas de las casas del poblado que titilaban en el valle.
Lordian se detuvo tras ella, envolviendo su cuerpo con sus brazos y apoyando el mentón en el hueco de su hombro.
—La corte ha tenido que ceder porque ya no tenían argumentos con los que combatir la realidad —murmuró él, aspirando el perfume a lavanda de su cabello—. Pero lo más importante no es lo que haya aprobado el consejo de la corona, Genevieve. Lo más importante es lo que nosotros hemos construido entre estas paredes y en esta tierra.
El duque giró despacio a la joven para quedar frente a frente. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo una pequeña caja de madera de nogal tallada a mano, sin adornos de pan de oro ni pedrería ostentosa. Al abrirla, la luz de las linternas de la galería reflejó un sencillo aro de oro pulido que llevaba engastada una pequeña gema de tono avellana, limpia y brillante.
—Este anillo no pertenece a las joyas de la corona ni a los tesoros heredados de los duques de Blackwood —dijo Lordian, con los ojos oscuros fijos en los de ella y la voz cargada de una emoción sincera y profunda—. Fue forjado por el orfebre del poblado de Kent con oro puro de nuestras tierras. Es la promesa de un hombre que descubrió la libertad a tu lado y que desea caminar contigo no como un señor sobre su feudo, sino como tu compañero para el resto de sus días.
Genevieve contempló el aro de oro y luego alzó los ojos hacia Lordian. En sus pupilas se reflejaba la devoción absoluta y el amor invencible que los había sostenido desde aquel primer encuentro en el bosque.
—No necesito títulos ni joyas para saber a quién pertenece mi corazón, Lordian —respondió ella con la voz temblorosa por la emoción, extendiendo su mano firme hacia él—. Pero acepto esta promesa, porque sé que las raíces que hemos plantado juntos soportarán cualquier estación.
Lordian deslizó el anillo de oro en el dedo anular de Genevieve. La joya encajaba a la perfección, como si hubiera sido destinada a estar allí desde el principio del tiempo. El duque tomó el rostro de la muchacha entre sus manos y la besó con una pasión renovada, profunda y eterna, mientras fuera de la ventana la primera brisa tibia del invierno que terminaba comenzaba a derretir la nieve de las ramas del bambú.