Valentina Ruiz tiene veintiocho años, un diagnóstico de infertilidad que carga en silencio y un empleo en la Fundación Horizontes que lo es todo para ella. Hasta que su jefa, la influyente Doña Mercedes, le hace una propuesta que cambiará su vida: casarse con su hijo, Sebastián Herrera, un joven viudo que no ha logrado soltar a su esposa muerta y padre de cinco hijos que ya hicieron renunciar a treinta y dos candidatas antes que ella.
Valentina acepta. No por amor, sino por una mezcla de presión, miedo a perder lo poco que tiene y una esperanza que ni ella misma se atreve a nombrar. Lo que encuentra al cruzar esa puerta es un hogar en guerra silenciosa: un marido que la trata con cortesía gélida, una niña de dos años que no para de llorar, un adolescente que lidera la resistencia contra ella y tres hermanos que la observan con desconfianza. Treinta y dos mujeres ya se rindieron. Valentina decide no ser la número treinta y tres.
Día tras día, con paciencia y sin pedir nada a cambio, Valentina se abre paso entre el rechazo, las trampas de los niños y el muro emocional de Sebastián. Pero cuando por fin la familia empieza a sanar, un secreto médico enterrado durante años amenaza con destruir todo lo que construyó. Alguien en quien confió toda la vida le mintió. Y la verdad, cuando salga a la luz, pondrá a prueba cada promesa, cada vínculo y cada "mamá" que tanto le costó ganarse.
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18
Sebastián volvió a mirar la pared.
—Quiero que todo esté realmente listo.
—¿Listo para qué?
Él guardó silencio un instante. Luego respondió con franqueza.
—Para que vivas aquí.
La frase bastó para que Valentina se detuviera en seco. Sebastián continuó.
—No quiero que sientas que estás de arrimada en esta casa. —Bajó la mirada—. Esta casa lleva mucho tiempo vacía de cierta manera. —Señaló el cuarto—. Solo quiero que este sea un lugar nuevo. Para nosotros.
Valentina sonrió, y sin darse cuenta sus ojos se encontraron con los de Sebastián. Algo latió más fuerte. El corazón de Valentina no era el de siempre. Al principio de este matrimonio, ella no se había hecho grandes ilusiones; solo esperaba poder ser compañera de Sebastián. Si al final resultaba haber amor, eso sería un enorme regalo extra.
Esa noche, los trabajos por fin terminaron. Los obreros se fueron. La casa volvió a quedar en calma. La luz de la habitación se encendió por primera vez. Valentina se detuvo en el umbral. Y por primera vez vio el resultado completo. El cuarto no era ostentosamente lujoso. No pretendía exhibir un estatus. No pretendía superar al pasado. Todo lo contrario. Era muy sencillo. Pero se notaba que había sido pensado a propósito para dos personas que todavía no sabían cómo compartir un espacio.
Sebastián se quedó de pie detrás de ella.
—¿Qué te parece?
Valentina no respondió de inmediato. Caminó despacio hacia el interior. Tocó la mesita junto a la cama. Tocó las cortinas. Luego miró la ventana.
—Esta no es tu habitación de antes.
Sebastián asintió.
—No.
Valentina se volvió.
—Y tampoco es el cuarto de huéspedes. —Después sonrió—. Se siente como el cuarto de dos desconocidos que los obligaron a vivir bajo el mismo techo.
Sebastián se rio por lo bajo.
—Más o menos eso es lo que es.
Valentina se sentó en el borde de la cama. Luego palmeó el lado de al lado.
—¿Vas a quedarte ahí parado toda la noche?
Sebastián dudó. Un momento. Después se sentó. No estaban cerca. No estaban demasiado lejos. A la distancia justa para que la conversación siguiera sintiéndose cuidadosa.
Valentina volvió a mirar alrededor.
—Te lo tomaste muy en serio.
—¿No fuiste tú la que dijo que no le gustan las cosas a medias?
Valentina volteó.
—¿Cuándo dije eso?
Sebastián lo pensó.
—No me acuerdo.
Los dos se quedaron callados. Después Valentina suspiró.
—Mejor así. Si hubieras hecho las cosas a medias, tal vez ya me habría ido de esta casa.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Sebastián la miró.
—No quiero que te vayas.
Una vez más sus miradas se cruzaron. Y otra vez esa vibración se hizo sentir.
Esa noche, la habitación nueva pasó oficialmente a ser de los dos. No como una pareja perfecta. No como una familia completa. Sino como dos personas que empezaban a aprender a estar en el mismo espacio sin echarse mutuamente. Y al otro lado de la puerta, los cinco hijos de Sebastián todavía no sabían que algo en su casa acababa de cambiar otra vez. No por un conflicto. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, su padre había dejado de levantar muros. Y había empezado a construir un espacio.
Diego se quedó parado un buen rato frente a la puerta de la habitación nueva. Adentro, la luz ya estaba baja. Pero por la rendija de abajo todavía se colaba un resplandor cálido. Señal de que su padre y Valentina seguían ahí dentro. Hablando. O quizá solo en silencio. Diego no tocó. No entró. Solo se quedó de pie. La mano apretando la baranda de la escalera, sin decidirse a bajar. Había algo que le daba vueltas en la cabeza desde la tarde. La llamada. De su tía. La hermana de su madre.
—Diego, tienes que contarme. ¿Cómo es Valentina en la casa?
No era la primera pregunta de tía Graciela; preguntas parecidas venían desde que se supo que su padre iba a casarse. Diego contestó escueto. Como siempre. Pero su tía se quedó callada un momento antes de decir algo que le impidió colgar el teléfono.
—Si ella ya tiene su propia habitación con tu padre... ¿eso quiere decir que ya se adueñó de él?
Diego no respondió de inmediato. Porque la pregunta no sonaba como una pregunta cualquiera. Sonaba más bien a un juicio. Ahora, de pie frente a esa puerta, la pregunta le regresó a la cabeza. Diego frunció el ceño levemente. ¿Ya se adueñó de él? La frase le supo rara en la boca. Como si su padre fuera algo que se pudiera tomar. No supo qué contestar.
Desde adentro del cuarto llegó un sonido tenue. Valentina riéndose entre dientes. Diego lo oyó. Y algo en su pecho se endureció. No entró. Dio media vuelta. Pero sus pasos se detuvieron otra vez. En su cabeza surgió una pregunta distinta. Si Valentina "se adueñaba" de su padre, entonces ellos, Diego y sus hermanos, ¿qué eran? ¿Niños que también había que disputarse?
Cerró el puño con fuerza. No. No voy a perder otra vez. No como esta mañana. No como los días anteriores. Diego al fin bajó despacio. Sus pasos no hacían ruido. Pero su mente no tenía calma. En la planta baja, Nicolás todavía jugaba. Mateo leía un libro. Camila abrazaba su muñeca. Sofía dormía en el sofá pequeño. La casa parecía en paz. Pero Diego sabía que la paz en esa casa estaba cambiando de forma. Y el cambio estaba arriba. En la habitación nueva. Entre su padre y Valentina.
Por primera vez, Diego no estaba pensando en cómo tumbar a Valentina. Pensaba en algo mucho más difícil. Si Valentina decía que no había venido a robarles a su padre, ¿por qué cada vez estaba más presente en medio de la familia? ¿Y por qué eso se sentía como algo que ya no podía detener?
Diego se detuvo en la escalera. Sus pasos, que hasta entonces habían sido silenciosos, se frenaron del todo. Dentro de su cabeza, la voz de tía Graciela volvió a sonar con nitidez, como si se la estuvieran susurrando al oído.
Valentina miente. Lo que quiere es quitarles todo lo que era de su madre. Ya se adueñó de tu padre. Ahora van tus hermanos. Y después tú.
Diego apretó la baranda con más fuerza. Demasiada para un niño de diez años. La mandíbula tensa. La mirada clavada en la planta baja, pero sin ver nada de lo que tenía enfrente. Todo estaba en su propia cabeza. Ahora van tus hermanos. Y después tú. Esa era la frase que más se le quedaba. Como una espina diminuta e invisible que dolía cada vez que respiraba.
Diego echó un vistazo a la sala. Mateo seguía leyendo. Nicolás empezaba a quedarse dormido sobre la alfombra. Camila abrazaba su muñeca medio adormilada. Sofía ni se enteraba de nada. Se veían a salvo. Y justamente eso hacía que Diego se sintiera más inquieto.
Arriba, la puerta de la habitación nueva seguía cerrada. No se oía ningún ruido fuerte. Ninguna señal de caos. Solo un silencio demasiado pulcro. Diego sabía que su padre estaba ahí dentro. Con Valentina. Y por alguna razón, eso era precisamente lo que le llenaba la cabeza de pensamientos. Bajó un escalón. Se detuvo otra vez. Sus labios se movieron apenas, casi sin sonido.
—Tía Graciela...
Pronunció ese nombre como quien busca algo de qué agarrarse. Porque hasta ahora, ella era la única adulta que le daba respuestas claras. Que no dejaba que todo quedara en una zona gris.
Diego tomó aire. Pero cuanto más pensaba, más se sentía asfixiado. Si Valentina de verdad miente, ¿por qué Sofía se ríe cuando está con ella? ¿Por qué Camila ya no llora todo el tiempo como antes? ¿Por qué a Nico no lo castigan cada vez que hace un desastre, sino que le piden que lo arregle? ¿Por qué Mateo, el más inteligente de todos, no ha encontrado ninguna "falla" evidente?