Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 10. FUEGO CRUZADO Y SUDOR
La sala de juntas de la Constructora de la Vega parecía un tribunal de la Santa Inquisición, pero con sillones de cuero ergonómicos y vistas al distrito financiero. En un extremo de la mesa ovalada se sentaba mi padre, con su perenne expresión de suficiencia; al otro, el señor de la Vega, cruzado de brazos como un terrateniente vigilando sus hectáreas. Héctor y yo ocupábamos los laterales. Éramos dos fuerzas independientes plantando cara a una alianza que pretendía manejarnos como a dos marionetas.
—Bien —comenzó el padre de Héctor, tamborileando los dedos sobre la madera—. Los mercados han reaccionado de forma espectacular al anuncio del matrimonio. Las acciones de la constructora y las franquicias de Índigo están en máximos históricos. Ahora es momento de firmar los protocolos para unificar las juntas directivas y coordinar los flujos de capital.
Mi padre asintió, mirándome de reojo con esa sonrisa de superioridad que siempre me ponía de mal humor.
—Hemos preparado una estructura donde la constructora asumirá el control de los locales comerciales de Índigo, agilizando la expansión internacional bajo un único mando financiero —explicó mi padre, deslizando una carpeta hacia mí.
Ni siquiera toqué el documento. Lo miré fija y fríamente, apoyando los codos en la mesa con total parsimonia.
—Pueden ir guardando ese papel —solté. Mi voz sonó como un latigazo en la sala—. Que Héctor y yo hayamos cometido la estupidez de firmar un acta de matrimonio bajo los efectos del alcohol no significa que haya entregado mi cerebro. Índigo Gastronómica es de mi propiedad exclusiva. Yo fundé esa franquicia, yo controlo el cien por ciento de las acciones con derecho a voto y no pienso ceder ni un milímetro de la administración a ninguna constructora. Mis restaurantes siguen bajo mis órdenes. Fin de la discusión.
El rostro de mi padre se tiñó de un rojo peligroso.
—Claudia, no seas caprichosa. Esto es una fusión estratégica, necesitas el respaldo de...
—Ella no necesita el respaldo de nadie, papá —la voz profunda de Héctor interrumpió a mi padre con una firmeza implacable. Miró a su propio progenitor con ojos de puro hielo—. Y yo tampoco necesito que la administración de Índigo interfiera en mis balances de obra civil. Mi constructora se maneja bajo mis propias directrices. No habrá unificación de juntas directivas, ni flujos de capital compartidos, ni comisiones cruzadas. Mantendremos la farsa pública de nuestro feliz matrimonio para que las acciones no se desplomen, porque a ninguno de los dos nos interesa perder dinero. Pero de la puerta de nuestras oficinas hacia adentro, nuestros negocios siguen siendo independientes. Si intentan forzar una sola cláusula de fusión legal, Claudia y yo saldremos mañana mismo a dar una rueda de prensa anunciando que nos drogaron en su barco. ¿Les queda claro?
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Los dos viejos zorros se quedaron estupefactos, mirándonos como si no dieran crédito a lo que acababan de escuchar. Esperaban encontrar a dos jóvenes asustados o sumisos por el escándalo, pero se habían topado con una muralla de hormigón y acero.
Miré a Héctor de reojo. Una extraña oleada de calor me recorrió el pecho al escucharlo defenderme de esa manera, protegiendo mi espacio y mi autoridad con la misma ferocidad con la que protegía la suya. Había una sincronía perfecta entre nosotros cuando nos poníamos en modo depredador. El respeto que había empezado a sembrarse esa mañana con el café terminaba de echar raíces en mitad de ese fuego cruzado corporativo.
—Esto es un ultraje —masculló mi padre, pero se guardó el documento. Sabía perfectamente que no estábamos bromeando.
La junta terminó poco después, convertida en una tregua armada donde nosotros dictamos las reglas. Pasé el resto del día encerrada en mi propia torre corporativa, sumergida entre auditorías e informes de apertura de nuevas sedes, intentando por todos los medios borrar la imagen de Héctor defendiéndome en la sala de juntas. El trabajo era mi único refugio contra la locura en la que se había convertido mi vida.
Regresé al ático pasadas las nueve de la noche, exhausta, con los pies destrozados por los tacones y la mente al límite. El departamento estaba en silencio. Supe que Héctor ya estaba allí porque su costoso maletín descansaba en la entrada. Desesperada por descargar la adrenalina del día y desconectar el cerebro, me cambié de ropa de inmediato. Me puse unos leggings negros ajustados, un top deportivo del mismo color y me recogí el cabello en un moño alto y desordenado. Bajé en el ascensor interno hacia el gimnasio privado del edificio, ubicado en el piso intermedio.
Al empujar la puerta de cristal del gimnasio, me detuve en seco. El sonido rítmico y pesado de unos impactos amortiguados llenaba el espacio.
En el centro de la sala, iluminado por una luz tenue, Héctor le estaba dando una paliza a un enorme saco de boxeo de piel negra. Llevaba solo unos pantalones cortos de deporte; estaba descalzo, con las manos vendadas y el torso completamente desnudo, brillando por una fina capa de sudor bajo las luces empotradas del techo. Cada golpe que lanzaba —un directo de izquierda, un gancho de derecha que hacía crujir las cadenas del saco— iba cargado de una fuerza y una frustración brutales.
Me quedé congelada en la entrada, sin poder apartar la mirada. Verlo de traje en la oficina era imponente, pero verlo así, en su estado más primitivo y físico, era peligrosamente magnético. Sus músculos de la espalda se contraían con una precisión anatómica perfecta y su respiración profunda y acompasada llenaba el aire.
Héctor lanzó un último golpe seco que detuvo el saco por completo y se apoyó contra él, jadeando, con la frente pegada a la piel negra. Entonces, notó mi presencia. Se giró lentamente, pasándose el antebrazo por la frente para limpiarse el sudor, y sus ojos grises se clavaron en mí con una intensidad que me cortó la respiración.
—Vaya, no pensé que la reina del imperio culinario bajara a mezclarse con los mortales a estas horas —dijo, su voz saliendo pastosa, ronca por el esfuerzo físico. Caminó hacia una toalla cercana, sin romper el contacto visual directo conmigo.
—Necesitaba quemar la frustración de la junta de esta mañana —respondí, forzando a mis piernas a moverse hacia una de las caminadoras, intentando recuperar mi habitual tono de indiferencia—. Aunque veo que tú ya te has encargado de destrozar ese saco en mi lugar. Estuviste bien ahí dentro, de la Vega. No esperaba que me defendieras de tu propio padre.
Héctor dejó caer la toalla sobre sus hombros y se acercó lentamente a la máquina donde yo estaba programando el panel digital. El aroma a sudor limpio, piel caliente y su habitual loción masculina inundó mi espacio, haciéndome tensar los hombros de inmediato. Estaba demasiado cerca.
—No te defendía a ti, Claudia —susurró, inclinándose levemente hacia mí, apoyando sus manos vendadas en los brazos laterales de la caminadora, acorralándome sutilmente en mi posición—. Defendía nuestro trato. Odio que jueguen conmigo, y odio ver que intentan quitarle el mérito a alguien que ha levantado su propio negocio desde cero. Aunque seas una mandona insoportable, reconozco a un igual cuando lo tengo enfrente.
Lo miré fijamente a los ojos. Las chispas de la primera noche en el bar del crucero, esas que el alcohol había potenciado pero que la sobriedad no había logrado apagar, volvieron a saltar entre nosotros con una fuerza violenta. Mi mirada bajó inconscientemente hacia sus labios húmedos y luego hacia las gotas de sudor que resbalaban por su clavícula esculpida. Héctor notó mi escaneo y una pequeña sonrisa ladina, cargada de puro conocimiento carnal y deseo reprimido, apareció en su rostro. La tensión física en ese gimnasio cerrado se volvió tan densa que el aire parecía quemar.
—Cuidado, girlboss —susurró, su rostro bajando un par de centímetros hasta quedar a milímetros de mi oreja, permitiendo que su respiración caliente me erizara la piel del cuello—. Dijiste que mantendríamos al pajarito enjaulado, pero me parece que eres tú la que está a punto de abrir la puerta de la jaula.