Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 2 : una boda sin saber la verdad
La ceremonia transcurrió como si yo fuera una pieza más de este gran negocio familiar.
Todo parecía perfecto a los ojos de los demás:
la iglesia más elegante, las flores más costosas, la gente más influyente de la ciudad reunida para celebrar la unión de dos grandes fortunas.
Pero para mí, todo se sentía distante, frío, como si estuviera viendo la vida de otra persona.
Llevaba un vestido de encaje y seda que pesaba mucho más de lo que imaginaba, un velo que me aislaba un poco de las miradas ajenas, y en la mano, la de él.
El hombre que ahora era mi esposo.
Caminaba a mi lado con paso firme, serio, casi impasible.
Su traje oscuro le daba un aire aún más distante, y apenas me miraba.
Me sostuvo la mano con firmeza, pero sin ninguna suavidad, como si cumpliera un trato y nada más.
Cuando el sacerdote nos preguntó si aceptaba ser su esposa, dudé un instante.
Miré a mis padres, que me hacían señas para que respondiera, y luego a mis pequeños, Cristian y Alana, que miraban todo con ojos grandes y curiosos.
Pensé en ellos, en el futuro seguro que nos prometieron, y dije con voz apenas audible:
—Acepto.
Cuando llegó su turno, él respondió con una voz clara, fuerte y sin ningún rastro de emoción:
—Acepto.
Me estremecí.
No hubo nada más.
Ni una palabra amable, ni una mirada que me dijera que al menos no era tan malo como temía.
Durante toda la recepción, esa frialdad no cambió.
Estaba siempre cerca de mí, sí, pero como si fuera un deber que no podía descuidar.
No sonreía casi nunca, sus palabras eran cortas y precisas, saludaba a los invitados con cortesía pero sin calidez, y cuando me dirigía la palabra, lo hacía como si hablara con una extraña.
Me sentía aún más pequeña, aún más sola entre tanta gente.
Pensé:
"Así será todo.
Un matrimonio de apariencias, con un hombre que no siente absolutamente nada por mí."
Hasta que, al final de la noche, cuando ya casi todos se habían ido y nos quedamos solos un momento en el balcón, su actitud cambió por un instante.
Se giró hacia mí, y aunque seguía con el rostro serio, sus ojos verdes tenían algo distinto, algo que no lograba descifrar.
—No te confundas —me dijo con voz baja, sin dejar de ser firme—.
Cumpliré con mi parte del acuerdo.
Te daré tu lugar, cuidaré de ti y de los niños, y nadie se atreverá a hacerles daño.
Pero no esperes nada más de mí.
Mantendremos las formas frente a todos, pero en privado... cada uno tendrá su espacio.
Asentí, sintiendo un nudo en la garganta, aunque en el fondo sabía que tenía razón.
—Entiendo —respondí bajando la vista—.
No te preocupes, no espero nada que no sea este compromiso.
El me miró un segundo más, y luego asintió levemente.
—Bien. Ahora descansa.
Mañana será un día largo.
Se dio la vuelta para irse, pero antes de alejarse del todo, se detuvo un instante sin mirarme y agregó, casi como si no quisiera que lo oyera:
—Y no tengas miedo.
Jamás te haré daño.
Eso te lo prometo.
Se fue dejándome allí, confundida.
Por un lado, su frialdad me dolía.
Pero por otro... esas últimas palabras, dichas tan bajitas, con una sinceridad que no encajaba con su actitud de antes, me dejaron pensando:
¿Quién es realmente este hombre que ahora comparte mi vida?
¿Es tan frío como aparenta, o hay algo más que se esconde detrás de esa máscara?