Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 3
El silencio que se apoderó del despacho no era un silencio ordinario; era un vacío absoluto, denso y helado que parecía devorar el aire de la estancia. Julián permaneció petrificado junto al umbral de la puerta, con la mano aún sobre el pomo de caoba pulida. Durante una fracción de segundo, vi cruzar por sus ojos de acero una sombra de pánico puro, el atisbo inusual de un hombre que ve cómo se le desmorona una estructura frívolamente calculada. Pero duró solo un pestañeo. Apenas un instante después, la máscara del ejecutivo frío, implacable y calculador volvió a asentarse sobre sus facciones con una rapidez espeluznante.
Mis manos, entretanto, no obedecían a mi cerebro. Sostenían la gruesa cartulina con el relieve en oro líquido con un temblor incontrolable. *Julián Alexander Vance y Victoria Elena Montgomery.* Las letras parecían danzar y distorsionarse bajo la luz blanca de los halógenos, quemándome las yemas de los dedos como si fuera carbón encendido.
—Emma —su voz sonó baja, medida, carente de la pasión desenfrenada que solo unos minutos atrás había retumbado entre estas mismas paredes—. Deja eso donde estaba, por favor.
Aquellas palabras, pronunciadas con una compostura tan profesional como exasperante, actuaron como un latigazo directo a mi cara.
—¿Deja esto? —mi voz no sonó como la mía. Salió de mi garganta como un hilo ajado, roto, áspero—. ¿Esto es lo que tenías que arreglar con París, Julián? ¿Tu maldita boda?
Dio dos pasos hacia mí, levantando las manos con un gesto calmado, el mismo tono condescendiente que utilizaba cuando un cliente menor entraba en pánico por una fluctuación temporal del mercado. Esa postura me dio más náuseas que la propia certeza de la traición.
—Escúchame con atención. No es lo que piensas. Hay una explicación lógica para todo esto y te pido que mantengas la cabeza fría, como siempre lo haces. Eres una mujer inteligente, Emma.
—¡No me pidas que mantenga la cabeza fría! —grité, un alarido violento que rasgó la atmósfera y del que no me reconocí capaz. La fuerza del grito me dolió en el pecho, pero el dolor físico no era nada comparado con el abismo que acababa de abrirse bajo mis pies—. ¡Te vas a casar mañana! ¡Mañana a mediodía! ¡En la Catedral de San Patricio! Y hace diez minutos estabas dentro de mí en ese escritorio diciéndome que era tuya. ¡Diciéndome que me amabas!
Julián soltó un largo suspiro, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado. La falta de culpa en su rostro era la prueba más contundente de la clase de monstruo con la que había estado compartiendo mi vida.
—Lo que ocurrió en ese escritorio no tiene nada que ver con esto —dijo, acercándose lo suficiente para que pudiera oler su perfume a sándalo, ese aroma que hasta hacía un momento me transmitía seguridad y que ahora me resultaba tóxico—. Lo nuestro es real, Emma. Lo que siento por ti no ha cambiado ni un solo ápice. Pero *Vance Capital* necesita esta alianza. La familia Montgomery controla el cuarenta por ciento del desarrollo portuario del Este y las acciones de su grupo bancario garantizan nuestra expansión en Europa. Es una transacción financiera, nada más.
—¿Una transacción financiera? —repetí, sintiendo cómo una risa amarga y desquiciada pugnaba por salir de mi garganta—. ¿Un matrimonio es una transacción para ti?
—Para el nivel en el que nos movemos, sí. Tú mejor que nadie lo sabes. Llevas cuatro años trabajando a mi lado, dirigiendo operaciones. Sabes cómo funciona el mundo real. Las alianzas de esta magnitud no se hacen por sentimentalismos. Victoria comprende las reglas del juego. Es un acuerdo comercial entre dos familias de la alta sociedad que beneficia a ambas partes.
Me quedé mirándolo, absolutamente atónita. La frialdad de su argumento era tan impecable desde la perspectiva corporativa que sentí un escalofrío helado recorriéndome la espina dorsal. En su mente sociópata y calculadora, no había ningún conflicto moral. Para él, mantener a una empleada brillante como amante en la sombra mientras firmaba un contrato prenupcial de cientos de millones con una heredera era simplemente la ejecución perfecta de un plan de negocios.
—¿Y yo qué soy en tu plan de negocios, Julián? —pregunté, dando un paso atrás para distanciarme de su presencia—. ¿El incentivo? ¿La cláusula de entretenimiento para cuando te canses de tu esposa trofeo?
—Tú eres la mujer que quiero a mi lado —afirmó sin pestañear, intentando tomarme del brazo. Me zafé de su contacto como si su piel contagiase una peste letal—. Emma, nada tiene por qué cambiar entre nosotros. Te compraré un apartamento en el *Upper West Side*, a tu nombre. Tendrás tu propio presupuesto, mantendrás tu puesto de Directora de Operaciones con un incremento sustancial de sueldo y tus opciones sobre acciones se duplicarán a partir del próximo trimestre. Victoria tendrá el apellido y las portadas de revistas; tú tendrás mi corazón, mi atención y mi cama. No te va a faltar absolutamente nada.
El mundo pareció detenerse por completo. La propuesta flotó en el aire, desnuda, vil y dolorosamente explícita. Me estaba ofreciendo la vida de una concubina de lujo, pagada con el dinero de la empresa que yo misma ayudaba a multiplicar diariamente. Toda mi entrega, mis noches en vela revisando balances, mi devoción ciega, mis renuncias personales para adaptarme a sus horarios... todo se reducía a un ascenso corporativo y una residencia privada donde recibirlo cuando necesitara un escape de su vida matrimonial.
—Eres un miserable —murmuré, sintiendo que las lágrimas finalmente comenzaban a arder tras mis ojos, aunque me me negaba rotundamente a dejar que cayeran frente a él—. Un miserable, vil y despiadado.
—Sé práctica, Emma —insistió, y por primera vez detecté una pizca de impaciencia en su voz—. No dejes que las emociones arruinen tu carrera. Has trabajado demasiado duro para llegar hasta aquí. Si caminas hacia esa puerta ahora mismo, lo pierdes todo. Pierdes la posición que te costó años conseguir, tu reputación en la industria y la vida que hemos construido juntos. Piensa en tu futuro. Te estoy ofreciendo todo lo que cualquier mujer desearía.
—¿Cualquier mujer desearía ser tu sucia amante secreta mientras le sonríes a los fotógrafos al lado de Victoria Montgomery? —espeté, lanzándole las invitaciones de boda directamente al pecho. Los papeles bordados cayeron al suelo como hojas secas—. ¡No soy una de tus adquisiciones, Julián! ¡No soy una subsidiaria de Vance Capital!
Giré sobre mis talones y me dirigí a toda prisa hacia la salida.
—¡Emma! —su voz resonó con dureza, el comando de un jefe acostumbrado a ser obedecido al instante—. Si cruzas ese ascensor, estás fuera. Estás fuera de la empresa y de mi vida. No habrá marcha atrás.
No me detuve. No volví la cabeza. Presioné el botón del ascensor privado con una fuerza brutal, sintiendo que el corazón me saltaba en el pecho como un animal atrapado. Cuando las puertas de acero inoxidable se abrieron, me deslicé dentro y apreté el botón del sótano del garaje. Mientras las puertas se cerraban, vi a Julián de pie en el pasillo, observándome con los brazos cruzados y una mirada fría, convencido de que volvería arrastrándome en cuanto el pánico económico me hiciese entrar en razón.
El trayecto en mi coche hasta mi apartamento en Brooklyn fue un borrón de luces rojas, sirenas lejanas y lágrimas que finalmente brotaron sin control, nublándome la visión. Conducía por instinto, agarrando el volante hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Cada rincón de mi mente repasaba los últimos dos años con una lucidez desgarradora y humillante.
Recordé cada promesa susurrada en la oscuridad de su ático. Recordé las noches en que me quedaba hasta las tres de la madrugada elaborando los informes financieros mientras él descansaba, asegurándome que "lo que estábamos construyendo juntos cambiaría nuestras vidas". Recordé cómo me había apartado sutilmente de mis amigos, cómo me había convencido de que la discreción absoluta era fundamental para protegernos de la prensa sensacionalista, cómo me había moldeado pacientemente para ser su pieza perfecta tanto en la junta directiva como en las sábanas.
No era discreción para protegerme a mí. Era discreción para asegurarse de que Victoria Montgomery y su adinerada familia no se enteraran de que el prometido estrella tenía a su ejecutiva estrella compartiendo su cama de forma habitual.
Llegué a mi edificio, un apartamento modesto pero elegante que pagaba con mi propio sueldo y que Julián siempre había desestimado diciendo que era "demasiado pequeño para alguien de mi nivel". Al cruzar el umbral, me apoyé contra la puerta cerrada y me dejé deslizar lentamente hasta el suelo de madera.
El llanto me desgarró la garganta. Un llanto visceral, violento, que me hizo doblarme sobre mí misma. No solo me dolía el corazón; me dolía el orgullo, la dignidad, el alma entera. Me sentía utilizada, reducida a una herramienta eficiente de trabajo y a un cuerpo disponible a conveniencia. Había sacrificado mi juventud, mi talento y mi capacidad de amar en el altar de un hombre que solo veía números, activos y transacciones.
Me levanté a duras penas después de lo que parecieron horas. La casa estaba a oscuras y fría. Me quité el abrigo de paño negro y la blusa de seda, la misma blusa que sus manos habían desabrochado con tanta prisa hacía apenas un par de horas. Al ver mi reflejo en el espejo del pasillo, me detuve. Mi maquillaje estaba corrido, mis ojos hinchados y rojos, pero en la base de mi cuello aún se apreciaba la marca tenue de su boca, el mordisco posesivo que me había dejado mientras me poseía sobre la caoba.
Sentí un asco repentino y profundo que me revolvió el estómago. Me metí en la ducha, abriendo el grifo del agua caliente hasta el límite de lo soportable. Me froté la piel con el esponja de seda una y otra vez, buscando borrar el rastro de su tacto, su olor a sándalo, la memoria táctil de su cuerpo sobre el mío. Quería arrancarme la piel si con eso lograba borrar la huella de sus mentiras.
Al salir de la ducha, envuelta en un albornoz blanco, el pulso aún me latía con descontrol en las sienes. El choque emocional había comenzado a dar paso a una náusea persistente que no desaparecía a pesar del agua tibia y el ambiente tranquilo de la casa.