Todo comienza con un joven que vive y trabaja en el campo junto a sus padres y hermanos. Acostumbrado a los animales, la naturaleza y las largas jornadas de trabajo, nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a una hermosa mujer de la ciudad. Ella está acostumbrada a las comodidades, la tecnología y una vida completamente diferente. Sin embargo, el destino los une y, poco a poco, nace entre ellos un amor inesperado. Para estar a su lado, ella tendrá que aprender los difíciles labores del campo, enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir que el verdadero amor puede encontrarse donde menos lo imagina.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23 — Una flor para mi amor
Llegué a la una de la tarde a la casa después de haber estado toda la mañana ayudando a mi papá con las cosas de la finca.
El sol estaba fuerte y yo ya estaba cansado. Apenas terminamos de revisar unas cosas, mi papá me dijo que podíamos regresar a la casa.
Íbamos caminando por uno de los caminos de la finca cuando vi algo que me llamó la atención.
Entre unas plantas había una flor muy bonita.
Me detuve.
—Espere, papá.
—¿Qué pasó, mijo?
Me acerqué a la flor y la miré.
—Está bonita.
Mi papá se rio.
—¿Y ahora qué va a hacer?
—Pues llevársela a Lisseth.
—Ah, bueno. Para su mujer.
—Sí, papá.
Miré alrededor y vi que llevaba el machete con el que había estado trabajando.
—Voy a cortarla.
—Hágale, pues.
Con cuidado, corté la flor y la sostuve en la mano.
Mi papá me miró y soltó una carcajada.
—¡Hay, mijo! Igualito al papá.
Yo me reí.
—¿Qué tiene?
—Nada, mijo. Que uno también era así cuando estaba joven.
—Ah, bueno. Entonces ya sé de dónde lo heredé.
—Eso sí.
Seguimos caminando hacia la casa.
Yo llevaba la flor escondida detrás de mi espalda para que Lisseth no la viera apenas entrara.
Cuando llegamos, abrí la puerta despacio.
Mi mamá estaba en la cocina y alcanzó a verme.
Me miró y yo rápidamente me llevé un dedo a los labios.
—Shhh...
Le hice una seña para que no dijera nada.
Mi mamá entendió y sonrió.
Yo caminé despacio hacia donde estaba Lisseth.
Ella estaba ayudando a cocinar junto a mi mamá.
—Mija, ¿me alcanza eso? —le preguntó mi mamá.
—Sí, claro.
Lisseth estaba concentrada en lo que hacía y no se había dado cuenta de que yo había entrado.
Me acerqué por detrás sin hacer ruido.
Cuando estuve junto a ella, la abracé suavemente por detrás.
Lisseth se sobresaltó.
—¡Ay!
Se giró un poquito.
—¡Bebé! ¿Cuándo llegaste?
Yo sonreí.
—Hace un ratico, pues.
—No te escuché.
—Esa era la idea.
Entonces saqué la flor que tenía escondida detrás de mi espalda y se la acerqué.
Lisseth abrió los ojos sorprendida.
—¿Eso es para mí?
—Sí, mi amor.
Ella tomó la flor y la miró con una sonrisa enorme.
—Ay, bebé, qué linda.
—La vi cuando venía con mi papá y me gustó. Pensé que a usted también le iba a gustar.
—Me encanta.
—Entonces valió la pena cargarla hasta acá.
Lisseth acercó la flor a su rostro y sonrió.
—Huele rico.
Mi mamá nos observaba desde la cocina con una sonrisa.
—Ay, estos dos —dijo.
Lisseth se rio.
—Gracias, bebé.
Yo me acerqué y le di un beso corto en los labios.
Ella sonrió después del beso.
—Te extrañé.
—Pero si apenas me fui unas horas.
—No importa. Te extrañé.
—Pues yo también.
Mi mamá nos miró divertida.
—Bueno, pues, ya que llegó el enamorado, ¿va a ayudar o solamente vino a darle flores a la muchacha?
Yo me reí.
—Voy a ayudar, mamá.
—Eso espero, mijo.
Lisseth levantó la flor.
—Pero primero voy a poner esto en agua.
—Vaya, mija —dijo mi mamá—. En un vaso le queda bonita.
Lisseth salió de la cocina con la flor y yo me quedé ayudando a mi mamá.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Le gustó?
—Claro que sí. Se le notó en la cara.
—Pues menos mal.
Mi mamá sonrió.
—Usted sí salió romántico.
—Pues uno tiene que consentir a la novia.
—Así debe ser, pero tampoco se olvide del trabajo.
—No, mamá. Eso jamás.
Al poco rato Lisseth regresó y se puso nuevamente a ayudar.
—Ya quedó la flor en agua.
—¿Dónde la puso?
—En la mesa de tu habitación.
—Bueno, pues.
Ella me miró.
—Bebé, ¿y qué hiciste toda la mañana?
—Ayudé a mi papá. Revisamos unas cosas de los animales y también estuvimos arreglando unas cosas por allá.
—Debiste quedar cansado.
—Un poquito.
—Entonces después de almorzar descansás.
—Eso sí me gusta.
Lisseth se rio.
—Qué perezoso.
—¿Perezoso yo? ¡Ave María, mija! Si usted supiera todo lo que trabajé hoy.
Mi mamá soltó una carcajada.
—Eso sí es verdad. Este muchacho desde pequeño ha sido trabajador.
Yo sonreí.
Miré a Lisseth y ella también me sonrió.
Había sido un día sencillo: trabajo, una flor encontrada en el camino y un pequeño detalle para mi novia.
Pero para mí, esas cosas sencillas eran las que hacían especial tenerla ahora conmigo en la finca.