Una historia de Dos personas que no pueden destruirse en una historia donde tienen que hacerlo. Hay dificultades, hay deshonras y traiciones que llevarán a atraerse el uno al otro y será el momento perfecto en el que demuestren que el amor no es más que simples palabras, si no las acciones que demuestren una redención de los pecados que cometieron. Spin off de las series originales: El ascenso de un linaje.
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Capítulo 18: El hombre que nunca alzo la voz
Encontraron el pueblo antes de encontrar al hombre — un lugar pequeño, apartado, donde la gente hablaba en susurros sobre "el herrero que salvó a los niños del río" con el mismo cariño con que se habla de una leyenda local, no de un criminal condenado.
—Dyrock Beindrock —les dijo un anciano, cuando Blanck preguntó por él en la plaza del pueblo—. Buen hombre. El mejor que hemos tenido por aquí en años. Lástima lo que le espera.
—¿Qué le espera? —preguntó Kate.
El anciano bajó la voz, mirando alrededor antes de responder.
—Lo condenaron a muerte. Por defender a mi nieto y a otros tres niños de un grupo de hombres que resultaron ser, según dicen, gente importante. Nobles, o algo así. Dyrock no lo sabía cuando los enfrentó. Solo vio a unos niños en peligro.
—¿Cuándo es la ejecución?
—Mañana al amanecer. En la plaza principal, para que sirva de "ejemplo".
Lo encontraron esa misma tarde, en la celda improvisada donde lo mantenían bajo custodia de un puñado de guardias — un hombre grande, de manos curtidas por años de trabajo en la herrería, sentado con una calma que no encajaba del todo con la sentencia que pesaba sobre él.
—No pareces muy preocupado, para ser alguien que va a morir mañana —comentó Lucila, observándolo a través de los barrotes con genuina curiosidad.
Dyrock levantó la vista, y algo en su expresión —abierta, sin ningún rastro de resentimiento— sorprendió a todo el grupo.
—Preocuparme no va a cambiar nada. Y si de verdad tengo que morir por haber protegido a esos niños, entonces al menos muero sabiendo que hice lo correcto. —Se encogió de hombros, casi con una sonrisa—. Podría haber sido peor. Podría haber muerto sin haber hecho nada.
—¿Sabes quiénes eran los hombres que enfrentaste? —preguntó Blanck.
—Ahora sí. Nobles con conexiones importantes, según me dijeron después de arrestarme. —Dyrock se rascó la nuca, un gesto torpe que contrastaba con la gravedad de la situación—. En su momento solo vi a cuatro niños corriendo asustados y a unos hombres persiguiéndolos con intenciones que no me gustaron nada. No pensé en preguntarles su árbol genealógico antes de intervenir.
Isolde, escuchando desde un costado, no pudo evitar una sonrisa ante la simplicidad casi ingenua de la explicación.
—¿Y no te arrepientes?
—¿De salvar a cuatro niños? Jamás. —Dyrock la miró directamente, la sinceridad total en cada palabra—. Si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría exactamente igual, aunque supiera desde el principio cómo iba a terminar.
Blanck intercambió una mirada con Kate, ambos reconociendo, sin necesidad de decirlo en voz alta, exactamente el tipo de persona que tenían frente a ellos.
—Tengo una propuesta que hacerte —dijo Blanck—. Y muy poco tiempo para explicártela antes del amanecer.
Liberarlo no fue tan sencillo como los reclutamientos anteriores — no había duelo posible que ofrecer, ni combate que ganar frente a una guardia que ya tenía todo preparado para una ejecución pública. Fue Larss quien ideó el plan, aprovechando la misma disciplina táctica que había usado durante años como líder de su propio escuadrón.
Esa noche, mientras el pueblo dormía, el grupo se movió en silencio. Kate y dos de los hombres de Larss distrajeron a los guardias del portón principal con una falsa alarma de incendio en las afueras del pueblo. Lucila, con Life My All, fragmentó los barrotes de la celda sin hacer ruido, la precisión de su anomalía finalmente demostrando su valor de una forma que nadie podía cuestionar.
—Vaya forma de conocer gente —susurró Dyrock, saliendo de la celda con una mezcla de gratitud y asombro—. Ustedes de verdad hicieron todo esto por mí.
—Por ti y por lo que representas —respondió Isolde—. Alguien que arriesga todo por proteger a quien no puede protegerse. Es justo lo que necesitamos.
—¿Necesitan para qué?
—Te lo explicamos en el camino. Ahora hay que moverse.
Ya lejos del pueblo, con la primera luz del amanecer apenas asomándose en el horizonte, Blanck le contó todo — Ray X, Isolde, la amenaza sobre The Hero, la necesidad urgente de aliados capaces de enfrentar algo que ningún ejército normal podría vencer.
Dyrock escuchó cada palabra con una atención genuina, sin ninguna de la cautela calculadora que Larss o Lucila habían mostrado al principio.
—Entonces quieren que ayude a detener al hombre más poderoso del mundo.
—Básicamente, sí.
—Está bien.
Blanck parpadeó, sorprendido por la simplicidad de la respuesta.
—¿Así, sin más? Ni siquiera lo consideraste.
—¿Qué hay que considerar? —Dyrock se encogió de hombros, con la misma naturalidad de siempre—. Ustedes me salvaron de una ejecución injusta sin conocerme de nada, solo porque escucharon que había protegido a unos niños. Si eso es lo que hacen por un extraño, imagino que van a hacer algo bueno con el poder que están reuniendo. Cuenten conmigo.
—Podrías morir.
—Podría haber muerto esta mañana también, por hacer lo correcto una sola vez. —Sonrió, sin ningún rastro de miedo en el gesto—. Prefiero arriesgar la vida ayudando a más gente, que quedarme sentado agradeciendo mi propia suerte sin hacer nada con ella.
Lucila, observando el intercambio, no pudo evitar comentar, medio en broma medio en genuino asombro:
—¿Este tipo es real? Nunca había conocido a alguien tan... blando.
—No es blandura —corrigió Kate, con un respeto que no había mostrado hacia Lucila en ningún momento anterior—. Es integridad. Hay una diferencia.
En los días siguientes, mientras el grupo completo —ahora con Dyrock incluido— se preparaba para lo que se avecinaba, algo empezó a cambiar en la dinámica entre todos. Dyrock, sin proponérselo, se convirtió en el punto de encuentro entre personalidades que de otra forma jamás habrían encontrado terreno común.
—¿Cómo haces eso? —le preguntó Lucila una tarde, observándolo reparar con paciencia infinita una de las armaduras dañadas de los hombres de Larss.
—¿Hacer qué?
—Hacer que todos, incluso Kate, que me mira como si fuera basura reciclable, terminen sonriendo cuando estás cerca.
Dyrock se detuvo un momento, pensando la respuesta con la misma sinceridad simple con la que respondía a todo.
—No lo sé, la verdad. Supongo que solo trato a la gente como me gustaría que me trataran a mí. No parece tan complicado, pero por lo que he visto, a mucha gente sí se lo parece.
Lucila se quedó en silencio, algo en esa respuesta desarmando, aunque fuera un poco, la coraza que llevaba cargando desde que se unió al grupo.
—Kate no me mira como basura, por cierto. Ya hablamos.
—Me alegra escuchar eso. —Dyrock sonrió, volviendo a su trabajo sin darle más peso al momento del que necesitaba—. Se nota que ambas se preocupan por hacer las cosas bien. Solo tienen formas distintas de mostrarlo.
Esa misma noche, Blanck encontró a Dyrock sentado solo, mirando las estrellas con una tranquilidad que contrastaba brutalmente con todo lo que se avecinaba.
—¿Nunca te preocupas por nada?
—Me preocupo. —Dyrock lo miró, la sonrisa suavizándose en algo más reflexivo—. Pero decidí hace mucho tiempo que preocuparme demasiado solo me roba la capacidad de disfrutar lo bueno que sí tengo enfrente. Como esta noche. Como la gente que conocí hoy. Como la segunda oportunidad que ustedes me dieron sin pedirme nada a cambio.
—¿Y si algo sale mal? ¿Si perdemos contra mi padre?
—Entonces habremos perdido intentando proteger a quien no podía protegerse sola. —Dyrock volvió a mirar las estrellas, la calma genuina de siempre—. No hay forma más honorable de perder que esa.
Blanck se quedó en silencio, algo en la simplicidad de esa filosofía golpeándolo más fuerte de lo que esperaba — el contraste absoluto con la calculadora frialdad de su propio padre, con la sangre pura que Ray X predicaba como si fuera lo único que importara en el mundo.
No tenía forma de saber, esa noche, cuán profundamente aquella misma calidez —esa incapacidad genuina de guardar rencor, esa fe inquebrantable en hacer lo correcto sin esperar nada a cambio— terminaría siendo, décadas después, exactamente lo que un mundo cruel decidiría arrancarle a Dyrock de la peor forma posible.
Por ahora, sentados bajo las mismas estrellas que pronto serían testigo de una guerra que ninguno de los cinco imaginaba todavía en toda su magnitud, solo existía la calidez simple de un hombre que nunca había alzado la voz, y que quizás, por eso mismo, era exactamente lo que el resto del grupo necesitaba para recordar por qué valía la pena luchar.
Continuará...