Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Capítulo 20: Boda a la fuerza
A Alondra le dijeron "señora".
Una becaria nueva, sin maldad, le soltó un "permiso, señora" en el pasillo, y mi amiga se lo tomó como una puñalada. Esa misma tarde me arrastró a la plaza a comprar "algo que nos haga ver jóvenes, Sofía, antes de que nos digan señoras a las dos".
Terminamos en una tienda de ropa juvenil, entre vestiditos de colegiala, faldas tableadas y blusas de moño. Alondra, muerta de risa, me metió a un probador con uno azul marino de cuello blanco.
Me lo puse. Y me miré en el espejo, y no me reconocí. Me veía… bonita. Fresca. Como la muchacha que quizá habría sido si la vida no me hubiera puesto tan pronto a cargar cosas de grande.
Alondra abrió la cortina, dio un gritito, y antes de que yo pudiera detenerla ya me había tomado una foto y se la había mandado a Damián.
El teléfono contestó al instante.
Bellísima.
Y luego: Las invito a comer. Paso por ustedes.
—————
En la comida apareció otro invitado. Julián Rey.
—Un amigo de años —lo presentó Damián—. Director de cine. Julián, ella es Sofía, mi… —dudó medio segundo, y algo se le suavizó— mi novia. Y su amiga, Alondra.
Julián era guapo, intenso, de esos que miran fijo. Le estrechó la mano a Alondra con una cortesía impecable.
—Mucho gusto.
—Igualmente —dijo Alondra, con una frialdad de porcelana.
Yo no lo noté al principio. Pero durante la comida algo raro pasaba bajo la mesa. Un roce. Una pierna que se acercaba y la otra que se retiraba fingiendo no darse cuenta. Julián le hablaba a Alondra con una formalidad demasiado perfecta, y Alondra le contestaba con monosílabos de hielo, y sin embargo había una corriente entre ellos, algo viejo y con filo, que yo alcancé a oler aunque no lo entendiera.
Lo que yo no sabía —lo que ellos dos sí— era la historia.
Habían sido amor clandestino en la preparatoria. Alondra, la mejor del salón, lo había seducido con un trato helado: te ayudo a ser el primero de la generación, a cambio de esto. Lo mantuvo escondido usando de pretexto a su madre. Y al graduarse, sin una explicación, rompió y se cambió de universidad. Julián quedó años convencido de que había sido un juego cruel del que nunca se repuso. Y ahora, tantos años después, la miraba con una mezcla de amor viejo y revancha.
Yo miraba de uno a otro sin atar el hilo, pero Damián sí lo ató. Me apretó la rodilla por debajo de la mesa y me murmuró al oído:
—Esos dos ya se conocían.
—¿Tú crees?
—Lo sé. —Le dio un trago a su agua, divertido—. Julián no habla así de formal más que cuando algo le importa. Y tu amiga no le contesta a nadie tan feo si le da igual.
Me quedé pensando en eso. Alondra, mi Alondra, la de la calma de cirujana, la que todo lo sabía manejar, tenía la mandíbula tensa y no le quitaba los ojos del plato. Nunca la había visto así. Nunca la había visto incómoda con nadie.
—Yo te llevo a tu casa —le dijo Julián a Alondra, al final, sin preguntar.
—Como quieras —contestó ella, con esa porcelana en la voz que a mí me sonó, de repente, a herida disfrazada.
Se fueron juntos. Y esa noche, en un hotel, incluso después de estar juntos, Alondra lo trató con una distancia glacial. Y hasta le dejó dinero en la mesa de noche, como para humillarlo, como para dejar bien claro quién mandaba, quién no se iba a dejar lastimar primero. Su daño convertido en control. Aunque eso yo lo sabría después.
—————
Esa noche, en la casa, me probé otra vez el vestidito azul de colegiala para enseñárselo a Damián.
Craso error.
—A ver. Date la vuelta. —Se le puso una cara peligrosa—. Otra vez.
Di la vuelta, riéndome. Él dejó el vaso de agua en la mesa muy despacio, se levantó del sillón, y me acorraló contra la pared con las dos manos.
—Este vestidito —dijo, ronco, jugando con el moño del cuello— no te lo pones para salir a la calle. Ni para que te lo mande Alondra a nadie. —Me lo desató despacio—. Esto me lo pones a mí. En la casa. Nada más a mí.
—¿Ah, sí? ¿Y quién dice? —lo piqué.
—Yo digo. —Me levantó en vilo y me llevó a la recámara con el vestidito puesto—. Porque eres mía, nena. Mi antojo. Y a mi antojo no lo anda enseñando nadie.
Me hizo el amor con el vestidito puesto, riéndose los dos entre beso y beso, él gruñendo "mía, mía" contra mi cuello como un oso celoso, y yo muerta de risa y de gusto, retorciéndome, dejándome querer, celada y adorada al mismo tiempo. Fue tierno y fue juguetón y fue de los dos. Y después me quitó por fin el moño y me abrazó por detrás y se quedó dormido pegado a mi espalda, con la nariz en mi pelo, sin soltarme.
—————
Del otro lado de la ciudad, Roxana movía sus hilos desde la sombra.
Por teléfono, con una llamada anónima envenenada, le soltó a la familia de Brenda el chisme: que Brenda estaba embarazada de Kevin.
La bola creció por el barrio en dos días. El "qué dirán" cayó sobre las dos familias como una losa. Las mamás, los tíos, las vecinas: todos empujando hacia el altar. Y Brenda y Kevin, que ya iban rumbo al divorcio, se vieron atrapados en una boda relámpago que ninguno de los dos quería, con misa, padrinos y una montaña de regalos, arrastrados por la vergüenza y la presión de dos familias que se sentían obligadas.
La boda fue triste debajo del maquillaje. Hubo misa, padrinos de lazo y de arras, salón con manteles y un conjunto tocando cumbias, y las dos familias sonriendo para las fotos con los dientes apretados. Nadie ahí quería estar ahí. Kevin, casado ya por lo civil desde aquella mañana amarga, posó para las fotos con la cara de un condenado, y Brenda, con su ramo y su vestido blanco, tenía en los ojos algo que no era felicidad ni arrepentimiento sino las dos cosas peleándose.
Doña Lidia, la mamá de Kevin, se deshizo en atenciones con la nuera nueva: le guardaba el mejor pedazo, le tenía lista la recámara, la trataba como a una hija que le hubiera caído del cielo. Y Brenda le pagaba con malos modos, con desprecios, con "ay, señora, no se meta".
A los tres días de casados, cuando Kevin le prohibió irse de antro con sus amigas, Brenda le soltó una cachetada. En público. Delante de los suegros, en plena sala.
Las dos familias, compadres de años, quedaron rotas de golpe. Se dejaron de hablar.
Y Kevin, solo en el pasillo del salón, con la mejilla ardiendo y la mirada muerta, con la música de la fiesta que ni siquiera había terminado sonando a lo lejos, entendió que se había metido él solito a una jaula y había ayudado a cerrar la puerta. Se acordó, seguramente, de mí. De aquella tarde en que le puse el corazón sobre la mesa —"la novia o la mejor amiga, escoge"— y él contestó con flojera, rascándose la nuca. De cómo la comodidad le había costado, al final, todo. Yo me había ido y me había buscado la vida. Él se había quedado con la que le gritaba, con la que le pegaba, con la boda que nadie quería.
Apretó los dientes.
—Veinte mil —murmuró para nadie— y que cada quien jale por su lado.