Luna lo perdió todo: su fortuna, su hogar y, sobre todo, a la familia que amaba. Y todo por obsesionarse con el hombre equivocado. Cuando ya no le quedaba nada, cerró los ojos convencida de que era el final...
Pero despertó tres años en el pasado.
Su familia vive. Su casa sigue en pie. Y esta vez Luna conoce cada golpe que le tiene reservado el destino. Con los recuerdos de una vida que no piensa repetir, se propone una sola cosa: cambiarlo todo. Alejarse del heredero frío y cruel que arruinó su existencia, proteger a los suyos y, por fin, vivir para ella misma.
El problema es que el destino no se deja corregir tan fácil. Julián, el hombre que juró olvidar, ya no la mira como antes. Un pretendiente inesperado le ofrece la ternura que nunca tuvo. Y en las sombras, viejos rencores y secretos de familia empiezan a moverse... porque no es la única que sabe lo que aún no ha pasado.
Entre fiestas de alta sociedad, imperios familiares, traiciones que cortan el aliento y un amor que se niega a morir, Luna descubrirá que una segunda oportunidad no se recibe: se pelea.
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Sebastián no lograba entender la cabeza del hombre que tenía enfrente. ¿Acaso Julián no había captado nada de lo que Luna acababa de decir?
—¿No oíste lo que dijo Luna? Se rindió y va a dejar de aparecer frente a ti —soltó con sequedad. Su mirada afilada chocó con la de Julián, que lo observaba con hostilidad.
—No le doy permiso de dejar de perseguirme —Julián se mostraba terco en ese momento, y a Luna le dio asco oírlo.
Ella se secó el rostro húmedo de lágrimas, se soltó del abrazo de Sebastián y se volvió hacia atrás.
—¿Qué te pasa? Antes me empujabas lejos, y ahora quieres que vuelva a acercarme. ¿No te das cuenta de que lo que haces me da náuseas?
Julián volvió a callar. Quería con toda el alma abrazar a esa mujer, pero ¿por qué le resultaba tan difícil?
—Pero ¿por qué? Antes no eras así, Luna. La Luna de antes no se rendía tan fácil —dijo el hombre con tristeza.
Luna soltó una risita seca y lo miró con puro rencor.
—¿Quieres a la de antes? ¿A la que empujabas y humillabas a tu antojo? Perdón, pero no. Pensándolo bien, qué tonta fui al dejar que me trataras como a un animal.
Años atrás, cuando aún estaban en clase...
Luna había caminado alegre hacia su salón, y unos cuantos grupos de chicas se habían hecho a un lado en cuanto ella llegó.
—Buenos días, mi amor. Hoy te traje un almuerzo especial. —Luna se había sentado en la banca de adelante de Julián. A él ni siquiera le importaba su presencia, ocupado con los audífonos que llevaba puestos.
Luna había sacado la lonchera para su adorado. Un almuerzo lujoso, con comida cara: bistec de wagyu y caviar, que ella había convertido en sándwich. Cualquiera que lo viera se le hacía agua la boca.
Por desgracia, en cuanto la mujer colocó la comida sobre el pupitre de Julián...
Un golpe seco.
Sin la menor consideración, él arrojó el almuerzo hecho por Luna, y la comida quedó desparramada por el suelo. Y no solo eso.
—¡ERES UNA MUJER ESTÚPIDA Y REPUGNANTE! ¡DEJA DE DARME ASCO CON ESTA COMIDA DE BASURA! ¡NO PIENSO COMERLA! ¡ME DAS ASCO, ASÍ QUE DEJA DE ACERCARTE A MÍ! —gritó Julián, y luego empujó a la mujer con tanta fuerza que Luna cayó al suelo.
Sin dignarse a mirar atrás ni un segundo, Julián se marchó, y por supuesto aquellas chicas salieron enseguida detrás de él, dejando a Luna en un estado de lo más lamentable.
Pero, en vez de enojarse o llorar, Luna sonrió de oreja a oreja. —A lo mejor a Julián no le gustó el menú de hoy. Mañana le prepararé algo distinto —dijo con toda calma, y luego se levantó y salió a buscar a Julián.
La Luna de aquel entonces estaba ciega de amor.
Julián parecía querer acercarse a Luna, pero ella prefirió retroceder.
—Quédate ahí.
Por fortuna, él obedeció y detuvo el paso.
Luna se esforzaba a más no poder por contener las lágrimas.
—Te lo pido, Julián: deja de acercarte a mí. Esto me duele. —Sebastián le acarició el hombro, tratando de calmar a Luna, que en ese momento se veía muy frágil.
—¿Por qué de repente? —preguntó Julián, intrigado. El problema era que el cambio de Luna había sido demasiado brusco.
—Llevaba mucho tiempo pensándolo, pero apenas ahora reuní el valor para hacerlo.
A Julián no parecía gustarle nada lo que ella decía.
—No, no te alejes de mí, Luna. Esto me duele —le rogó el hombre, sin ninguna vergüenza.
—¡¿Y YO QUÉ, JULIÁN?! ¡¿ACASO ALGUNA VEZ PENSASTE EN MÍ?! ¡¿SABES QUÉ ES LO QUE DUELE?! ¡INTENTÉ LLAMAR TU ATENCIÓN Y TÚ NO TE VOLVISTE A MIRARME NI UNA SOLA VEZ, Y ESO LO HICE DURANTE AÑOS! —gritó Luna, soltando toda la carga que había llevado dentro por tanto tiempo. Al menos ahora podía respirar aliviada por haber dicho lo que tanto había callado.
Julián dio un respingo cuando la mujer le gritó en la cara.
—Luna, perdón, no era mi intención ignorarte, pero en ese momento yo solo...
Luna le cortó de inmediato la palabra.
—¡¿SOLO QUÉ?! ¡LO HICISTE A CONCIENCIA, JULIÁN! HASTA ME INSULTABAS SEGUIDO CON ESAS PALABRAS CRUELES TUYAS. NUNCA SUPISTE CÓMO ESTUVE A PUNTO DE VOLVERME LOCA POR TU CULPA.
Antes, su hermano había llegado a llevarla al psiquiatra por lo que Julián le hacía. Pero él nunca supo que ese padecimiento mental había nacido del trato que Julián le daba.
—Ya, basta. Vámonos —Sebastián tomó a Luna de la mano y la sacó de ahí, dejando a Julián que los seguía con la mirada perdida.
—Ven conmigo —al salir de la enfermería, Sebastián la tomó de la mano y la llevó al estacionamiento.
¿Adónde pensaba llevarla?
—Ponte esto —el hombre le extendió su casco a Luna, que en ese momento aún se veía desconcertada.
Sebastián sacó las llaves de su moto y se subió enseguida. Volvió la cabeza hacia Luna, que seguía inmóvil en su sitio; ni siquiera se había puesto el casco.
—Rápido, póntelo —dijo, impaciente, chasqueando la lengua.
Luna frunció el ceño, disgustada, pero de todos modos obedeció la orden de Sebastián.
Una vez con el casco puesto, Sebastián le pidió que se sentara detrás de él.
Y eso que se había prometido no volver a subirse a la moto de Sebastián. Pero parecía que el hombre quería llevarla a algún sitio.
Antes que llorar en el salón y que la vieran sus compañeros, mejor llorar sobre una moto, en medio de la calle.
—Sujétate —Sebastián le tomó la mano a Luna y se la enroscó en la cintura.
Después arrancó la moto a velocidad moderada.
Julián se veía sin ánimo. Tenía la mirada perdida y no le prestaba atención a nada de su alrededor. Arturo, por su parte, se las veía negras cuidando de su amigo.
—¿Qué te pasa? —le preguntó, una vez que lograron subirse al auto.
El asunto era que, de repente, Julián le había lanzado las llaves del auto, cuando el auto era de él.
—Deja de preguntar y arranca de una vez. Necesito despejar la cabeza.
—¿Y Karina? —Arturo señaló hacia la mujer que en ese momento golpeaba la ventanilla del auto de Julián. Ella gritaba llamándolo, pero él parecía no darle la menor importancia. No era el Julián de siempre.
—Ignórala. Tengo la cabeza hecha un lío —dijo el hombre. A Arturo lo sorprendió esa respuesta tan indiferente de su amigo. Normalmente Julián le daba máxima prioridad a Karina. Pero ahora se mostraba de lo más despreocupado.
Julián se masajeó las sienes. Seguía dándole vueltas a lo ocurrido en la enfermería, a esa primera vez que veía a Luna tan frágil. Se daba cuenta de que lo que había hecho antes había sido de una crueldad enorme.
Y no solo eso. Jamás imaginó que Luna se rendiría tan pronto. Hasta se había cambiado de facultad con tal de alejarse de él.
Debería alegrarse, ¿no? Pero mentiría si dijera que no sentía que la perdía.
Antes nunca pensó que, algún día, Luna se rendiría. Y ahora quedaba demostrado: ella se había rendido, ¿y por qué él no lograba aceptarlo?
¿Qué le pasaba?
—¡AAARGH!
Arturo se sobresaltó cuando Julián gritó con fuerza a su lado.
—Qué raro estás —comentó.
—Luna ya no me quiere —murmuró él en voz baja. Arturo giró la cabeza hacia un lado y observó el rostro descompuesto de su amigo.
—Ya te lo había dicho: que la aceptaras desde el principio. Pero tú, en vez de eso, la trataste con crueldad.
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