Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 2
El cristal de la oficina de David Bianchi no solo era blindado; parecía diseñado para filtrar la humanidad del mundo exterior. Desde el piso 60 del corporativo Bianchi, la ciudad se reducía a un tablero de ajedrez donde él siempre movía las piezas blancas. David no entró en la sala de juntas; la invadió. Su presencia era un cambio de presión atmosférica que obligaba a los presentes a enderezar la espalda y contener el aliento.
Vestía un traje hecho a medida, un azul noche tan oscuro que rozaba el negro, que subrayaba la amplitud de sus hombros y la rigidez de su postura. Se sentó en la cabecera, no con prisa, sino con la parsimonia de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde ir. Sus ojos, de un gris gélido que recordaba al acero templado, recorrieron la mesa.
—El informe de adquisición —dijo. Su voz era un barítono bajo, seco, que cortaba el aire sin necesidad de elevar el volumen.
Un ejecutivo, visiblemente sudoroso, deslizó una carpeta.
—Señor Bianchi, la empresa rival se niega a vender el cuarenta por ciento restante. Dicen que...
David levantó una mano. Un gesto mínimo, apenas un movimiento de sus dedos largos y fuertes, pero el ejecutivo se quedó mudo al instante. David se inclinó hacia adelante, y la luz del techo resaltó la mandíbula angulosa, siempre tensa, como si estuviera permanentemente preparado para un impacto.
—No me interesa lo que "dicen" —sentenció David, su mirada clavándose en el hombre—. En mi vocabulario, el "no" es solo una falta de presupuesto o de presión. Tripliquen la oferta de compra de sus deudas. Quiero esa empresa en mi escritorio antes del cierre de mercado. Lo que yo señalo, termina siendo mío. Siempre.
La posesividad de David no era un arrebato emocional; era una ley física. Para él, el éxito no era una meta, sino una extensión de su propia piel. Si algo entraba en su órbita —una propiedad, una patente, un empleado—, pasaba a ser de su absoluta propiedad. Y David Bianchi no compartía sus pertenencias.
Al terminar la reunión, se quedó solo en el despacho. Se desabrochó el botón de la chaqueta y caminó hacia el ventanal. Sacó un cigarrillo de plata, pero no lo encendió; simplemente lo giró entre sus dedos, un hábito táctil que delataba una energía contenida que rara vez encontraba salida. Sus pensamientos, inevitablemente, se desviaron hacia el recordatorio que su secretaria le había dejado sobre el escritorio: el pago trimestral de la asignación de su esposa.
Un rictus de desprecio amargó sus labios. Anna.
Tres años. Ese era el tiempo que llevaba legalmente atado a una mujer que era, para él, poco más que una entrada contable en su balance de gastos. Recordaba la insistencia de su abuela, las promesas de linaje y estabilidad, y aquel contrato que firmó con la misma frialdad con la que compraba una fábrica de suministros.
—Una mujer inteligente —le había dicho su abuela.
—Una mujer oportunista —había respondido él.
Para David, Anna era el epítome de la ambición silenciosa. Una mujer que había aceptado casarse con un hombre al que no conocía a cambio de una vida de lujos y una cuenta bancaria inagotable. La despreciaba por su pragmatismo, por esa capacidad de vender su libertad por una transferencia mensual. En su mente, la imaginaba gastando su dinero en fiestas superficiales o joyas caras en algún lugar del mundo, manteniéndose convenientemente alejada para no incomodarlo.
—Al menos es eficiente en su ausencia —masulló para sí mismo.
Se sentó en su sillón de cuero y frotó sus sienes. El hermetismo era su refugio. Nadie sabía lo que David Bianchi sentía, porque David Bianchi se había asegurado de no sentir nada que no pudiera controlar. Sin embargo, había una tensión en sus hombros que el ejercicio extenuante no lograba quitar. Una sed de algo que no fuera poder, un deseo oscuro y posesivo que rugía en su interior y que él sofocaba con trabajo y disciplina.
Su secretaria llamó a la puerta con dos golpes secos.
—Señor, su abuela insiste en que confirme su asistencia a la cena de gala del próximo mes. Dice que es imperativo que su esposa esté presente.
David apretó los dientes. El roce de su camisa de algodón egipcio contra su pecho le resultó de pronto sofocante. La idea de exhibir a su "esposa fantasma" ante la sociedad le causaba una irritación profunda. No por vergüenza, sino por la farsa.
—Dígale que lo consideraré —respondió sin mirar atrás.
Se quedó observando su reflejo en el cristal oscuro. Era un hombre que lo tenía todo, y sin embargo, se sentía como un motor funcionando en vacío. Su posesividad se extendía a todo lo que tocaba, pero no tenía nada que realmente le hiciera arder la sangre. Su matrimonio era un desierto, su cama una extensión de su oficina: fría, organizada y funcional.
Se imaginó por un segundo cómo sería ella. Probablemente una mujer de salón, de voz suave y pretensiones altas. Una pieza de decoración que llevaba su apellido por conveniencia. La idea de que esa mujer "le pertenecía" legalmente le provocaba una mezcla de deber y hastío.
—Lo que es mío, nadie lo toca —susurró, repitiendo su propia máxima.
Pero incluso él sentía la ironía. Poseía a una mujer que nunca había visto, una sombra que vivía de su nombre. El "Heredero de Hielo" volvió a su escritorio, sumergiéndose de nuevo en las cifras, ocultando bajo capas de control y frialdad una necesidad latente de encontrar algo que fuera capaz de desafiar su dominio. No sabía que el hielo estaba a punto de encontrar el fuego, y que su concepto de "propiedad" sería destruido por la única mujer que no buscaba nada de él, excepto su propia libertad.
David Bianchi cerró la carpeta de finanzas con un golpe seco. El día laboral había terminado, pero la caza, aunque él aún no lo supiera, apenas estaba por comenzar.