Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.
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Capítulo 3: La Mansión de Hielo
Al día siguiente, el traslado oficial a la residencia Sterling marcó el inicio de una nueva y desoladora realidad para Ámbar. Cuando la limusina cruzó las enormes rejas de hierro forjado que custodiaban la entrada de la propiedad, la joven sintió que un nudo opresivo se le instalaba en la garganta. Situada en las afueras más exclusivas de la ciudad, la mansión era una obra maestra de la arquitectura neoclásica: un edificio imponente de fachada de piedra clara, columnas majestuosas y ventanales infinitos, todo rodeado por jardines impecables y muros altos que la aislaban del resto del mundo. Para Ámbar, sin embargo, no lucía como un hogar, sino como un palacio dorado construido con bloques de hielo.
El recibimiento no fue más cálido que el entorno. La señora Gable, el ama de llaves que había servido a los Sterling durante tres décadas, la esperaba en la entrada principal. Con una postura impecable y una cortesía fría y ensayada, la saludó con una reverencia distante antes de indicarle que Alexander se había marchado temprano hacia las oficinas de los astilleros familiares. No hubo notas, ni notas de bienvenida, ni una sola palabra de su flamante esposo.
Sola en aquel universo desconocido, Ámbar fue guiada hacia la suite principal en la segunda planta. La habitación era de dimensiones descomunales, dominada por una majestuosa cama de cuatro postes tallada en madera oscura, vestida con sábanas de seda gris y cobijas de terciopelo. Cada mueble emanaba riqueza y poder, pero también una soledad desgarradora.
A mitad de la tarde, mientras Ámbar intentaba distraer la mente desempacando sus libros y organizando su ropa en el vestidor, el estridente sonido del teléfono fijo de la suite rompió el silencio. Con una chispa de esperanza ilusa pensando que podía tratarse de su madre buscando saber cómo estaba, se apresuró a descolgar el auricular.
—¿Alex? Querido, sé que estás ocupado, pero no puedo seguir soportando esta humillación ni un minuto más —dijo una voz femenina al otro lado de la línea, con un tono refinado, dramático y acostumbrado a exigir atención.
El corazón de Ámbar dio un vuelco doloroso y su cuerpo entero se congeló en el sitio.
—Alexander no está. Habla su esposa —respondió Ámbar, forzando cada gramo de dignidad para que su voz no temblara.
Un silencio tenso y pesado cayó sobre la línea. Al cabo de unos segundos interminables, Cynthia Vance soltó una risa fría, calculada y profundamente despectiva.
—Vaya, vaya... pero si es la pequeña intrusa —dijo la modelo, arrastrando las palabras con veneno purísimo—. No te acostumbres a contestar sus llamadas ni a creerte la dueña de esa casa, niña. Alexander me pertenece a mí, siempre ha sido así. Todo el mundo en los círculos sociales de la ciudad sabe perfectamente que te compró para salvar a tu familia de la ruina absoluta y para cumplir con el último capricho senil de su abuelo. Disfruta de la atención mientras dure, porque en el preciso instante en que le des el heredero que exige el contrato, te desechará como la basura inservible que eres.
Antes de que Ámbar pudiera articular una sola palabra para defenderse, la llamada se cortó abruptamente. La joven apretó el auricular contra su pecho, respirando con dificultad mientras sentía que el suelo cedía bajo sus pies. El veneno de la modelo se sumaba al desprecio implacable de Alexander. Se sentía profundamente atrapada en un peligroso juego de ajedrez donde todos los movimientos habían sido calculados a sus espaldas sin que ella tuviera la más mínima oportunidad de defender su inocencia.
La tarde cayó lentamente y el cielo se tiñó de un gris plomizo hasta que la lluvia comenzó a golpear con furia contra los cristales. Cuando Alexander regresó esa noche, encontró a Ámbar sentada junto a la enorme ventana del gran salón de la planta baja, sumida en la penumbra y observando las gotas resbalar por el vidrio. Al escuchar sus pasos firmes sobre el suelo de mármol, ella permaneció inmóvil.
—Cynthia llamó a la suite esta tarde —soltó Ámbar con una voz serena y distante, aunque por dentro estuviera completamente destrozada.
Alexander se detuvo a mitad del salón. Con un gesto pausado, se quitó el saco del esmoquin y comenzó a aflojarse el nudo de la cravata. Su rostro esculpido no mostró el menor rastro de sorpresa ni remordimiento.
—Deberías haberle dicho que llamara a mi móvil personal —respondió él con una frialdad helada—. No tienes por qué atender mis asuntos.
Esa respuesta fue la gota que derramó el vaso. Ámbar se puso de pie de inmediato y se giró hacia él. Llevaba un vestido sencillo pero sumamente elegante de lana fina en tono crema, una prenda que marcaba con precisión su cintura pequeña y la curva pronunciada y voluptuosa de sus caderas.
—Tus "asuntos" me conciernen de forma directa cuando tu amante se da el lujo de llamar a la casa que ahora compartimos solo para insultarme y pisotear mi nombre —dijo ella, avanzando un par de pasos hacia él con la cabeza en alto—. Si vas a mantenerme encerrada en esta prisión dorada para cumplir con el contrato de tu abuelo, al menos ten la decencia de exigirle a la mujer con la que te acuestas que mantenga el respeto mínimo hacia la esposa que elegiste por convenio.
Alexander entornó sus ojos grises, sorprendido por la vehemencia de su reclamo. Dio un par de pasos lentos hacia ella, acortando la distancia. Le molestaba profundamente la firmeza indisciplinada de Ámbar, pero al mismo tiempo, su mirada no pudo evitar descender de manera instintiva por el contorno fascinante de su figura, deteniéndose en el agitado escote que subía y bajaba con su respiración agitada. La niña tímida y asustada del pasado definitivamente había quedado atrás; ante él se erguía una mujer exuberante, orgullosa y dueña de una dignidad que comenzaba a amenazar seriamente el férreo control del magnate.
💯 recomendada 😉👌🏼
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/