Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 1: La chica de la beca
Clarisa Hernández apretó con fuerza las correas de su mochila mientras atravesaba las enormes puertas de la Universidad Saint Laurent.
Por un instante, se quedó quieta.
Frente a ella se extendía un campus que parecía pertenecer a otro mundo: edificios modernos de cristal, jardines perfectamente cuidados, automóviles de lujo estacionados frente a la entrada y estudiantes vestidos con prendas que Clarisa solo había visto en revistas.
Miró sus zapatos.
Estaban limpios, pero ya tenían varias marcas de uso.
Después observó su sencilla blusa blanca y su falda azul marino.
—No importa de dónde vienes —se dijo en voz baja—. Llegaste hasta aquí por tus propios méritos.
Respiró profundamente y continuó caminando.
Había conseguido una beca completa para estudiar Administración de Empresas, algo que para su familia representaba mucho más que una oportunidad académica.
Era la posibilidad de cambiar su futuro.
Su madre, Elena, había trabajado durante años para que Clarisa pudiera estudiar. Cada vez que hablaban por teléfono, le repetía las mismas palabras:
“No tengas vergüenza de ser humilde. Lo que llevas en el corazón vale más que cualquier apellido.”
Clarisa sonrió al recordarlo.
Sin embargo, apenas llegó al edificio principal, comprendió que no todos pensaban igual.
—¿Ella es la nueva becada?
La voz de una joven detrás de ella la hizo detenerse.
Clarisa giró discretamente.
Dos estudiantes hablaban mientras la observaban.
—Sí —respondió la otra—. Dicen que obtuvo la beca por sus calificaciones.
—Qué suerte.
Las dos soltaron una pequeña risa.
Clarisa fingió no haberlas escuchado.
No había llegado hasta allí para discutir.
Había llegado para estudiar.
Y estaba decidida a demostrar que merecía estar allí.
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Las primeras semanas fueron difíciles.
Clarisa estudiaba durante el día y por las noches buscaba trabajos de medio tiempo.
No quería pedirle más dinero a su madre.
El problema era que vivir cerca de la universidad era demasiado costoso y viajar todos los días desde su barrio consumía varias horas.
Por eso necesitaba un empleo.
Uno que pudiera combinar con sus estudios.
Aquella tarde, después de terminar una clase, entró a una cafetería cercana y abrió su teléfono.
Tenía cinco correos nuevos.
Los revisó uno por uno.
“Agradecemos su interés, pero hemos decidido continuar con otros candidatos.”
Otro decía:
“Su perfil académico es excelente, pero buscamos una persona con mayor experiencia.”
Clarisa dejó escapar un suspiro.
—¿Experiencia? —murmuró—. ¿Cómo voy a conseguir experiencia si nadie me da una oportunidad?
Guardó el teléfono y salió de la cafetería.
No sabía que alguien la estaba observando desde el otro lado de la calle.
Un hombre permanecía sentado dentro de un automóvil negro.
Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado y sostenía unos documentos entre las manos.
Su nombre era Samuel Flores.
A sus veintinueve años, Samuel dirigía una de las empresas familiares más importantes de la ciudad.
Era conocido por ser inteligente, exigente y prácticamente imposible de impresionar.
Pero aquella joven había llamado su atención por una razón diferente.
No parecía pertenecer a ese mundo.
Y, aun así, caminaba por él como si estuviera dispuesta a conquistarlo.
—Señor Flores —dijo su asistente desde el asiento delantero—, tenemos la reunión en veinte minutos.
Samuel apartó los ojos de la ventana.
—Lo sé.
—¿Nos vamos?
Samuel miró una última vez hacia la calle.
Clarisa ya había desaparecido entre la multitud.
—Sí.
El automóvil arrancó.
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Esa misma noche, Clarisa llegó a casa agotada.
—¿Cómo te fue? —preguntó Elena desde la cocina.
—Bien, mamá.
Clarisa dejó la mochila sobre una silla.
—¿Conseguiste trabajo?
La pregunta hizo que su sonrisa desapareciera.
—Todavía no.
Elena se quedó en silencio.
Clarisa se acercó y la abrazó.
—No te preocupes. Voy a encontrar algo.
—No tienes que cargar con todo tú sola.
—Lo sé.
Pero ambas sabían que sí tendría que hacerlo.
Clarisa necesitaba dinero.
Necesitaba estabilidad.
Y, sobre todo, necesitaba demostrar que podía construir una vida diferente sin renunciar a sus principios.
Al día siguiente decidió visitar una agencia de empleos.
Llevaba su hoja de vida impresa y todas sus esperanzas puestas en una entrevista para un puesto administrativo.
Sin embargo, cuando llegó, la recepcionista apenas miró sus documentos.
—Lo siento, ya seleccionamos a otra persona.
Clarisa frunció el ceño.
—La convocatoria cerraba hoy.
—Sí.
—Entonces, ¿cómo pudieron seleccionar a alguien antes de entrevistar a todos?
La mujer evitó mirarla.
—Son decisiones de la empresa.
Clarisa tomó su hoja de vida.
Algo no estaba bien.
Había comenzado a notar un patrón.
Cada vez que una empresa veía su dirección o preguntaba por su situación económica, la respuesta cambiaba.
No sabía quién estaba cerrándole las puertas.
Pero alguien lo estaba haciendo.
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Esa noche decidió salir a despejarse.
No quería regresar inmediatamente a casa con la frustración en el pecho.
Entró en un pequeño restaurante elegante que estaba cerca de la universidad.
Se sentó en una mesa apartada y pidió una bebida.
Por primera vez en días, quería olvidarse de las preocupaciones.
Entonces escuchó una voz masculina detrás de ella.
—¿Está ocupada esta silla?
Clarisa levantó la mirada.
El hombre que estaba frente a ella era alto, elegante y tenía una expresión seria.
Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella.
Clarisa negó con la cabeza.
—No.
Él tomó asiento.
—Gracias.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Estudias en Saint Laurent? —preguntó él.
Clarisa lo miró sorprendida.
—Sí.
—Lo imaginé.
—¿Por qué?
Una leve sonrisa apareció en los labios del desconocido.
—Porque tienes cara de estar pensando en demasiadas cosas al mismo tiempo.
Clarisa soltó una pequeña risa.
—¿Y tú siempre analizas a los desconocidos?
—Solo cuando parecen interesantes.
Ella bajó la mirada, un poco incómoda.
Todavía no sabía quién era aquel hombre.
No sabía que se llamaba Samuel Flores.
Tampoco sabía que aquella conversación aparentemente insignificante sería el comienzo de una historia que cambiaría su vida para siempre.
Porque antes de que terminara aquella noche, Clarisa descubriría que algunas decisiones pueden cambiar un destino entero.
Y aquella sería la primera.