Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
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10
Angie Rojas
Mi espejo presenció el ensayo de la actuación más dramática de mi vida. Me vestí con un conjunto en tono rosa pastel, impecable pero que proyectaba una imagen infinitamente dulce, frágil y accesible. La "víctima rehabilitada" por el amor verdadero de su heroico novio CEO.
Llegué a la torre corporativa sosteniendo una cesta de mimbre adornada con un lazo blanco, dentro de la cual llevaba recipientes con almuerzo casero que mandé a preparar temprano.
Apenas puse un pie en el vestíbulo, los murmullos se encendieron. Los empleados me miraban con una mezcla de lástima, curiosidad y asombro. Respiré hondo, dibujé la sonrisa más tierna y enamorada de mi repertorio y caminé a paso firme hacia los ascensores ejecutivos.
—Buenos días —le dije a la recepcionista con una voz suave como la miel—. Vengo a traerle el almuerzo a mi prometido. Sé que ha tenido una mañana terrible con todo este asunto del periódico y quiero cuidarlo.
La recepcionista se quedó con la boca abierta, parpadeando atónita antes de presionar el botón del ascensor privado para mí sin dudarlo un segundo.
Al llegar al piso ejecutivo, caminé directo hacia la sala de juntas principal, donde sabía perfectamente que la reunión con los accionistas seguía en su punto más crítico. Sin tocar la puerta, la empujé suavemente y entré con una soltura desarmante.
—¡Leo, mi amor! —exclamé con un tono de voz dulzón y cantadito que resonó en todo el espacio.
Todos los hombres de traje oscuro, incluyendo a su hermano Tomás, se congelaron en sus asientos. Leonardo, que estaba de pie en la cabecera luciendo una expresión implacable, casi pierde el equilibrio al escuchar cómo lo llamé.
Caminé directo hacia él, ignorando los rostros atónitos de la junta directiva. Me puse de puntitas, le pasé una mano por la mejilla con delicadeza maternal y le deposité un beso exageradamente cariñoso justo en la comisura de los labios.
—Sé que has estado sumamente estresado defendiendo mi honor toda la mañana, mi cielo —dije acomodándole la corbata con gestos sobreactuados mientras sentía cómo su cuerpo se ponía rígido como una columna de concreto—. Te traje tu almuerzo favorito. No quiero que te dé una gastritis por culpa de gente tan desagradable que solo quiere hacernos daño.
Tomás se puso de pie, rojo de la furia.
—¿Pero qué significa esta falta de respeto en plena reunión corporativa? —bramó su hermano.
Me giré despacio, abrazando el brazo de Leonardo con ambas manos y apoyando mi cabeza en su hombro con expresión de ciervo asustado pero valiente.
—Señor Torres —dije con la voz levemente entrecortada—, sé que el pasado intentó dañarnos, pero Leonardo me enseñó lo que es el verdadero amor. Él me rescató del dolor que me causó su hijo. Así que, por favor, no le grite a mi prometido. Él solo está cuidando de la mujer que ama.
Los accionistas empezaron a murmurar de inmediato, mirando a Leonardo no como a un hombre derrotado, sino como al héroe romántico que salvó a la heredera Rojas. La caída de las acciones se detendría en cuestión de horas con esta escena de telenovela.
Miré de reojo a Leonardo a la cara. Tenía los ojos desorbitados y la mandíbula apretada hasta el límite. Estaba presenciando el nacimiento de una mentira impecable... y no tenía forma de desmentirme sin destruir la empresa.
...Leonardo Torres...
Si alguien me hubiera dicho a primera hora de la mañana que mi oficina se convertiría en el escenario de una comedia romántica barata, habría hecho despedir al departamento de seguridad completo.
Estaba a mitad de un duro enfrentamiento con la junta directiva, intentando frenar los ataques de mi hermano sobre el impacto del escándalo mediático, cuando la puerta de la sala de juntas se abrió sin previo aviso.
—¡Leo, mi amor!
Esa voz. Ese tono agudo, empalagoso y completamente ajeno a la mujer calculadora con la que había firmado un contrato de negocios me paralizó por completo.
Giré la cabeza y me quedé atónito. Angie entró luciendo un vestido rosa pastel, cargando una cesta de picnic y luciendo una sonrisa tan deslumbrante que parecía sacada de un anuncio comercial. Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, cruzó la sala, se acercó a mi lugar y se puso de puntitas para besarme cerca de los labios.
El roce de su piel y su aroma a flores me tomaron por sorpresa. Me quedé rígido como una estatua, incapaz de articular una sola palabra mientras sentía las miradas de quince accionistas clavadas en nosotros.
—Sé que has estado sumamente estresado defendiendo mi honor toda la mañana, mi cielo... —murmuró, pasándome la mano por la cara y arreglándome la corbata con una delicadeza teatral.
¿«Mi cielo»? ¿De verdad me acababa de llamar «mi cielo» frente al consejo fundador?
Mi hermano estalló en ira de inmediato, pero Angie no se inmutó. Se pegó a mi costado, entrelazando su brazo con el mío y apoyando su cabeza en mi hombro con una mansedumbre fingida que me dejó sin aliento. La actuación era tan sumamente convincente que pude ver la transformación inmediata en los rostros de los miembros de la junta: la lástima y la desconfianza hacia la empresa se convirtieron en una ola de simpatía absoluta hacia nuestra "historia de amor".
—Señor Torres... Leonardo me enseñó lo que es el verdadero amor —declaró Angie frente a mi padre con los ojos brillando de una inocencia perfectamente ensayada—. Él solo está cuidando de la mujer que ama.
Bajé la mirada hacia ella. Angie me devolvió la vista por un milisegundo, y en el fondo de sus ojos no había ni una pizca de la fragilidad que le mostraba a la mesa; lo que vi fue un destello de pura malicia y diversión triunfante.
La "pobre víctima" por la que mi abuela me había hecho sentir compasión toda la mañana acababa de tomar el control total de la situación, usando mi propia empresa como su escenario personal.
—Bien... —dije por fin, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que mi voz sonara medianamente natural mientras le rodeaba los hombros con el brazo—. Como verán, caballeros... la estabilidad de mi compromiso habla por sí sola. La reunión ha terminado por hoy.
Los accionistas se pusieron de pie, despidiéndose de nosotros con sonrisas aprobatorias y felicitándome por tener a una mujer tan "devota" a mi lado. Mi hermano abandonó la sala soltando un juramento entre dientes, incapaz de rebatir el espectáculo.
Apenas la puerta se cerró y quedamos completamente a solas en la sala de juntas, retiré mi brazo de su agarre y me giré hacia ella, cruzándome de brazos.
—¿Se puede saber qué demonios fue todo ese circo, Angie? —pregunté en un susurro cargado de una mezcla entre incredulidad y molestia reprimida.
Angie borró de golpe su sonrisa dulce, dejó la cesta sobre la mesa de caoba, se cruzó de brazos y me miró con una ceja levantada y una mueca de autosuficiencia.
—De nada, "mi cielo" —respondió con tono sarcástico—. Acabo de salvarte la cabeza frente a tu junta directiva.
Sonreí para mis adentros...