Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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Capítulo 5: Apenas una década
Con apenas diez años, Anna ya sabía manejarse sola.
Se levantaba, cruzaba el campo para ir al baño, hacía sus necesidades, regresaba a la casa, se preparaba un té y, a las seis y media de la mañana, emprendía el camino hacia la escuela.
Tenía una hora de viaje.
Una hora caminando sola.
Su abuelita Margareth ya tenía sesenta años. Anna comenzaba a verla cada vez más cansada, y eso le partía el corazón.
*Está envejeciendo...*
*¿Qué voy a hacer si algún día no está?*
En la escuela, la rutina era siempre la misma.
Hablaba con alguna que otra compañera, pero casi siempre por cuestiones relacionadas con las tareas. No tenía amigas cercanas con quienes compartir sus secretos, sus miedos o simplemente jugar después de clases.
Anna estaba acostumbrada a estar sola.
Quizás demasiado.
Un día, mientras caminaba de regreso a casa, pasó frente a un galpón donde fabricaban bolsas de distintos tipos.
Y entonces se le ocurrió una idea.
*Si compro muchas bolsas con mis ahorros de los mandados, podría venderlas en los pequeños negocios y kioscos del barrio.*
Tal vez así podría ganar un poco de dinero.
Tal vez podría ayudar a su abuela.
Se acercó al galpón y habló con uno de los hombres que trabajaban allí.
Cuando él la vio, se sorprendió.
—¿Vos querés comprar bolsas?
—Sí, señor.
El hombre la miró de arriba abajo.
—Pero sos muy chiquita.
Anna le explicó su idea.
Le contó que quería comprar las bolsas con el dinero que había ahorrado haciendo mandados y que después pensaba venderlas en los negocios.
El hombre la escuchó con atención.
Finalmente, sonrió, le apoyó una mano sobre la cabeza y le dijo:
—Pasá mañana. Traé la plata que tengas ahorrada y vemos qué podemos hacer.
Al día siguiente, Anna volvió.
Llevaba todos sus ahorros.
El hombre cumplió su palabra y le entregó una enorme bolsa de basura llena de paquetes.
Había bolsas para caramelos, para pan, para residuos, con manijas, sin manijas... de todo un poco.
Anna tomó aquella enorme bolsa y comenzó el camino de regreso.
Era tan grande y pesada que prácticamente tenía que arrastrarla.
Pero no le importaba.
Estaba feliz.
Por primera vez sentía que podía hacer algo para ayudar a su abuela.
Ese fin de semana comenzó a vender.
Y durante un tiempo, las cosas parecieron mejorar.
Anna llegaba de la escuela, limpiaba la habitación que compartía con Margareth, después trapeaba toda la casa y lavaba la ropa a mano.
Cuando terminaba sus tareas, agarraba sus bolsas y salía a vender.
Era una niña de diez años, pero vivía como una adulta.
Sin embargo, en ese camino también comenzó a descubrir una realidad que la asustaba.
Algunos hombres, dueños de los almacenes donde ella iba a vender, comenzaron a comportarse de manera extraña.
Al principio fueron pequeños gestos.
Alguno intentaba hacerla pasar hacia el fondo del negocio.
Otro buscaba tocarle la mano de una manera que a ella le resultaba incómoda cuando le entregaba el dinero.
Ana no entendía qué significaban esas actitudes.
Pero con el tiempo, algunos hombres comenzaron a ser cada vez más insistentes y astutos.
Algo dentro de ella le decía que aquello no estaba bien.
Entonces decidió hablar con su abuela.
Una tarde, al regresar a casa, le contó lo que estaba sucediendo.
Margarethe la escuchó en silencio.
Después de unos segundos, le explicó algo que Anna jamás había imaginado.
—Anna... esos hombres están interesados en vos de una manera que no corresponde.
La niña la miró confundida.
—¿Por qué?
Margarethe suspiró.
—Porque ya estás creciendo. Sos una niña hermosa y algunos hombres pueden fijarse en vos. Tenés que tener mucho cuidado.
Anna se quedó inmóvil.
No podía creer lo que estaba escuchando.
*¿También de eso tenía que cuidarme?*
Hasta ese momento, Anna había aprendido a cuidarse de muchas cosas.
Del hambre.
Del frío.
De la soledad.
De la tristeza.
De llegar tarde a la escuela.
De no tener útiles.
Pero ahora descubría que también tenía que cuidarse de algunas personas.
Las insinuaciones de aquellos hombres comenzaron a darle miedo.
Ya no quería caminar por los negocios.
Ya no se sentía segura.
Así que tomó una decisión.
Dejó de vender bolsas.
Prefería perder el dinero antes que arriesgarse.
Volvió a su rutina de siempre.
La escuela.
La limpieza.
La ropa lavada a mano.
Los largos caminos.
Y su abuela Margareth.
Anna tenía apenas diez años.
Había aprendido a sobrevivir sola.
Pero todavía le quedaba mucho por descubrir sobre el mundo.
Y algunas de esas cosas serían mucho más difíciles de enfrentar que la pobreza.