En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
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Capítulo 9
Capítulo 9
La residencia de las Lomas no hacía ruido.
Eso fue lo primero que noté esa noche, cuando Ximena me dejó en la puerta con mi maleta y se fue corriendo a una cena de la que no me quiso decir nada. En mi colonia siempre había ruido: el perro del vecino, la olla exprés de mi mamá, el señor de los tamales, los microbuses. Aquí no. Aquí el silencio era tan grueso que se oía. Jardines enormes, fuentes que susurraban, pasillos con cuadros que seguramente valían más que la casa entera donde crecí.
Me sentí como una intrusa. Porque lo era.
Me quedé un momento parada en la entrada con la maleta en la mano, sin animarme a pisar el mármol con mis tenis viejos. Doce horas antes yo estaba cargando cables en producción, aguantándole la mirada a la directora Sandoval. Y ahora esto. El techo altísimo, la lámpara de cristal, el eco de mis propios pasos. Pensé en mi mamá, en nuestro departamento de dos recámaras con la humedad en el techo del baño, y sentí una punzada de culpa, como si estar aquí fuera una traición pequeña. "Es temporal", me dije. "Son las prácticas. No es tu vida. No te acostumbres."
—Niña Camila. —Doña Reme, el ama de llaves, apareció con un juego de toallas dobladas y una sonrisa de esas que arrugan toda la cara—. La niña Ximena me dijo que le preparara una recámara. Sígame, por acá.
—No quiero dar molestias, doña Reme. Cualquier cuartito está bien.
—Ay, criatura, aquí de cuartitos nada. —Se rió, con las toallas apretadas contra el pecho—. Usted es amiga de la niña Ximena, es como de la familia. El señor anda de viaje y la niña me dijo el ala de las visitas, la de allá. Venga.
Me cayó bien de inmediato, doña Reme. Tenía esa manera de hablar de las señoras que se aprenden tu nombre al primer intento y te tratan de niña aunque ya seas grande. Me recordó tantito a mi abuela, la buena, la que ya no estaba.
Subimos una escalera de mármol que hacía eco. El pasillo de arriba se abría en dos alas, gemelas, con las mismas puertas altas de madera oscura. Doña Reme señaló hacia la derecha, pero justo entonces le sonó el celular en el mandil —una hija, un pendiente, algo de una medicina— y se distrajo, y entre el "sí, mija, ahorita voy" y el "usted acomódese, niña, que ya vengo", terminó apuntando vagamente con la mano llena de toallas hacia el fondo.
Yo entendí la izquierda. Ella quiso decir la derecha.
Nadie corrigió a nadie. Doña Reme bajó a lo de su hija. Ximena andaba en su cena. Y el señor Montalvo estaba de viaje, según todos.
Así que empujé la puerta del fondo a la izquierda, la que yo creía "la de visitas", y entré.
—
Era la recámara más bonita que había visto en mi vida.
Enorme. Sobria. Nada de dorados ni de exceso: madera, lino, gris piedra, una pared entera de ventanales con la ciudad temblando allá abajo como un tablero de luces. Una cama que se veía como una nube seria. Un sillón de cuero junto a la ventana. Libros. Un reloj antiguo. Todo carísimo y todo sin gritarlo.
"Qué recámara de visitas", pensé. "Con razón dicen que estos ricos."
Debí sospechar. La ropa en el vestidor entreabierto era de hombre. Los frascos en el baño eran de hombre. Pero venía muerta de cansancio, con el primer día de prácticas encima, con la voz de Diego todavía metida en el oído y el pañuelo del señor Montalvo guardado en la bolsa como una tontería que no me atrevía a devolver. No estaba para investigar. Estaba para caerme.
Me di un baño larguísimo, del agua caliente que salía al segundo, sin tandeo, sin regadera que goteara. Me puse la pijama, la de siempre, la del oso descolorido que se veía ridícula sobre ese lino carísimo. Apagué casi todas las luces. Y me metí a esa cama que efectivamente era una nube.
Y entonces lo sentí.
El olor.
Estaba en las sábanas. En la almohada. Débil, limpio, caro: madera y algo más, algo tibio que no supe nombrar y que, sin embargo, mi cuerpo reconoció antes que mi cabeza. Se me erizó la piel de los brazos. Se me apretó algo en el pecho, un tirón raro, como cuando una canción vieja suena en la radio y ya se te hizo un nudo en la garganta antes de acordarte de por qué.
Hundí la cara en la almohada sin querer. Respiré hondo.
"¿De qué me suena? ¿Por qué me suena?"
No lo ubiqué. No del todo. Mi memoria daba vueltas alrededor de ese olor como quien busca una palabra que tiene en la punta de la lengua, y no la agarraba. Se me venían pedazos sueltos que no pegaban con nada: una luz morada, el peso de un saco sobre los hombros, una voz baja diciéndome "no te arrepientas". Los espantaba. No quería esos pedazos. Los había enterrado a propósito.
Solo sabía que ese aroma me ponía el corazón raro, entre el susto y otra cosa peor, una cosa cálida que no me quise permitir.
Me giré de lado. Me dije que eran ideas mías. Que todas las sábanas caras huelen parecido. Que estaba cansada y sugestionada y que mañana me iba a reír de esto.
Cerré los ojos.
El silencio de las Lomas me fue tapando despacio, como una cobija. El reloj antiguo marcaba los segundos allá en la oscuridad. La ciudad brillaba tras el ventanal. El olor seguía ahí, rodeándome, y yo, sin darme cuenta, me fui quedando dormida más pegada a esa almohada de lo que jamás le confesaría a nadie.
No sé cuánto dormí.
Me despertó un ruido que no pertenecía a esa casa.
Un motor. Un coche entrando por la reja, las llantas sobre la grava, el hueco de silencio cuando el motor se apagó. Abrí los ojos en la oscuridad sin saber dónde estaba. Los números rojos de un reloj: 2:47.
Pasos abajo. Una puerta. Más pasos, subiendo la escalera de mármol, sin prisa, pesados, de hombre.
Me quedé muy quieta, con la sábana hasta la barbilla, el corazón despertándose de golpe.
Los pasos llegaron al pasillo de arriba. Se acercaron.
Y la manija de la puerta de la recámara empezó a girar.