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La Maldición Del Cielo

La Maldición Del Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Época / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias

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El Despertar de la Nueva Magia

​El "Rocío de Plata" que bañó la capital durante las nupcias reales no fue un mero espectáculo pasajero de luces y colores. En las semanas y meses que siguieron, un cambio sutil pero de raíces muy profundas comenzó a latir en la tierra misma de Eldamar. El maná atmosférico, que durante siglos había estado concentrado como una carga asfixiante, solitaria y casi radiactiva en la sangre de la dinastía Vaelor, parecía haberse diluido. Se esparció con aquella lluvia cálida de la boda, impregnando el subsuelo, los ríos y, lo más sorprendente, a los propios habitantes del reino.

​La primera señal de este despertar no provino de nobles ni eruditos, sino de los remotos cantones agrícolas del sur, cerca de la frontera con los Pantanos de Sal. Un mensajero cabalgó día y noche, agotando tres caballos, hasta arribar a la Fortaleza de la Cumbre con noticias que, en la época del rey Theron o de la reina Yvaine, habrían encendido las piras de la Inquisición por herejía o brujería.

​El emisario, un hombre curtido por el sol llamado Tobías, se arrodilló tembloroso en la Gran Sala del Consejo. Relató la historia de Leo, un niño de apenas siete años, hijo de humildes cosechadores de trigo. El perro del niño, un viejo sabueso, había fallecido. Consumido por un dolor inocente y abrumador, Leo corrió a esconderse en medio de un campo seco que llevaba semanas sin ver una gota de agua. Mientras el niño lloraba abrazado a sus rodillas, una llovizna perfectamente circular, de no más de diez metros de diámetro, comenzó a caer exclusivamente sobre él y el terreno que lo rodeaba. No hubo nubes tormentosas en el horizonte, ni relámpagos, ni granizo destructor; solo una lluvia suave, cristalina, alimentada directamente por una tristeza pura y desprovista de malicia. Las espigas de trigo a su alrededor florecieron a un ritmo antinatural.

​Manuel y Valeria, sentados en los tronos gemelos del Consejo Privado, escucharon el reporte en un silencio reverencial. El Archimaestre Elion, con su habitual túnica de hilos dorados y un pergamino a medio enrollar en las manos, se acariciaba la barba blanca con una fascinación que rayaba en el éxtasis académico.

​—Durante siglos creímos que el Firmamento Vivo era una maldición, un castigo divino anclado exclusivamente a vuestra sangre, Majestad —murmuró Elion, paseando por la sala con los ojos brillando de asombro—. Los antiguos textos hablaban de la magia como un río embalsado. Vuestros ancestros construyeron un muro de represión alrededor de ese río. Pero vuestra armonía, vuestra capacidad de amar y aceptar el clima interior sin miedo, ha dinamitado esa presa. La magia ha resonado con la red telúrica del continente. Habéis abierto una puerta que llevaba cerrada mil años.

​El murmullo estalló entre los lores menores presentes en la sala. Algunos, aún atados a los viejos temores, sugirieron aislar al niño y a su familia.

​Manuel se puso de pie, y el silencio volvió a imperar al instante. El cielo más allá de los ventanales brilló con un azul intenso y sereno.

—Si hay niños desarrollando estos dones en nuestras tierras, el miedo de sus vecinos será su primer y más letal enemigo —dijo Manuel, y en su mente se dibujó la dolorosa imagen de su madre, Yvaine, confinada en sus aposentos, consumida por el terror a su propio poder y tachada de loca—. Los aldeanos no deben temerles. Y nosotros no seremos sus carceleros. No permitiremos que estos talentos incipientes sean vistos como presagios de desastre, sino como los brotes de una nueva era.

​Valeria se levantó y tomó la mano de su esposo, su mirada reflejaba la determinación práctica de una reina visionaria.

—Entonces no los esconderemos. Si la magia es ahora un eco que resuena en nuestro pueblo, debemos enseñarles a escuchar la melodía antes de que el ruido los ensordezca. Construiremos un lugar para ellos.

​Así, en apenas un año, nació la Academia del Céfiro. Financiada íntegramente con los tesoros reales que antaño se gastaban en mantener armamento pesado y fortificaciones contra tormentas que ya no ocurrían, la institución se erigió en los prados esmeraldas a las afueras de la capital. No era un castillo de piedra oscura, ni una prisión disimulada, ni mucho menos un templo de adoctrinamiento estricto. Era un santuario de pabellones de cristal, techos abovedados de madera de roble y jardines abiertos por donde el viento circulaba libremente.

​Manuel visitaba las aulas casi todas las semanas, despojándose de su corona y su manto real. Allí, frente a niños y jóvenes campesinos y nobles por igual —algunos asustados porque estornudaban pequeñas chispas, otros porque hacían marchitar o florecer las flores según su estado de ánimo—, el mismísimo Rey de las Tormentas se sentaba en el césped en mangas de camisa.

​Les enseñaba técnicas de meditación que Elessar y Elion le habían inculcado. Les enseñaba a respirar profundamente desde el diafragma, a sentir la brisa en la piel sin intentar dominarla por la fuerza y, sobre todo, a entender que la magia no era un arma para someter al mundo, sino un espejo del alma que debía mantenerse limpio. Eldamar ya no era el reino solitario de un solo mago atormentado por su corona, sino el hogar fecundo de una nueva generación de tejedores del clima.

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