Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.
Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.
Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.
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Capítulo 14
POV: Heloísa
El resort quedaba en una franja de litoral rodeada de cerro verde y roca oscura, de esos lugares que mi vida real jamás me habría dejado conocer si no fuera por el trabajo. Dejé a Bel con Dandá la víspera, la mochila de dinosaurio a la espalda y el conejo de peluche apretado contra el brazo, y la niña no me soltó el cuello hasta que Dandá le prometió panqueques de desayuno los tres días. "Ve y no vuelvas sin color en la cara", me ordenó Dandá en la puerta, empujándome por la escalera. Llegué en el autobús de la empresa junto con el equipo, todo el mundo en bermudas y con maleta chica, fingiendo que aquello eran vacaciones y no jornada laboral. La carretera bajó la sierra en curvas, el aire se fue poniendo salado y más caliente a cada kilómetro, y apoyé la frente en el vidrio tratando de no pensar en quién iba sentado cuatro filas atrás.
El primer día hubo dinámica por la mañana, almuerzo largo y tarde libre. Fue en la tarde libre cuando Téo se acercó.
Téo era del equipo de producto, joven, simpático, del tipo de colega que hace buenos chistes y trae café sin que se lo pidan. Nos llevábamos bien desde la primera reunión, un colega, nada más. Arrastró una silla al borde de la piscina, me ofreció un pedazo de la piña que había agarrado del buffet y se quedó de charla, de esas conversaciones ligeras que casi había olvidado que existían. Habló de un videojuego, de una película mala, imitó al gerente de ventas con una cara que era la cara del hombre, y yo, con los pies en el agua tibia y el sol pegándome de lado, dejé caer los hombros por primera vez en días.
Me reí de alguna tontería que dijo. Me reí de verdad, y se sintió bien.
Fue en ese exacto instante cuando Vicente cruzó el deck.
No me miró directo. Pero en menos de dos minutos Téo recibió un mensaje, miró el celular, puso cara de convocado y se levantó.
—Perdona, Helô, el jefe quiere un ajuste en el material de la presentación de mañana. Para ayer. —Se encogió de hombros, apenado—. Seguimos después.
No seguimos. Una hora después, cuando Téo volvió y se sentó en la silla de al lado con dos jugos, el celular le sonó de nuevo antes de que cruzáramos tres frases: una llamada urgente que solo él podía atender. A la tercera vez, ya al final de la tarde, fue un reporte que nadie más en la Tierra sabía cerrar. El patrón no tenía nada de sutil, y Téo, el pobre, empezó a mirar el celular con miedo antes incluso de que sonara.
Encontré a Vicente del otro lado del deck, recargado en una columna, un agua en la mano, mirando el mar con una calma demasiado estudiada para ser verdadera. Me acerqué.
—Estás apartando a Téo a propósito.
—Téo tiene trabajo que hacer.
—Téo tiene trabajo cada vez que se sienta a mi lado. —Crucé los brazos—. ¿Qué edad tienes, Vicente?
Por fin volteó la cara hacia mí, y no tuvo el buen tino de fingir que no sabía de qué hablaba. Solo me miró, un segundo largo, la mandíbula algo tensa, y no respondió. Que era, en el fondo, una respuesta.
—Es ridículo —insistí, bajo, para que nadie del deck oyera—. Es un colega. Nos estábamos riendo de una imitación de un gerente. Nada más.
—Sé lo que era. —La voz le salió corta, y el vaso en su mano giró un cuarto de vuelta antes de detenerse—. No estoy diciendo nada.
—No necesitas decirlo. Mandaste al chico a trabajar tres veces en dos horas.
Tampoco respondió a eso. Solo desvió los ojos de vuelta al mar, el maxilar trabajando, y yo conocía aquello. Lo conocía de mucho tiempo atrás, de una época en que aquel hombre controlado e imposible se ponía así, callado y enfurruñado, cuando algún colega mío era demasiado amable. Celos. Nunca lo admitía, nunca en mil años, pero su cuerpo entero lo decía. Y yo, idiota, sentía subir en el pecho una cosa caliente y ridícula al reconocer aquello después de tantos años.
Solté el tema antes de que se volviera conversación.
Letícia se encargó de arruinar el resto de la tarde. Apareció con una salida de playa impecable, la barriga por delante, y se puso a circular por el resort llamando a Vicente amor en voz alta, pidiéndole que le trajera agua, protector, un cojín, montando para la platea de colegas la telenovela de la prometida embarazada y devota. En un momento dejó caer la chinela justo en el camino de él y esperó, la mano en la cintura, a que él se agachara a ponérsela. Él trajo el cojín, entregó el agua, ignoró la chinela, y atendió todo con la paciencia mínima de quien cumple por trámite, y cada vez que ella decía amor, él parecía un poco más lejos.
De noche, después de la cena, necesité aire.
El ruido de la fiesta del equipo se quedó atrás y bajé sola hasta la franja de arena, me quité la sandalia y caminé por la orilla. La arena mojada era firme y fría bajo mis pies, y la espuma venía y se retiraba, entibiándome el tobillo y desapareciendo. La marea estaba baja, había abierto un camino de piedra que de día no existía, y al final una abertura oscura en el farallón, una de esas grutas que el mar cava en la roca. La arena de adentro era firme, seca, olía a maresía y a sal. Entré solo un poco, curiosa, me senté en una piedra lisa y me quedé mirando el mar plateado de luna, el primer silencio de verdad en días.
Cerré los ojos. Se sintió bien. Se sintió demasiado bien, y perdí la hora.
Cuando los abrí, el agua había subido.
El camino de piedra por donde había entrado ya no estaba. En su lugar, mar. La marea había virado sin que yo me diera cuenta, y la franja que me trajo hasta ahí era ahora un tramo de agua oscura golpeando la roca, demasiado hondo para cruzar en lo oscuro sin saber qué había debajo.
Tomé el celular. Una barra de señal, después ninguna. El mensaje para Dandá ni salió, el círculo girando y volviendo con el signo de exclamación rojo. Intenté llamar a la recepción del resort y cayó en el buzón. Ahí, encajada entre el farallón y el mar, no tenía señal ninguna.
El agua seguía subiendo, despacio y segura, lamiendo la piedra cada vez más alto. El aire se enfrió y el viento entraba por la boca de la gruta silbando en la roca. Me encogí contra la pared, lejos de la orilla, me abracé las rodillas, y sentí el frío de la piedra pasar por la playera fina y morderme la espalda. Traté de no pensar en lo obvio, y lo obvio pensó por mí.
Estaba atrapada ahí en lo oscuro, la marea subiendo, y nadie en el mundo sabía dónde buscarme.